Superligas, mentiras y cintas repetidas

No nos engañemos ni nos vayamos a hacer líos. A Florentino Pérez no le gusta el fútbol. Ni a casi ninguno de los potentados que han desembarcado estos años en grandes clubs, ni muy posiblemente a la mayoría de los que organizan y administran las competiciones. Lo que les priva es el dinero, en su nombre o en el de sus empresas, y lo que los impulsa a entrar en este negocio es eso, la posibilidad cierta de un inmenso negocio. Entonces, van e intentan explicarle a la gente lo que le debería interesar, que no es otra cosa que lo que les interesaría a ellos para incrementar sus beneficios, según ellos, siempre maltrechos.

La reciente, intempestiva y fracasada tentativa de Superliga europea, como otras que se plantearon y se plantearán, o las que se han puesto en marcha en otros deportes, son episodios de una guerra crónica y sin cuartel: la de los que detentan un suculento negocio frente a los que pretenden quitárselo y quedarse con él. Nada más. La UEFA, la FIFA y otras federaciones deportivas llevan años llevándoselo a crudo a costa de la incondicional afición de millones de personas en todo el mundo, y lo que pretenden los dueños y presidentes de los grandes clubs es, simplemente, hacerse con el control de toda esa maquinaria para llevárselo crudo ellos y sus empresas. Pero nos dicen que es por el interés del fútbol, de los futbolistas, de los aficionados, por la sostenibilidad del planeta si se tercia… en una cinta que se repite hasta la saciedad, un disco rayado o un podcast que salta permanentemente con la misma letanía. E insisten en que nos lo creamos.

Pero es verdad que hay bastante gente en España, hay que decir que sobre todo madridistas, que independientemente de los personajes, estarían a favor de una liga europea en la que jueguen sólo los mejores. Ante eso, yo simplemente voy a exponer algunas ideas de mi cosecha, y cada uno podrá estar o no de acuerdo.

Los Nadal-Federer. Uno de los argumentos esgrimidos por don Florentino es que a los aficionados al tenis nos gustaría ver siempre un Nadal-Federer y eso es lo que le gustaría trasladar al fútbol. Menos mal que nunca dirigirá una federación de tenis. Porque por mucho que adoremos a los dos grandes tenistas de nuestro tiempo, digo yo que también tendrán que jugar otros tenistas. Es más, hasta los que pensamos que esos duelos son como un regalo de los dioses, si todos los santos días estamos viéndolos jugar entre ellos, a lo mejor nos terminamos cansando. Y si a alguien le aburre ver a Nadal jugar contra el 111 del mundo, pues otra vez, es que no le gusta el tenis. Por cierto, tanto Rafa como Roger debieron ser en su día ciento y pico del ranking, y tuvieron la oportunidad de llegar hasta donde llegaron.

Partidos que no interesan. Claro, no es tonto el señor Pérez -ni muchísimo menos, y de sobra lo sabemos. Y la tira con toda intención. Sabe que, en muchas ciudades de España, por mucho que la gente sea de sus equipos, al final tiran a Real Madrid o FC Barcelona. En Vigo, en Oviedo, en Zaragoza… Pero ¿por qué sucede eso? Quizás porque la brecha entre los dos grandes clubs del fútbol español y la clase media se ha agrandado tanto que la gente termina por seguir y querer ver por la tele a los únicos que van a ganar la Liga y van a optar a algo importante en Europa. Con permiso del Atlético de Madrid, que lleva estos años pugnando por comer en la misma mesa. Sin embargo, en Inglaterra, eso no sucede todavía. El de Southampton es primero del Southampton FC, y el de Leicester, del Leicester City FC y nadie más. Pero eso allí los supporters se han revelado. Y eso no lo habían calculado los 12 presidentes que urdieron la conspiración que finalmente se les ha vuelto en contra.

Equipos que “no valen”. Pero la tendencia es a reducir la élite del fútbol, y baste ampliar la vista a Europa. Antes, si te enfrentabas a un equipo polaco, húngaro, belga, sueco… sabías que te esperaba un rival difícil, con buenos futbolistas, un determinado estilo de juego, una grada caliente… Hoy, los de esos países han quedado relegados a comparsas, ¡incluso los neerlandeses, con seis Copas de Europa! Desde que se instauró el actual formato de Champions League en el 2000, la competición ganó, sí, en atractivo por la mayor profusión de partidos entre grandes, pero resulta que cuatro ligas -española, inglesa, alemana e italiana- han copado prácticamente todas las finales en 21 ediciones, ¡39 de 42!, con la testimonial excepción de un portugués y dos franceses. Es fácil: a aquellos clubs de las ligas medianas los desplumaron en su día, quitándole sus buenos jugadores apenas les salían los dientes (¿se imaginan, por ejemplo, un Anderlecht hoy que pudiera juntar a De Bruyne, Mertens, Lukaku…?) Y después de desarmarlos, ahora se los quieren quitar de en medio porque no valen. Porque no interesan. Pero no se engañen: cuando tengamos esa superliga de 20 equipos, que me temo que un día la tendremos, los diez más fuertes terminarán fagocitando a los otros diez, y luego los cinco… ¿Y eso es lo que interesa?

El ejemplo del baloncesto. Pero si queremos asistir a un ejemplo de superliga, vayámonos al baloncesto. Allí funciona desde hace años la Euroliga, promovida por los clubs y con gran inquina de la anterior propietaria, la FIBA, que intenta torpedearla programando partidos de selecciones nacionales coincidiendo con los de aquella competición, con el único resultado hasta ahora de pegarse continuos tiros en el pie. ¿Y cómo es esa fantástica y alabada Euroliga? Hablamos de un calendario exhaustivo, 34 partidos -uno o dos entre semana- que los equipos han de sumar a los de sus competiciones nacionales -juegas un viernes en Estambul y el domingo en Tenerife. Después, los ocho primeros disputan un play off al mejor de cinco. Y los cuatro que quedan van a una final a cuatro en una ciudad, que además puede ser la de uno de los contendientes. Total, que después de todo el año jugando, el título se dirime en un pierde y paga en dos días. Sí, todos los años tenemos asegurados al menos dos Madrid-CSKA, dos Barça-Olympiacos, Maccabi-Milan, etc… que sin embargo no tienen una trascendencia crucial, porque puedes muy bien perder las grandes batallas y al final quedar campeón.

Las ligas son ligas y las copas son copas. La liga es regularidad, el que a lo largo de una temporada gana más partidos y pierde menos que ninguno. La copa es enfrentamiento directo y KO (¿a que nos gusta la Copa del Rey actual?). Está bien que algunas competiciones -Champions, Mundiales… – combinen ambos formatos para que ni sea demasiado drástico irse a casa a la primera ni el asunto pierda emoción. Luego, el secreto está en gestionarlo bien, y todo formato siempre es susceptible de estudio y mejora. Lo que pasa es que, al final, todas las “mejoras” que se introducen resultan en jugar más partidos, esto es, en sacar más dinero. Lo vemos en los mundiales, que son de 32 equipos y ya se avisa que irán a 48. Entonces, dicen que la primera fase de Champions -podría valer para la de un mundial- no interesa a nadie -otra vez la misma cinta repetida. Bueno, pues uno diría que en la de la presente temporada el Real Madrid se clasificó en el último partido, y quedaron fuera Inter de Milán, Ajax, Manchester United… Pero bien, todo es revisable. ¿Sustituimos esa primera fase por dos eliminatorias directas y después, los que queden -los buenos, se supone- juegan una liguilla de grupos? Seguro que no les gusta. Porque a lo mejor algún grande se pega la estacada. Y en cualquier caso, serán menos partidos, luego menos pasta. Nada, hay que jugar muchos partidos, pero sólo entre los buenos.

Los grandes partidos. Los Madrid-Bayern, los CSKA-Barça, los Nadal-Federer, los Nueva Zelanda-Australia de rugby… son grandes partidos por ser excepcionales. Porque se celebran en la cumbre y al borde del abismo, cuando ya no queda ladera sino precipicio. Finales, semifinales… y no siempre se dan. Si uno no llegó hasta esas alturas, será porque otro fue mejor en esa ocasión y lo despeñó. Eso es puro juego y es competitivamente justo, también deportivamente cruel. Si normalizamos esas grandes citas, las desvirtuamos. Lo repetido se convierte en cotidiano y puede derivar en aburrido. Hasta el caviar empacha.

¿Ya no interesa a los jóvenes? Dicen que el fútbol está dejando de interesar a la juventud. Por un lado, se alegan diferentes causas y teorías sociológicas, y por otro -ya estamos-, que es que hay partidos que no interesan… ¿Y no será que es caro? En una sociedad low cost como la que se está instaurando, resulta que el fútbol en televisión sólo puede verse de pago. Y no todas las familias se lo pueden permitir. Escuchaba ayer a un admirado exfutbolista y comentarista decir que hoy los jóvenes tienen acceso a todo tipo de partidos, de la Liga, la Premier, la Bundesliga… y eso, que me perdone, no me parece exactamente real. Lo tenemos él, yo, los que van a los bares… pero muchos niños, no. Frente a otras muchas cosas a las que sí pueden acceder gratis total. Y no hablemos de lo que cuesta ir a verlo al estadio, cuando se podía y cuando se pueda (visto lo que cuestan las entradas en Alemania, ¿se sabe si allí también se está dando este fenómeno?). Entonces, ¿qué o quién está echando a las chicas y chicos del fútbol y del deporte en general: los partidos o los que administran esos partidos? Pero seguirán ideando soluciones. Generalmente, pensadas por adultos ricos que no tienen la menor perspectiva de cómo viven las familias en sus ciudades y en sus países.

Falta imaginación. El problema de fondo es que el deporte sigue y seguirá en manos de gente poco deportista. Lo mantengan unos o se lo apropien otros. Y no es que no sea lícito que miren por el negocio, todo lo contrario, si no, no habría función. Lo que pasa es que casi siempre lo miran a corto plazo. A ganarlo todo ahora y después ya verán… Y lo que vemos muchos es que no hacen otra cosa que sobreexplotar los activos que tienen, y no preocuparse de generar otros nuevos. Tiran de superproducciones, los grandes clásicos, las superestrellas, mundiales con 32 selecciones, eurocopas con 24… Como si el Tour de Francia decidiera que basta ya de esas etapas llanas de siesta y que hay que subir todos los días Alpe d’Huez o el Tourmalet. Y todo se agota y termina por agotar.

Con todo, y por mucho que sigan repitiendo la cinta y estirando el chicle, es muy difícil cargarse el fútbol. Somos demasiados los que nunca nos vamos a desenganchar. Lo único que necesitamos es que haya buenos futbolistas, si son muchos, mejor; grandes equipos, si abundan y además de muchos países y ciudades, mejor; ah, y si es posible que jueguen diferente y no marcados todos por el mismo patrón, pues ya ni les digo. Pero siempre le sacaremos algo al partido más “soso” y seremos capaces de disfrutar con una semifinal de Champions y con uno de juveniles o de Segunda B. Los que nos gusta el fútbol, quiero decir.

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