Y ahora miramos a Afganistán

Y ahora todos miramos a Afganistán. Como si nos hubiera pillado por sorpresa. Como si no se viera venir lo que ha sucedido. El abandono definitivo de la misión internacional en ese país se estaba consumando ahora, pero llevaba años gestándose. España inició la retirada de sus tropas en 2015, apenas ya quedaban 24 efectivos. Y de pronto, todo el mundo corriendo a salvar a esa gente, a evacuar a todos los que se pudiera… ¿200.000 han podido salir? Quedan 38 millones de afganos sometidos inexorablemente a la bestialidad y el analfabetismo (Antonio Lucas dixit y yo lo suscribo) talibán. Lo que no se solucionó en 20 años, se ha intentado arreglar a la desesperada en cuatro días.

Conviene, de todas formas, echar mano de la perspectiva, por aquello de los “iluminados” que aprovechan la mínima ocasión para intentar confundir al personal. La misión en Afganistán, emprendida en 2001, la lideró la OTAN y no suscitó, al menos en España, la menor protesta ni rechazo a pesar de que fue uno de los países más activos en el envío de contingentes. Allí se había instalado un régimen fanático, cruel y -repito- analfabeto, que aparte de su carácter opresor, por acción directa o indirecta, auspicio o simple sintonía, se presumía vinculado a los ataques del 11-S y a muchos de los atentados que después se perpetrarían en otros países occidentales, entre ellos el nuestro. Nadie, que uno sepa, reprochó al Gobierno español de entonces la participación en aquella misión.

En cambio, el famoso “no a la guerra” que ahora algunos recuerdan con ruin desatino, se desató en respuesta a la guerra de Irak, dos años más tarde, porque hubo muchos -y no sólo en este país- que entendieron que aquella operación bélica no estaba justificada si de lo que se trataba era de combatir el terrorismo radical islámico. Esa misión no fue de la OTAN, sino unilateralmente promovida por Estados Unidos -dicen que auspiciada por Kuwait– y apoyada por unos pocos gobiernos, entre otros, el español y el del Reino Unido, con fuerte oposición de otros, como el francés y el alemán. El objetivo principal era deponer a Sadam Hussein, un dictador del que se decía que apoyaba a terroristas y que albergaba armas de destrucción masiva. Ni una cosa ni la otra. Tirano era para su país, pero lo cierto es fue tras su caída y ejecución cuando en Irak entró a saco el autodenominado Estado Islámico y cundió la destrucción masiva.

Pero a lo que íbamos: lo de Irak, lo de Afganistán, lo de otros países del entorno próximo o lejano, tiene una historia de fondo con parecidas connotaciones y similares, fatales consecuencias. No de ahora. Viene de lejos. Cada vez que el mundo occidental, con Estados Unidos como adalid principal, se ha inmiscuido en aquellos asuntos, con el supuesto ánimo de mejorar -digamos, civilizar- las cosas, se ha estrellado. Y no ha hecho otra cosa que empeorarlas.

Todo empezó, que uno tenga referencia, con el Sah de Irán, hace de esto 40 años, y el penúltimo capítulo, antes del desastre consumado en Afganistán, ha sido la primavera árabe. El desarrollo de la historia ha sido más o menos parejo. Líderes dictatoriales, más o menos tiránicos y estrafalarios, que sometían a su pueblo y que procuraban mantener una, por lo menos, aceptable relación con los gobiernos occidentales. Estos los miraban con recelo, pero les ayudaban a mantenerse, entendidos como un mal menor. Entre otras cosas, contenían a los radicales islámicos en sus países y hacían por no exportar terrorismo. En un momento dado, estos sátrapas hubieron de hacer frente a las revoluciones, promovidas por la ciudadanía harta y atizadas por agentes interesados, los propios islamistas muchas veces, pero también, en tiempos de la guerra fría, la potencia contraria a la que mantenía al dictador. Así, de hecho, sucedió en Afganistán.

Con las particularidades de cada país, de cada revolución y del momento histórico en el que ocurrieron, el final ha venido a ser casi siempre el mismo. Las potenciales occidentales retiraban su tibio apoyo al dictador y lo dejaban solo ante lo que se le venía encima. A su caída, cundían los buenos propósitos de instaurar democracias y sociedades libres, avanzadas, a nuestro estilo. Pero quienes terminaron pescando en el río revuelto y haciéndose con el poder fueron, casi sistemáticamente, los islamistas más radicales. Y la situación cambió, pero a peor. Para el país en cuestión y para toda la comunidad internacional.

Así, tras quitarse de encima a Reza Pahlevi, Irán quedó convertido en la república islámica del ayatolá Jomeini, que lo primero que hizo fue secuestrar a 66 ciudadanos y diplomáticos estadounidenses. En Irak sobrevive una democracia prendida con alfileres, pero se ha convertido en la cuna y principal ámbito de acción del Estado Islámico. En Afganistán, ya lo sabemos, los talibanes han recuperado el poder sin despeinarse, haciendo saltar por los aires 20 años de labor modernizadora y democratizadora en ese país, en la que se entregaron muchas vidas y se gastó mucho dinero. De países como Egipto, Libia o Siria, no podemos decir que estén hoy mejor que antes de que estallaran los movimientos que reclamaban más justicia y libertad.

Se podrán argumentar muchas cosas. Que Estados Unidos, en realidad, no ha hecho más que mirar por su soberanía y por su seguridad y le traía al pairo el devenir de esos países, como además acaba de admitir el secretario general de la OTAN. Se podrá decir que nuestros modelos democráticos y sociales no son ‘franquiciables’ como ingenuamente nos hemos creído. Que en vez de nuestros valores éticos y garantistas, lo que hemos exportado allí ha sido codicia y corrupción a granel. O que determinados países de Asia y África no están preparados para la instauración de democracias y libertades, o su propia mentalidad las hace inviables. El conocimiento de uno no llega como para asegurar o desmentir estos supuestos. Lo único que puedo hacer es constatar lo que se está viendo. Y la realidad es que, cada vez que los países llamados civilizados entramos a intentar civilizar lo que nos parece una selva, dejamos un solar… y más incivilización.

A Gadaffi, por ejemplo, se le denostó, con toda razón y motivo, pero ahora se le echa de menos. Entre otras cosas, como necesitaba ganarse puntos ante Europa una vez habían caído sus padrinos soviéticos -bajo cuyo paraguas hostigó todo lo que pudo-, frenó gran parte de los flujos migratorios que venían del África subsahariana. Permitía a los migrantes asentarse en sus tierras, les asignaba un subsidio, y así disuadía a muchos de embarcarse en pateras o cayucos. Que pregunten hoy en Lampedusa, y en otros enclaves del Mediterráneo, si la situación ha cambiado a mejor o peor. Y miremos más allá. ¿Qué pasaría si mañana cayera la monarquía de Marruecos o si un golpe de estado tumbara el omnímodo poder de Erdogan en Turquía? Visto lo visto, ¿mejor quedarnos como estamos?

Uno prefiere pensar que no. Que siempre será poco todo esfuerzo por extender los derechos, la libertad y la dignidad a cuantos más ciudadanos del mundo sea posible. Pero quizás deberíamos entender también que, cuando se empieza un trabajo, hay que saber terminarlo. Porque dejarlo a medias puede ser peor. Y así estamos ahora todos, mirando horrorizados a Afganistán.

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