Dancing Queen in Madrid

Podías bailar, podías atraer y despechar a todos, ser la reina de la pista. La escena era tuya y nadie te iba a robar los focos. Habías aparecido como anécdota e, inopinadamente, te viste entrando en palacio. No de visita, ahora era tuyo. No eras cenicienta, sino la misma hada madrina, la nueva presidenta de la compañía teatral.

Pero lejos de asumir el papel con humildad y consciente de tus limitaciones, optaste por ir de enfant terrible. Las cortes de halagos te regalaban los oídos y te hacían sentirte irresistible. Ni por asomo pensaste que, para presentarte como la gran transgresora y audaz rupturista, hay que tener algo de bagaje que respalde una conducta irreverente. Si no, es mera pose. Si no hay un mínimo trasfondo de inteligencia en tus desplantes, sólo consigues ser una simple. Para ser frívola o frívolo, hay que valer.

No admitiste que, para ser una bailarina de la política, al menos necesitabas conocer algunos pasos básicos. Te lanzaste sin contemplaciones a desmontar al personal y transgredir las reglas, en parte porque los que te aconsejaban te animaban a tirarte en plancha. Si te hacías daño, ya te confortarían y te dirían que no era torpeza tuya sino insidia de los demás. Y volvías a la carga. Las frases brillantes que te escribían en un papel y tú repetías con devoción, sonaban a sandeces, pero ya saldría muy diligente tu coro de aduladores a defender tu discurso disruptivo, que no eran incoherencias sino verdades como puños… solo que dichas de otra manera.

Entonces llegó la situación inesperada, la que nadie hubiera sospechado ni querido tener que gestionar. Pero para ti, pareciera que fuera la grande de las fiestas. O eso te indujeron a pensar. La oportunidad de demostrar que tu innovadora forma de moverte en los escenarios te convertiría en la estrella, sí, en el icono de la crisis. En vez de temple, sacaste atrevimiento. En vez de responsable y cauta, preferiste irrumpir díscola y contestataria. En las reuniones con tus similares, desde la primera, todos se asombraban de que la recién llegada fuera la que daba siempre la nota discordante.

Faltabas porque tenías que ir a misa a lucir unas lágrimas negras. Llegabas tarde o te ibas antes porque debías ir a esperar al avión con suministros que te erigiría en heroína. No diste una entrevista que no fuera a medida ni una comparecencia con preguntas, pero siempre te la complicabas y tenías que salir a aclarar el despropósito en otra entrevista fácil. Es que la gente es muy necia y no acierta a apreciar tu delicatessen intelectual. Al fin y al cabo, bien tramado estaba tu discurso, porque todo te lo preparaba a conciencia tu reputado asesor. Con un vaso de güisqui en la mano, y ya antes se había tomado dos o tres.

Llegó el día en que pareció remitir la tormenta, y te faltó tiempo para salir a celebrarlo, triunfante y en olor multitudes. Otra vez tuviste que pedir perdón. Te advirtieron entonces que la temporada de danza no se había terminado, que vendrían nuevos bailes complicados y había que estar preparados. Aprender de la experiencia, ensayar nuevos pasos, reforzar el vestuario y el equipamiento, reclutar efectivos para los cuadros de bailarines sanitarios. Pero para ti esos eran figurantes al lado de la gran diva, que no era otra que tú. Los avisos te sonaron a música de viento, y te pusiste a tocar el violín.

Recuperaste el mando que, según tú y tus benefactores, os habían usurpado. Ahora sí debías gestionar la compañía. Pero ya todo iba a ir cuesta abajo y con viento favorable. Te dieron un dinerillo, como a tus colegas, o mejor dicho, más que a ellos. Te dijeron que no era para gastarlo en vicios, sino en orquesta, operarios y tramoyistas para cuando vinieran las funciones del otoño. Pero el verano era largo, tiempo habría, para qué precipitarse. Hoy nadie sabe adónde fueron esos millones, más allá de un gran decorado con banderas para magnas representaciones y 50 dispensadores de hidrogel para más de 300 estaciones de metro. Y dices que sí lo has utilizado, pero no sabes explicar cómo y en qué. No se lo habrás prestado al vampiro de Madrid, ¿verdad? Que seguro que le conoces muy bien.

Luego, resulta que el piso seguía resbaladizo, sobrevenían caídas traicioneras, por ahí llegaban noticias de bastidores confinados y rebrotes en bambalinas. Hubo que decirnos que, si a la una no volvíamos a casa, nos convertiríamos en calabaza, después el hechizo se adelantaría a las once. Y volvió la gente de vacaciones, y empezó el mal tiempo, las letanías de media tarde empezaron a sonar torcidas. De pronto te viste enredada en tus propias cintas y empezaste a pedir ayuda. Pero rechazabas toda la que te llegaba porque no era el tipo de auxilio que a ti te convenía. Decías que ibas a tomar una decisión y nunca la tomabas, que ibas a reforzar, contratar… y nade se contrataba ni reforzaba. Apremiaba el tiempo y decías que necesitabas tiempo.

Ahora que lo piensas bien, a lo mejor has conseguido lo que querías. Aparecer como la víctima, la mártir y la ofendida de la obra. Piensas que eso te puede dar juego para seguir con tu baile desenfrenado, pero en realidad estás acorralada. Creíste que ibas a ser la dancing queen de los salones madrileños, y ahora eres una bailarina privada que consuela a los señoritos y te consuelas tú con ellos. Te amparas en sus loas y en las proclamas de que Madrid y tú, tú y Madrid, sois objeto de la ira y la infamia. Pero no te engañes. Esos que te han elevado y en realidad te han utilizado, tarde o temprano se darán cuenta de que ya no les sirves. Y te dejarán tirada. Cuando piensen que el público se ha cansado de tus piruetas, te sacarán de la pista y te mostrarán la puerta de salida. Te quedarás postrada a la puerta de la discoteca. De reina de la noche a, tal vez, nombrar viceconsejero al gorila de la puerta.

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