Buenista o cruel

¿Cuántos obreros, camareros, taxistas o repartidores conoces que hablan y opinan como si fueran banqueros, magnates, grandes propietarios o el presidente de la CEOE? Si intentas explicarles con tu mejor voluntad que esos a quienes defienden a capa y espada, lo que menos van a hacer es mirar por ellos, posiblemente resuelvan que eres un comunissssta asqueroso. Y si apelas a la perspectiva, al respeto a las ideas e intereses de cada uno, recurrirán a ese adjetivo que se han aprendido como la tabla del cinco, a base de metérselo por oídos, ojos y boca: buenista.

Muy poco tardó la Real Academia Española, tan lenta y pesada para otras cosas, en acuñar el término ‘buenismo’, que no existía en nuestro idioma y que se inventaron columnistas y tertulianos de la derecha, básicamente para calificar ciertas políticas de izquierda, y más concretamente las del entonces presidente Rodríguez Zapatero. “Actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”, sentó la RAE, especificando además que su uso implica tono despectivo.

La palabra entró en el diccionario el mismo día de 2017 que otras como ‘postureo’, ‘posverdad’, ‘pasada’ o ‘cliquear’, que seguramente llevaban bastante más tiempo en nuestro uso común. Podía la sabia Academia haber replicado que, para criticar esas políticas, actitudes o manifestaciones, ya existían en nuestro vocabulario términos como ingenuidad, ñoñería, altruismo, flojera, quijotismo, idealismo… a elegir según el matiz y la sal que cada uno le quisiera dar. Pero no. Compraron el palabro, otorgándole además una definición a medida de los que lo idearon.

Uno prefiere aplicar esta definición de buenismo, que ya propuse hace algún tiempo: “término expresamente acuñado por canallas para descalificar a aquellas personas que demuestran o manifiestan una humanidad de la que ellos son incapaces”. Y dicho esto, me declaro buenista y no me importa un bledo que me lo llamen. A mucha honra. Y allá el que me lo llame, porque se define a sí mismo.

La tentación fácil, en plan contraataque, sería proponer que la Academia acuñara también el término ‘malismo’ para describir a esos que nos llaman buenistas. De hecho, ya ha habido quien se ha manifestado en ese sentido o lo ha dejado caer, por ejemplo de Rosa Montero a la Fundación Sistema, ambos hace ya unos años. Pero dudo sinceramente, no sé por qué, que la recta institución acuda tan diligente y presta a homologarlo. Y además, tampoco creo que haga falta.

Ni propondría una definición, porque cada uno podrá juzgar o calificar como quiera lo que lee y escucha todos los días. Bastaría con exponer los casos prácticos, que hay abundantes donde elegir. Si, de acuerdo a la definición de buenismo expuesta arriba, tolerancia, benevolencia o rebajar conflictos pierden peso como valores recomendables, lo ganan la intolerancia, la inclemencia, la conflictividad. Y no es cuestión de izquierdas o derechas. Aunque fuera esta última la que propagara el término en su momento, candidatos a ser tildados de buenistas los hay en todas partes. Lo que pasa es que suelen ser los otros, como quiera que los llamemos, los que terminan silenciándolos, ninguneándolos, o directamente engulléndolos.

Puede que todo -o mucho- venga de aquella patraña que nos contaron de que los italianos preferían votar a un presidente canalla porque, en este mundo de canallas, nadie mejor que uno más canalla que los demás para defenderlos. Y nos lo hemos tragado. Aquello no fue más que una justificación para blanquear el ascenso de ciertos líderes pintorescos en ese país. Es una falacia, porque el canalla, por lo general, al único que defiende es a sí mismo. Pero ya no es en Italia, lo tenemos en España, en gran parte de Europa, qué decir en América, de norte a sur.

Porque, desgraciadamente, este discurso y esta forma de actuar tan ‘anti-buenista’ tiene cada vez más adeptos. Estudios hay que determinan que es una de las consecuencias de la terrible recesión iniciada en 2008, cuyas consecuencias pagamos todavía: millones de personas, en muchos países, se vieron descabalgadas de lo que llamamos clase media, y claro, solo algunos se lo tomaron con resignación. La mayoría reaccionaron por la tremenda. Y se agarran a los clavos ardiendo que tienen a mano. En cada país, en cada territorio, los suyos. Cuanto más incandescentes e incendiarios, con más fe se agarran. En otro tiempo, cualquier soflama de las que oímos por ahí, diríamos simplemente que es una imbecilidad. Hoy salen no unos pocos, sino muchos, raudos a aplaudirla y repetirla por ahí. Y lo que nos hubiera producido asombro, estamos terminando por normalizarlo.

En la política, en el periodismo, en el bar… Los que siempre hemos pensado que lo normal en democracia es dialogar, negociar, pactar, hablar con normalidad e intercambiar puntos de vista con otro que piensa diferente… estamos hasta mal vistos. Se impone lo machote -incluso tratándose de mujeres-, demostrar supremacía aunque no se goce de superioridad, faltar al adversario en lugar de contrarrestar sus argumentos, doblegar en vez de convencer, excluir, denigrar, humillar… Y, muy a menudo, ejercer de valiente con el débil.

Pero no merece la pena acuñar término nuevo alguno para acotar estos pensamientos y actitudes. Como en el caso anterior, también el diccionario tiene sustantivos y adjetivos ricos y precisos: miserable, ruin, egoísta, rastrero, cruel

Y sí, buenismo sería pensar que en un mudo de buenistas nos iría mejor… pero yo prefiero llamarlo sensatez.

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