Cuando nos empezó a ir la marcha

¿Quién y cuándo inauguró el atletismo español? Hasta donde me alcanza a ver, lo de Mariano Haro fue una proeza. En los JJOO olímpicos de Múnich 72 luchó con tres monstruos del 10.000 y se quedó a escasos 10 metros del oro y del récord mundial. Pero fue cuarto, no hubo medalla. Entonces, para la gran mayoría del pueblo, no había servido de nada. Seis años después, en 1978, entraba triunfante en el estadio de Praga uno de los nuestros, camiseta roja con las dos rayas amarillas, un tal Jordi Llopart. Pero eso era marcha, esa disciplina tan desconocida y tan rara de ver. Que cuando vas por ahí entrenando “te pueden llamar mariquita”, confesaba el propio Campeón de Europa, ya con nuestra primera medalla de oro colgada del cuello. Ni una imagen decente hemos encontrado de aquello.

Porque eso sí era una medalla. Y ya se sabe que en este país nos apuntamos al taekwondo, al tiro con arco o a la halterofilia en cuanto vislumbramos la posibilidad de levantar la bandera en el podio, máxime si es en el centro y con himno incluido, y un numerito más en el medallero. Dos años después de aquella primera hazaña, Jordi Llopart conquistaba la plata en los Juegos de Moscú 80. Era una medalla olímpica en atletismo. La primera que nos daban en el mismo estadio, no en un lago, en el puerto olímpico o en el ring de boxeo. Y, a diferencia de otras preseas conquistadas por nuestra delegación en aquella cita -seis en total, todo un récord-, ésta no se vio facilitada por el boicot de Estados Unidos y otros países occidentales. Ahí estaban los soviéticos, los alemanes orientales y los mexicanos, las grandes potencias de la marcha atlética en aquel tiempo.

Ahí se puede decir que habíamos inaugurado por fin el atletismo español. Y la cinta la había cortado la marcha. Josep Marín, vecino, compañero y luego rival de Llopart, puede considerarse tan pionero como él, lo que pasa es que tocó metal un poco después, en los Europeos de Atenas 82, y por partida doble. Repetiría en los Mundiales de Helsinki 83 y Roma 87, ahí ya con el enorme mérito de su veteranía. Jordi no consiguió más medallas, aunque sí meritorias actuaciones en las citas posteriores que no se valoraron igual, ya digo, sin metal no hay paraíso en España. Pero él fue el precursor, y nuestro atletismo ya tenía otra cara. José Luis González y José Manuel Abascal se codeaban -en el sentido figurado y literal del término- con Coe, Ovett y toda la aristocracia del 1.500, por entonces la prueba más glamurosa sobre el tartán. Antonio Corgos saltó en el foso hasta 8,23 metros, una marca impensable entonces por estas latitudes. Javier Moracho y Carlos Salas rivalizaban en las vallas altas, entre ellos pero también con los mejores de Europa. La selección española ya iba a entrenarse a centros de alto rendimiento en la entonces Checoslovaquia. Estábamos en el mapa.

Pero ya nos iba la marcha. La atlética, que la otra siempre fue un deporte nacional. Llopart y Marín sentaron buena escuela, de hecho, continuaron su labor como entrenadores. Y hubo legado: Mari Cruz Díaz, Reyes Sobrino, Manuel Alcaide, Daniel Plaza, Valentí Massana, Paquillo Fernández, el incombustible Jesús Ángel García Bragado… hasta nuestros días. Por años y décadas, se ha convertido en caladero de éxitos y motivo de fundadas expectativas cada vez que se acerca una gran competición. Y ya no nos parece extraña y anacrónica, a la gente ya no le da grima. Se valora su extraordinaria dureza, comparable a la del maratón. A veces puede que más, porque si hablamos de la prueba larga, los 50km, supone más de tres horas y media de sufrimiento -cuatro horas en el caso de las chicas-, y además de corazón y piernas, se necesita una cabeza igualmente resistente. Los hemos visto vomitar sin pararse, derretirse bajo soles de justicia, quedar eliminados a las puertas del estadio, porque ni al límite de las fuerzas se puede descuidar la técnica estricta. Y hasta nos ha parecido una prueba alegre y con su lado sexy, cuando conocimos a la gran María Vasco. Su medalla en Sidney 2000 me sorprendió de madrugada en un hotel de Zúrich en estrambóticas circunstancias, y aquella gran sorpresa al menos me dibujó una sonrisa en medio de la turbulencia.

Dicen estos días que a Jordi Llopart nunca se le reconoció suficientemente lo que consiguió y lo que ha supuesto para el deporte español. Desde luego, dados los tiempos y la especialidad en la que brilló, su trayectoria no debió dar para alimentarle a él y a su familia el resto de su vida. Tuvo que trabajar y, cuando se quedó sin empleo, pasó por penurias como cualquier hijo de vecino. Pero, además, sufrió cierto olvido y, dicen, cierto ninguneo institucional. Le quedaron los amigos, eso sí que no es poco. El caso es que, cualquiera que no lo viera en sus mejores años, se habrá enterado ahora de quién fue. Y no es sólo cuestión de edad. Porque seguramente sí sabrán que Ángel Nieto inventó el motociclismo en este país, Paquito Fernández Ochoa le puso esquís, Manolo Santana lo llenó de pistas de tenis y Severiano Ballesteros de campos de golf -éste, a nivel mundial, significó y significa mucho más incluso que en España. Pero apenas tendrán noción, y Google ayuda muy poco, de que aquel vecino de El Prat de Llobregat inventó la marcha que hoy tantas alegrías nos reporta. Y en lo que respecta al palmarés internacional, inauguró el atletismo en España.

Parece ser que, ya en coma irreversible, le operaron para extraerle los órganos. Posiblemente para donarlos a la ciencia, pero eso no lo sé. Lo que sí me atrevo a aventurar es que ahora es el momento de donar a su memoria el reconocimiento que merecen su nombre, sus logros y lo que significó para el deporte español. Y lo que le deben tanto los que siguieron su estela -que lo saben y lo reconocen- como los aficionados y las instituciones deportivas, que han disfrutado y se han nutrido de todos los éxitos posteriores. Con Jordi Llopart nos empezó a ir la marcha. La que no se ha interrumpido ni ha sido puesta en cuarentena todavía. En gran parte, gracias a él.

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