Rafa Nadal, la normalidad que no es normal

En el año que nos ha trastocado la vida, que nos ha despojado de tantas cosas a las que llamamos normalidad, y que no son sino vida, al menos algo sí ha sido normal: ver a Rafa Nadal ganar en Roland Garros. Por decimotercera vez. Hace la friolera de quince años después de la primera que se coronó en París.

Y eso que tampoco ha sido normal. Ni la semi temporada tenística que de aquella manera se ha podido disputar, ni el propio torneo parisino. No lo ha sido para los jugadores, para el limitado público en las gradas o para los que lo hemos visto por televisión. Si ya en junio el tiempo es traicionero en París -porque ya saben que la Ciudad de la Luz es en realidad la ciudad de la lluvia-, en octubre es de mil demonios. Ahí hemos visto a las y los tenistas abrigados, algunos con gesto aterido, los partidos bajo iluminación artificial, el ambiente decididamente otoñal. Y qué decir de la tierra húmeda, las bolas pesadas, los partidos bajo techo… A Rafa le ha dado igual. Es más, ha sido de los pocos que salía a jugar en camiseta ceñida y manga corta, como si con él no fuera.

Venía con muy poco rodaje después de seis meses sin competir, cuando ya se sabe que él necesita jugar y jugar partidos y torneos para alcanzar su estado de forma ideal. Pero en Roland Garros, y sobre todo en esa pista Philippe Chatrier, Nadal es siempre favorito por defecto, hasta que se demuestre lo contrario. Y, otra vez, no se ha demostrado. Djokovic venía con “su cuerpo y mente en perfectas condiciones”, según su entrenador, y durante los dos primeros sets, se le vio hecho una piltrafa. Cierto que este excelso jugador que es Novak tiende a descontrolarse en ciertos momentos de los partidos, pero ayer parecía fuera de sí desde el primer juego, lo que tardó Rafa en desarmarle con su energía, con su plan bien trazado, con su puesta en escena.

Pudo tratarse de esos comienzos en los que uno sale decididamente metido en el partido y al otro le cuesta entrar y luego se rehace. Pero no, el serbio no vio forma de reengancharse al duelo, una vez detrás en el marcador se dedicó a jugar sin plan, a lo que saliera -a veces le salía porque es muy bueno-, abusando de dejadas a veces absurdas. En el tercer set hizo por parecerse algo a sí mismo, pero aun en esos lances se le veía frágil, inconsistente, alternando brillantes puntos con otros regalados. Terminaría con 52 errores no forzados. Y el mallorquín siguió a lo suyo, sumando, sin apenas cometer fallos -14 todo el partido-, sin importarle terminar con menos golpes ganadores que su rival. Los números dicen que ganó por 106 puntos a 77, 19 juegos a 7, tres sets… una paliza. Pero, sobre todo, transmitió de principio a fin la sensación de que, en su torneo y en su pista predilecta, el incontestable jefe era él.

Y llegó la escena a la que tan gustosamente nos hemos acostumbrado en estos tres lustros, la copa, el mordisco, el himno español en París. Excepto por las mascarillas, la austeridad del acto y el ambiente casi nocturno a la seis de la tarde, pareciera lo de cualquier otro año. Nadal nos devolvía un ápice de normalidad a nuestra anormal vida de estos tiempos.

Pero el error sería considerar esto normal, porque en absoluto lo es. Que un tío gane trece veces uno torneo grande del tenis es una barbaridad, algo que nunca ha sucedido y difícilmente volverá a suceder. Que un español se convierta, ex aequo, en el tenista con más grandes títulos en su haber, es para frotarse los ojos. Y no para acostumbrarse. Esperemos que no vengan los que en su día, cuando Induráin, decían que se aburrían viéndole ganar cinco tours seguidos, porque a esos no les gustó nunca y el ciclismo y hoy simplemente lo ignoran. Del mismo modo, quienes vean esto como una rutina e infravaloren lo que es ganar sólo un Roland Garros o sólo un Wimbledon, es que ni les gusta ni tienen idea de tenis.

Los que sí aman este deporte y tienen perspectiva, saben de lo que hablamos. Alguien vería a Manuel Santana o a Andrés Gimeno ganar en París, y fue una hazaña. A Manuel Orantes casi conseguirlo, pero se le cruzó en el camino un monstruo llamado Björn Borg. Que Sergi Bruguera lo ganara dos veces consecutivas, se nos antojó una proeza, pues no digamos los tres que levantó a pulso Arantxa Sánchez Vicario. Y después ya nos pareció más natural, con Carlos Moyá, Albert Costa, Juan Carlos Ferrero o las dos finales que disputó Alex Corretja. Pero esos fenómenos que ganaban seis Roland Garros o siete Wimbledon nos quedaban muy lejos, parecían de otro planeta. Pues aquí tenemos a este marciano de Manacor, con 13 en París, cuatro en Nueva York, dos en Londres y uno en Melbourne, 20 en total. Que no se nos ocurra considerarlo normal.

Por lo demás, como también en este país somos así, nos entra la ansiedad -nos pasó con Induráin, con la selección de fútbol…- y queremos convencernos y convencer a la Humanidad de que Rafa Nadal ya es el mejor de la historia. Eso lo dirán el tiempo, la perspectiva y, sobre todo, la opinión que tenga cada uno. Y ya aviso de que, hoy por hoy, ese debate quizás lo ganemos en España, pero lo perdemos en casi todo el resto del mundo, no sólo en Suiza. Argumentos tenemos a favor, y los distintos medios y comentaristas se afanan desde ayer en ponerlos en valor. Pero también los hay en contra, y parece que esos ahora se obvien, llevados por el fervor. Y ha tenido que venir el tío del campeón, Toni Nadal, a aplicar un poco de objetividad donde otros no la ponen, que ya nos vale. A todo esto, hoy, la gran mayoría de los titulares que exaltan la conquista de Nadal mencionan también a Federer, más incluso que a Djokovic. Si esto fuera Marketing, sería un gran éxito de Roger. Pero, en fin, es tenis.

Tampoco podemos ahora fiarnos de los que vienen de otros deportes, especialmente del fútbol, a explicarnos la historia del tenis desde la perspectiva de sus deportes. Por ejemplo, los que dicen que un Roland Garros vale más que un Open de Australia o un US Open, como el Tour de Francia vale más que el Giro o la Vuelta, o la Champions League más que la Europa League. Cada deporte tiene sus hitos, su calendario y sus jerarquías. Y en tenis, los cuatro Grand Slam valen lo mismo, muchísimo. Cierto que en España tenemos más querencia por el abierto francés porque lo hemos seguido más, hemos tenido más españoles en liza, se ha televisado más -de niño, recuerdo que era el único que televisaban. Pero ve y dile a un país de la tradición y patrimonio tenístico de Australia, que su torneo emblemático no vale un pimiento. O a los estadounidenses que su tremebundo US Open -heredero del legendario Forest Hills– viene a ser como el Torneo de la Aceituna de Ciudad Real.

Lo mejor que podríamos hacer es relajarnos y disfrutar. Tenemos un deportista único, universal, ejemplar en lo humano y en lo profesional, que nos ha dado lo que ningún otro deportista español -y eso sí que es verdadero y constatable, con respeto también de Severiano Ballesteros, y con todos los enormes campeones que en este país hemos tenido y tenemos. Rafael Nadal lleva más de 15 años con nosotros, y aún, todo indica que nos queda función. No sabemos cuánto, ni él lo sabrá. Pero todo lo que gane, lo que compita, lo que podamos verle en una pista a partir de ahora, será un auténtico regalo. En serio, dejémonos de estreses que no llevan a ninguna parte, y disfrutémoslo.

Ah, y para los fans de Roger Federer -entre los que también me incluyo, sin duda-, dejo un recado: a la pregunta de cuántos grandes atesoraría si no se hubiera encontrado en su carrera con Rafa y con Novak, yo suelo responder que quizás los mismos 20 que tiene. Pero los habría ganado hace seis o siete años, y ahora estaría retirado. Así que eso también habrá que agradecérselo al mallorquín y al serbio. Que, por ahora y por lo que nos dure, todavía tenemos en activo a los tres.

Por lo demás, uno ya ni recuerda cuántas veces ni cuánto tiempo lleva diciéndolo, pero encantado de decirlo una vez más: ¡Gracias, Rafa!

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