La Champions de las vacunas

Nunca supimos de vacunas, ni siquiera de enfermedades pandémicas. Nuestras generaciones del mundo que llamamos civilizado vivíamos anestesiadas, en otra esfera. Eso del rastreo, la incidencia acumulada o la tasa de positividad nos parecen términos de nuevo cuyo, y se manejaban ya, sin ir más lejos, para la normal gripe. Nombres de compañías farmacéuticas nos saldrían algunas, más quizás por la actualidad empresarial a quien la siga o por vinculación a ciertos productos -aspirina, viagra, nolotil… Pero, desde luego, citaríamos de memoria muchas menos que marcas de cerveza o de güisqui, y sin duda nada comparable con las de coches, móviles, ropa deportiva…

Pero ahora, todos somos expertos. Más que nada, porque lo que nunca fue noticia hoy lo es de dimensiones planetarias. Vacunas hubo siempre -quiero decir desde que se inventaron- y fabricantes, obviamente. Acuerdos comerciales, suministros, logística, plazos de entrega… a la orden del día, y por supuesto, incidencias eventuales, como en cualquier sector o actividad. Y cada vacuna tendría su protocolo de conservación, de administración, dosificación, y claro, sus posibles efectos secundarios. Todo eso pasaba. Pero ahora, parece que esté pasando algo inusitado.

Lo que no es noticia no existe en nuestro mundo, y para que lo sea, tiene, entre otros aditamentos, que ser relevante para mucha gente. Si encima suscita incertidumbre, controversia y sobre todo miedo, es notición. Y en el mercado de los medios de comunicación, todos -sin excepción- se pelean por dar la más sonada. Siempre fue así y fue lícito, pero ahora es una pugna febril porque en los cientos de miles de clics que consigan parece que les vaya la vida, y para algunos, efectivamente, les va. Y como nadie se calla, todo el mundo tiene algo que decir -esto también como siempre, pero además ahora se les oye-, tenemos “noticias”, léase sustos, a todas horas y sin solución de continuidad.

Todos tienen la necesidad de hacerse notar. Hablan los expertos, los científicos, pero sus exposiciones salen en el mismo plano -lo de Umberto Eco sobre los idiotas y los premios Nobel- que las de cualquier opinador de la índole y del ambiente que sea, con mención especial a esa intelectualidad de los que lo saben todo. Y, sobre todo, hablan los políticos. Que siempre están prestos a utilizar cualquier hecho o circunstancia en beneficio de su agenda y a merced no ya de las próximas elecciones, sino de la inminente encuesta de intención de voto. Además, lo que se lleva hoy en la política -mundial, diría- es parecer muy machote. El más a la hora de prohibir, frenar, restringir… o el más si se trata de “defender la libertad”. Si, machote o machota, da igual el género. El caso es que, desgraciada pero previsiblemente, no podíamos esperar que las vacunas no se convirtieran en arma política… también.

Los pobres ciudadanos reciben todo esto y además ponen lo suyo. Escuchan al político, al intelectual de mesa camilla e incluso al científico -que puede que no sea un hábil comunicador y le habrán sacado una frase de contexto que da en difundir otro mensaje que alimente más la incertidumbre. Entonces, va el señor o la señora en un bar y suelta que al tío de la cuñada del vecino le pincharon la vacuna de tal y a la mañana siguiente se murió. Y toda su audiencia a coro: “pues yo no me la pongo aunque me maten”. Hubieran dicho mejor “aunque me muera”. Esos mismos, posiblemente se tomaron esa mañana un ibuprofeno, a saber si el otro sábado una viagra u otro potenciador al uso, y cuántas veces en su vida se habrán automedicado por prescripción de su amigo Paco. Y no se leyeron un prospecto. Dicen los datos hasta ahora comprobados que padecer un trombo a consecuencia de una de esas dosis siniestras es varios ceros tras la coma más improbable que llevar el número del Gordo de Navidad. Pero el fatalismo popular, amparado en la ignorancia y fomentado por la desinformación, presume que esta lotería sí que puede tocar.

Y sí, ahora hablamos de vacunas con toda soltura, en el taxi, en la terraza del bar, en el patio de vecinos. Esta es la buena, la otra no está mal, cuidado con la de más allá. Como quien habla de fútbol. Y en los terrenos mediáticos y políticos de todo el mundo se está jugando la Champions League de las vacunas. Se admiten pronósticos y apuestas. Si la solidez defensiva de Pfizer la convierte en favorita o podrá más la capacidad de repliegue de Moderna. Si Astra Zeneca está jugando al límite del reglamento o Johnson & Johnson es muy efectiva porque llega una vez y marca. Que Sinovac juega bien, pero estos chinos adolecen siempre de remate, o que Sputnik, tratándose de rusos, es muy rápida al contragolpe. Que Novavax puede ser el gran tapado o que dicen que Sinopharm está fichando muy bien. Y no digamos cuando lleguen las nuevas, las cubanas dicen que van a dar mucho juego. Y, sobre todo, cuando tengamos las vacunas españolas en competición. Hasta ahora, dicen que estamos jugando como nunca y perdiendo como siempre.

Claro, la gente no se inventa nada, es lo que ve y oye. Y es que en los espacios informativos parece emitirse un Carrusel Deportivo -o Tiempo de Juego– en el que se suceden los sobresaltos y los escándalos. Pita el morse cuando hay un trombo en La Condomina, un ministro ha decidido interrumpir la jornada con los estadios de salud llenos, una partida de vacunas se ha lesionado y será baja dos semanas o un equipo de vacunación amenaza con abandonar el campo si el árbitro les sigue masacrando, según ellos entienden. Y sí, el VAR tendrá que pronunciarse sobre si algunos se han vacunado en fuera de juego, o dicen que por qué no va a poder cualquiera fichar a su propio Messi, entiéndase sus “módicas” dosis para consumo propio…  La afición, muy atenta, lo comentará todo, discutirá, se soliviantará. Porque, por supuesto, tomará partido. Ya están tardando en vender banderines y bufandas las hoy afamadas farmacéuticas. Los gobiernos ya lo están haciendo, nunca pierden el tiempo. Y ojo, como por ahora no hay en esta liga muchos equipos nacionales ni regionales, todavía no hemos empezado con los nacionalismos.  

Hace un año proliferaron los nuevos gurús de la epidemiología. Hoy tenemos a los nuevos sabios de las vacunas. Como siempre tenemos dispuesto un problema para cada solución, si hace unos meses celebrábamos con esperanza el inicio de las campañas de vacunación, nada tardaron en aparecer los que pretenden que derive en la guerra de las vacunas. Y consiguen que muchos se la crean. Si fuéramos capaces de relativizar y poner en contexto toda la información que recibimos, al menos podríamos aprovechar el conocimiento que estamos adquiriendo. Si no lo olvidamos, podrá servirnos para el futuro. Así que, mejor, quedémonos con que lo que estamos viendo es como la Champions de las vacunas. Porque ya no preguntamos ¿te vacunan ya?, sino ¿qué vacuna te van a poner? Bien pensado, cuando estas mismas preguntas las hagamos en pasado, seguro que será una buena señal.

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