Los Juegos Olímpicos que somos…

Y sin embargo, todavía me emociono cuando veo prender la llama. No corren los mejores tiempos para el olimpismo, eso es verdad. Viene de antes de la pandemia. Más allá de esas dos semanas mágicas que nadie nos quita todavía, y de la devoción innegociable de los deportistas, los Juegos Olímpicos, el evento más universal del deporte, no concita el mismo entusiasmo entre el gran público por verlos, mucho menos entre los países y sus gobiernos por acogerlos. Para unos, no gana su equipo ni pierde el eterno rival. Para los otros, se tiende a verlo ya más como un engorro que como una oportunidad de proyección internacional.

Los datos no mienten. Cuando Barcelona se adjudicó los de 1992, compitió con Amsterdam, Belgrado, Birmingham, Brisbane y París. A organizar los de 2012 se presentaron Londres, París, Madrid, Nueva York y Moscú (quedamos terceros); por los de 2016 pujaron Chicago, Madrid, Tokio y Río de Janeiro (quedamos segundos); los de 2020 que se celebran ahora los pretendieron Madrid, Estambul y Tokio (quedamos terceros). Para acoger los próximos, sólo optaron París y Los Ángeles, y se pusieron de acuerdo en repartirse los de 2024 y 2028. Esta semana hemos conocido que los de 2032 se celebrarán en Brisbane… porque ha sido la mejor, esto es, la única que se ha presentado.

Quizás estemos hastiados de tanta globalidad. O todo influye. Los Juegos fueron el evento concebido, como ningún otro, para superar las diferencias y las tensiones políticas. Y, con el tiempo, ha resultado ser el más politizado, el más zarandeando por los conflictos. Desde regímenes que los utilizaron para exhibir su poderío hasta boicots de medio mundo que cuatro años más tarde fueron imitados por el otro medio. Pasando por atentados. Por reivindicaciones políticas. Por escenificaciones de antagonismos. La propia concesión a una ciudad de un país determinado fue muchas veces un asunto de puro juego político. ¿Y qué es si no hoy el Comité Olímpico Internacional?

También fueron creados bajo el espíritu de promover el juego limpio. Sin embargo, su entramado organizativo ha sido prolífico en casos de corrupción. Qué decir de la eterna lacra del dopaje, tanto el evidente y castigado como el latente, que nunca se destapó pero que consta que existió. Total, que si el barón levantara la cabeza…

Por lo demás, la parafernalia y las ceremonias inaugurales resultan infumables para cada vez más gente. En mi opinión, podrían acortarlas, simplificar quizás el desfile sin quitarle brillantez y, desde luego, ahorrarse los discursos.

Y sin embargo, una vez que veo izarse esa bandera y, sobre todo, cuando se enciende el fuego, sea cual sea la liturgia, el mecanismo o el ingenio retorcido que se busquen para ese momento mágico, no puedo evitar que se me ponga un nudo en la garganta. Y pasan por mi memoria todas las llamas olímpicas, todos los Juegos que tuve la suerte, no ya de ver, sino de vivir. Que se han quedado para siempre conmigo. Como también se quedarán, no lo dudo a pesar de todo, los de Tokio 2020.

Porque no tiene por qué ser necesariamente durante esas dos semanas frenéticas, puede pasar en cualquier momento de los cuatro años anteriores o posteriores, que de noche se me aparezca Nadia Comaneci cimbreando sus 14 años en las barras asimétricas como si se estuviera columpiando en el parque, para arrancarle el primer “10” a los estirados jueces. O imaginarme ser Lasse Viren en aquella poderosa última vuelta, después incluso de haberse caído, en la que más que llevar 9.600 metros a ritmo de récord del mundo, pareciera que acababa de salir de su casa.

Sí, he sido Usain Bolt esperando el semáforo en verde para raudo ganar la otra acera mirando a derecha a izquierda, nadie por aquí ni por allá. Confieso que vi galopar a Marita Koch, sí, ya sé cómo las gastaba aquella Alemania Oriental, pero ella era una atleta excepcional y lo hubiera seguido siendo de cualquier manera; y un día pasó que me dejaron ver a Michael Jordan, Magic Johnson y Larry Bird jugando en el mismo equipo, me frotaba los ojos. Tuve el lujo de visitar la piscina de Mark Spitz y la rabia de no haberme llevado un bañador para darme el gusto de siquiera unas brazadas en sus aguas climatizadas y brillantes.

Tal que hoy puedo despertarme pensando que voy a asistir a uno de aquellos duelos de honor -peor que a muerte- entre Sebastian Coe y Steve Ovett, aunque al británico ilustrado -Coe- también sigo buscándolo en alguna retransmisión nocturna que milagrosamente pude rescatar en una tele portátil para ver sus últimos 200 metros imperiales -claro- en Los Ángeles, ahí donde aguantaba José Manuel Abascal su bronce. Ya que dedico este capítulo al milqui, todavía me pellizco para asegurarme de que lo de Fermín Cacho pasó, fue, es verdad. Y aún veo sobrecogido la agónica recta que no era sino la ultimísima oportunidad de Hicham El Gerrouj y a ella se agarró el fiel, qué grande era Alá y qué extraño, te negaba lo que más deseabas y al final te dio dos oros. El amor que recibiste fue finalmente igual que el que diste, pero eso no lo dijo Alá.

Hablando de dioses, como esos mismos jugaba al balonmano aquella danesa que se llamaba Anja Andersen, su furia en aquella prórroga me espabiló la tarde anodina de agosto que aún creo que es. A Ámsterdam mismo tuve que ir para que me enseñaran a pronunciar los nombres de aquella chica y aquel chico –Ingrid de Bruijn y Pieter Van Hoogeband– que se hicieron un Palacio Real la piscina de Sidney. Días después, en un hotel de Zúrich, a unas horas imposibles y en medio de un episodio surrealista, acerté a poner la tele para encantarme de conocer a María Vasco. Lo de Jordi Llopart había pasado 20 años antes, un español en el estadio Lenin, que no se crean, ya no se llama así.

Todo lo que quise que perdiera, y sin embargo admiré a Carl Lewis (del que digo exactamente lo mismo que de Marita Koch) y todo lo que quise verles ganar el oro, y aún no ha pasado, a Corbalán y a Pau Gasol, por nombrar a dos que representen al baloncesto español. Los argentinos sí lo tienen, en eso siempre los envidiaremos, pero es que el USA team nunca se equivoca contra nosotros (dream team no hubo más que uno), lo digo para ver si pasa esta vez. Y cuando, de golpe y a la vez, el waterpolo español ganó un oro y una plata, porque esta última no querían ni mentarla hasta que fueron campeones olímpicos cuatro años después de esa final perdida casi cuando empezaba la ceremonia de clausura de Barcelona’92.

No se olviden de cuando la delegación española se volvía con dos escuálidas medallas –piragüismo, vela, boxeo…- y nos parecía tan bien. Ahora vamos a por la veintena, con hispanos y guerreras, palistas y sirenas, y las chicas ganan más. Y es verdad, Paloma del Río, nunca harán como esos del fútbol que se quitan la medalla de plata cuando se la dan y si pudieran la tirarían por el retrete. Ah, y esas lecciones aceleradas de deportes que tomamos cada cuatro años. Hoy mismo, sin ir más lejos, hemos recordado lo que aprendimos de taekwondo. Y bueno, animemos a los nuestros, vibremos con los compatriotas, pero líbrennos del periodismo deportivo-patriótico. Ellas y ellos no lo necesitan, y nosotros tampoco.

De Spitz a Michael Phelps, de Comaneci a Simone Biles, parece que el mundo gire, pero el tiempo se quede suspendido. Todos los episodios tienen fecha en el calendario y se pueden consultar, pero en la memoria aparecen superpuestos, cuando prende la llama parece que los tenga todos ahí. Trayectorias ejemplares y momentos concretos, milagrosos. Viví la última hazaña de Al Oerter, todas las de Bolt, Gebreselassie, Louganis… pero también los récords imposibles de Rudisha o Van Niekerk, ya que al de Bob Beamon no llegué. Me emociono con todos, como con aquella realización de RTVE que “recortaba” a los saltadores de trampolín sobrevolando Barcelona. O con las niñas de la gimnasia rítmica llorando a borbotones en lo alto de podio de Atlanta. Lo feliz que me hicieron Samuel Sánchez en Pekín o Ruth Beitia en Río. De todo esto están hechos los Juegos Olímpicos, desde que empiezan, cuando terminan… y para siempre.

Los he visto de niño, de adolescente, de universitario; con mi primer trabajo, en paro, en puestos de cierta responsabilidad; en casa, de viaje, por los bares; feliz, preocupado, como quiera que esté ahora. Los que amamos el deporte vivimos al día con las ligas, champions, tours, wimbledons, mundiales, eurocopas… pero cuando llega esa antorcha y prende el pebetero, se para el mundo. Y lo que ocurra, permanecerá. Al final, somos los Juegos Olímpicos que hemos visto. Ayer quedó inaugurada la ilusión.

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