Incultura, sí, pero ¿nos sorprende…?

No sé si debería sorprender tanto. Es verdad que suena escandaloso que la mitad de los españoles crea aún que ETA sigue activa o que la mayoría de los jóvenes sepa apenas nada de los hechos más truculentos de la banda, ni tengan claro quién fueron o son Miguel Ángel Blanco, Irene Villa u Ortega Lara. En fin, un muy pobre conocimiento de esa etapa tan desdichada y fundamental de nuestra historia reciente, pero también del presente. Es lo que hemos conocido esta semana, a raíz de un estudio del que se han hecho eco profusamente los medios. Sí, nos puede llamar la atención. Pero, de verdad, ¿nos sorprende? Podrían realizarse otros estudios y encuestas respecto a otros hitos, figuras o episodios de la historia española de finales del siglo XX, y quizás nos llevaríamos suculentas sorpresas.

Sucede que algunas cosas se olvidan, otras se cuentan mal y otras ya ni las contamos. El caso es que hay ideas y conceptos de nuestra historia, de la política o de la democracia, que en su día estuvieron muy claros, una gran mayoría los aceptaba y no había más discusión. No porque no se pudiera discutir, sino, simplemente, porque el asunto no daba más de sí. Pero hoy se le ha dado la vuelta a muchas cosas. Se han replanteado no pocos de aquellos supuestos, se han simplificado o se han desvirtuado. Ahora se tienden a utilizar con sentido muy distinto a aquel, en buena medida con intenciones determinadas, y casi siempre, valiéndose de un profundo desconocimiento. O diríamos mejor, en ciertos casos, con deliberada ignorancia que no hace sino abonar más ignorancia.

Hace algo más de un año, traíamos aquí un muestrario de términos falaces, con la intención de desmontarlos. Como es normal, no lo conseguimos. Se utilizan con toda naturalidad en los discursos políticos, en muchos mediosy por parte de mucha ciudadanía, que los ha interiorizado en la acepción que ahora se les pretende dar. Así, le llaman a uno “comunisssta” como si fuera el peor insulto posible, “fascisssta” a cualquiera que no parece ser de izquierdas o “proetarra” a todo aquel que defiende pacíficamente unas determinadas ideas respecto a Euskadi. Pero es que hace no más de 20 años teníamos claro, creo que casi todos, el verdadero significado de estos y otros muchos términos. Solo que unos lo han olvidado, otros hacen por no recordarlo y los que han llegado después asumen, sin cuestionarlo, el significado que ahora se les da.

Dicen que es producto de la educación que reciben las nuevas generaciones. Yo no puedo decir, hace ya bastantes años que no voy al colegio ni a la universidad, así que, honestamente, no sé lo que se está contando en esas aulas. Pero sí leo y escucho todos los días, desde hace mucho, lo que se dice en los medios de comunicación, que son o deberían ser otro importante actor en materia educativa. No sólo de los jóvenes. De toda la ciudadanía, de todas las edades. Y llego a explicarme bastante de esa descolocación de conceptos que nos está afectando. No siempre, claro, pero hay veces que me llevo las manos a la cabeza. Por un lado, están los medios absolutamente ideologizados, que no tienen ningún reparo en manipular los hechos, los históricos y los actuales, en favor de sus razonamientos y para aliento de sus partidarios. Pero es que también los que llevan la etiqueta de rigurosos, independientemente de su línea editorial, que se supone están por encima del partidismo acérrimo, a veces, seguramente sin pretenderlo, también fomentan la confusión.

Es verdad que hoy el tiempo lo devora a todo a una velocidad diabólica, la actualidad sufre continuos vuelcos, noticias que antes duraban en primera plana varias semanas, hoy caducan en días o en el mismo día, porque acaece otra que altera todo el panorama informativo. Excepto lo de la pandemia, me podrán decir, pero también las noticias, datos, revelaciones u opiniones sobre ella se suceden y van pasando ante nosotros como un carrusel desatado y frenético. ¿Nos acordamos, por ejemplo, de qué medidas de contención se aprobaron en tal país o tal comunidad hace un mes o dos semanas? Y se pierde la perspectiva. No olvidemos tampoco la situación de los propios medios, en su mayoría precarios de gente y recursos, que deben hacer frente a esa inmediatez desmedida y contarlo todo casi en directo, sin aliento, sin aire para pararse a poner en contexto las situaciones. Y todo esto, con cada vez más gente, entidades y sabios que opinan y hablan y dicen y estiman y valoran… Es muy difícil, con esa marejada furiosa, levantar la vista y mirar un poco más allá del incesante oleaje.

Si no es fácil mantener la perspectiva de lo que pasaba o se decía hace unas semanas, cómo vamos a salvaguardar la de años y décadas. No pasa sólo en la política, también en la información deportiva, económica… A menudo, los que cuentan una moción de censura o el Tour de Francia, no alcanzan más que a comparar lo de hoy con lo que pasó hace diez o quince años, los que ellos han vivido. Y sucede que a gran parte de la audiencia le ocurre lo mismo. Y como no hay tiempo ni espacio para más, no queda lugar para aportar una visión histórica calmada, que, en muchos casos, ofrecería no sólo un gran valor a la información, sino que tendría una gran utilidad didáctica y educativa. Cómo aconteció la Revolución Rusa y qué fue luego la Unión Soviética, qué giro tomaron los partidos comunistas y socialistas europeos en los años 60 y 70, de dónde vienen los fascismos y qué son hoy en día, quiénes y de qué partidos redactaron la Constitución de 1978, qué es y qué no es dar un golpe de Estado, qué significa que un deportista se ha drogado o se ha dopado, por qué Rod Laver no llegó los 20 grand slam que tienen Nadal y Federer… En fin, mucha perspectiva sin la que se corre el riesgo de que no poca de la información de hoy derive en deformación.

Entonces, nos preocupamos de los jóvenes. Pero si en un diario nacional al uso -sin nombrar al pecador- uno va y lee que España está bajo un Gobierno ilegítimo en alianza con terroristas y golpistas; que hay comunidades autónomas gobernadas o sostenidas por fascistas; que vivimos es un Estado fallido en el que un gobierno ha aprovechado una pandemia para instaurar una dictadura; que la crisis institucional provocada por los populismos allanará el camino hacia una república islamista y que encima el Rey Emérito se encuentra huido de la Justicia… Si después de leerlo, en casa, escucha lo mismo de sus padres. Y del que le pone la cerveza en el bar o el de la tienda de fundas chulas para el móvil… Pues no sé qué le explicarán en el colegio, aparte de que nunca le enseñaron a ver las cosas con espíritu crítico. Pero es muy probable que el profesor ya ni se atreva a impartir una clase sobre historia contemporánea, a riesgo que de desde un lado y del otro le tachen de doctrinario y radical, facha o antifa. Preferirá quedarse en los Reyes Godos, tan apolíticos ellos.

Luego, no nos extrañemos de que las encuestas nos revelen esa incultura. Seguramente sabrán más de Espartero que de Adolfo Suárez, de Lenin que de Santiago Carrillo, de los Reyes Católicos que de Juan Carlos I. Pero no sólo los jóvenes, me parece a mí. Porque los que lo sabían, o ya no recuerdan o les están haciendo olvidar.

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