La información, ¿cuestión de educación o de negocio?

Hace poco, chateaba con una amiga y colega de profesión, primero sobre la vida que vivimos y luego, entre otras cosas más profesionalmente deformadas, sobre la larga deriva de cierto medio de comunicación, que por cierto esta semana ha dado noticias de alcance. Pero coincidíamos en que la mayoría de la gente que consume el tipo de información y contenidos que diariamente ofrece esta cabecera, ni sabe ni tiene por qué saber lo que pasa dentro de esa empresa y que en buena parte explica lo que plasma en sus crónicas políticas, sus editoriales y sus portadas. Y de lo concreto a lo general, muy pocos consumidores de información conocen los entresijos, movimientos e intereses de los medios escritos, digitales o audiovisuales que frecuentan. Faltaría más. Pero tampoco deberían ser víctimas de ello.

Esta semana, conocíamos el estudio de la OCDE que destaca la menor preparación de los estudiantes españoles de 15 años a la hora de consumir información. Por debajo de la media (46% frente a 54%) en capacidad de reconocer informaciones fiables, en distinguir entre hechos y opiniones (41% frente a 47%) y en recurrir a diferentes fuentes para informarse sobre un tema concreto (sólo un 24%). La verdad, tampoco es que la media de los países de nuestro entorno sea para echar cohetes, porque hablamos de que en torno a la mitad de los estudiantes de los países desarrollados no son capaces de identificar noticias falsas ni de contrarrestar informaciones parciales o sesgadas. Ello puede explicar mucho de lo que se ve en estos tiempos en ciertos países, incluido el nuestro y de Europa a Estados Unidos.

Desde hace tiempo, pero con escasa voz y menos efecto, se viene reclamando cultivar el sentido crítico desde edades tempranas, ya en el colegio, a fin de que los ciudadanos que conformen las sociedades de los años venideros sean más rigurosos, más exigentes y menos manipulables. Esa educación pasa, ineludiblemente, por una mejor comprensión de los medios de comunicación en general y, en este tiempo volátil, de las plataformas digitales y todos sus ríos y afluentes. Ahora son 100 profesores y catedráticos los que han elaborado una propuesta por la ‘Educomunicación’, pero ya hubo otras iniciativas. Insisto, con escaso eco y casi nula repercusión. Entre otras cosas, instan a los poderes públicos a que auspicien esa formación y, sin entrar en más detalle, no parece que esas instancias estén muy por ponerse a ello.

En realidad, no debería ser tan complejo. Tampoco deberíamos pretender que los alumnos y los futuros profesores salgan con un máster en periodismo y comunicación. Tampoco que se aprendan los complejos entramados empresariales que hay detrás. Bastaría con que entendieran: primero, que un medio de comunicación -un periódico, una cadena de TV…- es un negocio -no un movimiento social ni partido político- que, como todos, intenta vender un producto, posicionarlo entre el público que estima objetivo y ofrecerle un bien compuesto de información y entretenimiento, con los aditamentos que entiende que a ese pretendido público le gustaría recibir; segundo, que el contenido informativo que ofrece cualquier medio consta de tres géneros básicos –información, interpretación y opinión– que han de presentar de forma bien diferenciada, y si no lo hacen, no están ejerciendo bien su función ni ofreciendo un buen producto; tercero, derivado de lo anterior, que los hechos son los hechos y las opiniones, libres e individuales de cada uno, ah, y que una cosa es la opinión del medio en sí -la línea editorial– y otra la de cada uno de los opinadores -columnistas, tertulianos, artículos de fondo… Con esto, tan poco pero tan importante, quizás bastaría para al menos hacerse una composición de lugar.

Yo no sabría calificar la educación que me dieron en los colegios a los que fui, a qué sistema respondía, ni puedo compararla con otra porque es la que recibí y la única que conozco. Pero sí sé que, desde muy tierno, leía los periódicos, escuchaba la radio, y me enteraba de lo que contaban. Sabía distinguir la información de la opinión, pero, además, sabía diferenciar a los que opinaban y entendía por qué tomaban una u otra postura ante el mismo hecho. Y no era especialmente listo, se lo aseguro. Es verdad que no existía toda esta sobreinformación ni por supuesto la vorágine digital de hoy. Pero también había bulos, sesgos, informaciones teledirigidas… y no me costaba desentrañarlas, y además explicármelas, de qué iban y a qué respondían. No era tan difícil, la verdad. Y ya cuando me decanté por el periodismo como carrera, me compraba varios periódicos, leía ávidamente a sus columnistas, de tan diferentes ideas y estilos, y me resultaba enriquecedor.

Quizás, o seguramente, ahora es más complicado. Es evidente que los géneros se superponen continuamente, no es fácil encontrar ni un titular que no encierre una -sutil o grosera- dosis de opinión. Es cierto que el negocio de la empresa informativa no tira, y ello va en detrimento de la independencia y de la calidad. Es verdad que la presión es feroz e insoportable, los medios tradicionales deben competir en terrenos que no son los suyos, y si siempre existió el sensacionalismo y convivió con lo más ponderado, hoy prácticamente no hay quien se libre de la sobreactuación informativa a la caza desesperada de impactos y clics. Luego están las relaciones con los poderes políticos y económicos. Aquel equilibrio entre poder y contrapoder, el ten con ten entre quien informaba y las entidades e instituciones objeto de la información, se quebró inexorablemente a favor de las segundas, que, como decía la canción, hoy tienen la sartén por el mango y el mango también.

Pero delante de todo esto siguen estando el lector, el oyente, el televidente… que al final, siguen siendo los que en teoría sustentan indirectamente el negocio de los medios. Y si no se les está ofreciendo la información de calidad, el análisis inspirador y el entretenimiento que demandan, deberían exigirlo. Claro que, para exigir, se necesita criterio. Hace una semanas reflexionábamos sobre el predominio de información para pantallas pequeñas, los contenidos simples para explicar realidades complejas, que por supuesto, no las explican, sino que las deforman. Y justo ayer, Elisa de la Nuez vertía en este artículo en El Mundo (lo siento, bajo suscripción) sus inquietudes ante la simplificación de los mensajes en las campañas políticas. Está claro que no corren buenos tiempos para el análisis, la didáctica, los argumentos. Aburren, no enganchan a la audiencia. El género estrella es el infoentretenimiento -en política, en fútbol…-, que tiene poco de “info” y, ante todo, es puro espectáculo. Si los medios lo ofrecen a profusión, es porque saben que tiene mercado, público ávido de consumirlo.

Así, ¿es cuestión de educación o de negocio? ¿O es un problema de mayor calado, como aquel de los hooligans ingleses en los ochenta, que la liaban parda allá adonde iban y al final no era un problema de fútbol, sino social? Es muy posible que, en efecto, asistamos a un fenómeno de hooliganismo intelectual -no sólo en España, ya digo- que se manifiesta en múltiples escenarios de la sociedad, sin duda en el debate político, y también en los medios de comunicación. Que al final, como negocio que son enfocado a un público, no son sino reflejo de las sociedades en las que viven. Los de la Transición plasmaban el clima que se vivía en aquellos años, como los de hoy dejan traslucir el ambiente que se respira. Por si aporta cierta esperanza, aquel drama que vivió aquella Inglaterra empezó a mitigarse -hoy es un mal recuerdo, aunque siempre puede resurgir- cuando la economía mejoró, con ella el empleo y el bienestar social. La educación ayuda y ayudará, sin duda, y somos muchos los que nos ofrecemos a aportar lo que buenamente sabemos. Pero hará falta algo más. Porque cuando se sale del colegio o del instituto, habrá que tener al menos la oportunidad de practicar lo que se aprendió. Si no, estamos igual.

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