Microrrelatos a quemarropa (VI)

Entrado de lleno el verano, toca nueva edición de microrrelatos a quemarropa. Es la sexta y llevan camino de convertirse en un clásico, bueno, ya me gustaría que sea así. De la temporada recién terminada, nos quedan 12 historias que vamos a dividir en dos entregas, hoy la primera. Para los que no hayan seguido los anteriores, recordar que se trata de relatos que presentamos al concurso de la Escuela de Escritores con la Cadena SER. De un máximo de 100 palabras, todos a partir de la última frase del ganador de la semana anterior, que a veces, las más, es un verdadero reto. Ah, y escritos por lo general con muy poco tiempo y en medio de mucho lío. Por eso los llamo a quemarropa. Pero no me alargo más y sólo espero que os gusten.

Nido de águilas

Lo hemos adoptado como un hijo más. No parece extrañar nada, enseguida se ha adaptado a las alturas. No es que coma bien, es que les gana por la mano a sus nuevos hermanos, voraz y fuerte, además está agudizando la vista y se le afila por días el semblante. Lo tiene todo para convertirse en el mejor ejemplar de la estirpe, un poderoso y noble cazador. No olvido que costó lo suyo raptarlo de una de esas familias de pelmazos que vienen a importunar los domingos de verano. Sólo preveo un problema: si cuando tengamos que tirarlo al vacío, será capaz de volar.

Al loro con el loro

Hablando todo el día con el loro del vecino a través del tabique, contento me tiene. Yo pensaba que repetiría mis infalibles sentencias y aseveraciones, pero resulta que me contesta y me rebate. Encima se burla y me cambia de voz: soliviantada por la mañana temprano, más templada por las tardes, como un torrente desenfrenado a la noche. Lo que más me incomoda son esos pitidos agudos que suelta a cada hora. O que siempre, a partir de las doce, deje de hacerme caso y se ponga a hablar de fútbol. Pero cómo voy y le digo al dueño… que le dé una vueltecita al pico a ver si…

Cajera

“Te quiero, Pilar, te quiero”. La misma nota a diario en el cajón del TPV, justo cuando le tocaba cerrar caja. Y claro, siempre se descuadraba, porque se descentraba, no daba una, otra noche saliendo a las tantas. Su marido enfurecido para variar, los niños revolucionados. Por la mañana, llevarlos al cole y a toda prisa al gran almacén, el trajín de traigo, compro, devuelvo, la bendita pintura para ocultar las ojeras… y la caja otra vez, Pilar: a puntear tiques, vales, cargos… Jamás confesaría que ese era el mejor momento del día. Ni que imploraba no llegar a reconocer nunca esa letra.

Global

A quien no entiendo es a él, tan amargado siempre, tan desconfiado. Su mujer, en cambio, un cascabel, además es una aparición; sus hijos, para comérselos; una envidia de casa, un puesto y un sueldo que ya quisiéramos… o quizás ese sea su problema. Que aquí todos estamos deseando beneficiarnos a esa hembra, devorar a esos niños, ocupar su vivienda y quedarnos con su dinero. El trabajo sí que se lo dejamos. A ver a qué paisano le iba a gustar ser director de estrategia de Google en la tribu de los hombres leopardo. Que global se puede ser, pero tanto…

Estadista en casa

Si no, me habría vuelto loco. Con tantas cosas al retortero, debía tomar una decisión, no eran sanos tanto caos y sobreinformación. Es verdad eso que dicen los estadistas de que la ausencia de alternativas clarifica las ideas. Entonces, había que proceder en consecuencia, aunque para quedarme con una, fuera doloroso eliminar las demás. Lo difícil fue acertar. Si mi mujer y sus estatutos, si las niñas con sus líneas francas, el móvil con sus estados de alarma y los consejos de guerra telemáticos… al final, di un portazo, bajé a la calle y me decanté por invadir Rusia.

Todo por la empresa

Cariño, tenemos que hablar. Ya sé que tu trabajo es así, nunca te pido explicaciones. Me consta que eres el mejor en lo tuyo, imprescindible en la empresa. Pero cada vez que tienes un encarguito, desapareces días, semanas incluso. Y yo lo entiendo, mi amor, aunque se me haga insoportable tu ausencia y, sobre todo, la incertidumbre, si un día algo sale mal… Me aseguras que no aguantas más, que lo quieres dejar, y quizás llevo yo algo de culpa: soy tan exigente en los tratos, tan implacable con esos hijoputas que incumplen los pagos… Tengo que pensármelo, querido, si despedirte o no.

Volveremos, en principio, en dos semanas. Y si queréis ver las anteriores entregas, todas están aquí Microrrelatos a quemarropa – Byenrique

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