Desescalada, desfachatez… no lo quieran ni oír

Porque no lo querrán oír. El estudio de la revista científica The Lancet, del que los medios se hacían eco ayer, sólo salva a España en uno de los aspectos analizados sobre cómo se gestionó la desescalada: la participación ciudadana. Dicho de otra manera, la colaboración y la responsabilidad de la gente. Del noventa y pico por ciento de la población que se ha cuidado, se ha resignado y ha soportado semanas de duro confinamiento primero y una normalidad nada normal después. Sin embargo, inmersos como parece en la segunda ola de la pandemia, no se apela más que a la responsabilidad de la gente. No se recomiendan, anuncian o decretan más que medidas para proteger a la gente a costa de fastidiar la vida a la gente. Medidas que fueron absolutamente necesarias en marzo y abril, y posiblemente lo sean algunas o muchas de ellas en la situación actual. Pero no es sólo eso. No es únicamente la gente la que tiene que comerse las culpas y los castigos preventivos.

Tampoco lo querrán oír. El referido estudio menciona más cosas, las que en España se han hecho mal. Las excesivas prisas por reabrir el país y la economía. La falta de control sobre los primeros extranjeros que entraron en el país. El escaso o nulo refuerzo de los sistemas de rastreo y -ay- de nuestro sistema sanitario. Las dos primeras fallas pueden ser piadosamente comprensibles: estábamos impacientes por volver a salir, ver el sol del incipiente verano, los negocios por volver a facturar; y se esperaba como agua de mayo (y de junio, julio…) a los primeros turistas que dejaran dinerito y a los temporeros que debían sacar adelante las cosechas. Pero las dos segundas son imperdonables. Y exigen rendir cuentas. A esa desfachatez se debe, principalmente, que hayamos tenido una desescalada en falso.

Por si lo quieren oír. Contratar a médicos y sanitarios o reclutar rastreadores, así como el material necesario, no se hace de hoy para mañana, requiere tiempo. La primera y cruel ola de la pandemia sobrevino de la nada al todo en cuestión de semanas. Independientemente de la discusión sobre si se adoptaron medidas tarde o muy tarde, desde el punto de vista sanitario no hubo tiempo para reaccionar, y el sistema tuvo que afrontarla con lo puesto -con lo que les quedó, después de aquellos “necesarios” recortes. Tiró de profesionalidad y voluntarismo, se enfrentó a un enemigo que desconocía, improvisó y tiró de experiencia, se entregó a lo heroico, sufrió bajas abundantes y muertes. Su sacrificio consiguió doblar la curva, unido a la disciplina de millones de españoles confinados que pudieron disponer de lo básico para vivir gracias a la labor de miles de trabajadores infra pagados que se la jugaron en los mostradores, en las cajas o en los vehículos de reparto. El caso es que empezábamos a ver la luz al final del túnel, o si prefieren, del portal de casa. Tocaba entonces a las administraciones hacer su trabajo. La OMS avisaba en abril de que los países que empezaban a superar la fase crítica debían reforzar su Sanidad, y en especial la atención primaria. Al ministro de Sanidad se le oyó a primeros de mayo recomendar lo mismo, en su tono siempre elegante y comedido. Pero esos mensajes no calaron.

No lo quisieron oír. En efecto, lleva tiempo, no es fácil contratar médicos, muchos de los cuales se fueron de España en busca de unas condiciones dignas. Pero si se hubiera empezado a trabajar en mayo, cuando los ciudadanos ya podíamos salir a pasear, a lo mejor ahora, a comienzos del otoño, podíamos haber llegado medianamente preparados. Y hacía falta invertir. El Gobierno de la nación transfirió en el mes de julio -puede que algo tarde- a las comunidades autónomas la primera partida de lo que llamó fondo Covid-19, 6.000 millones de euros que tenían por objeto hacer frente al gasto sanitario. La Comunidad de Madrid recibió casi 1.500 millones, Cataluña más de 1.200, Andalucía 600… No podemos hablar de todas las comunidades, pero lo que nos consta, por la cercanía, es que en Madrid no se ha hecho nada con ese dinero. Sospechamos que, en la mayoría, tampoco. El gobierno regional madrileño anunció a finales de mayo -cuando protestaba por verse rezagado en las fases de desescalada- la contratación de 600 profesionales para atención primaria. Nunca se ha sabido de ellos. Lo mismo que los rastreadores. Repetidas veces anunciaron en voz alta que los iban a reclutar de inmediato, y luego, entre susurros, que bueno, que más despacio. Se supo que el Colegio de Médicos de Madrid había facilitado al gobierno regional una lista de voluntarios, y ni respuesta les dieron. Esto sucedió en Madrid y otras muchas cosas, de entonces hasta hoy, que también han sucedido. Pero no hablamos sólo de Madrid.

Atendían a lo que querían oír. En el principio del estado de alarma, ninguna comunidad rechistó, y se aceptó, en algún caso a regañadientes, el mando único. Pero a medida que la crisis parecía remitir y el panorama se despejaba en el horizonte, ya pidieron todas que les devolvieran el volante. En teoría, venía lo bonito, la desescalada, la reapertura de negocios, la reactivación económica. Cuando vieron que no era tal autopista, sino que la carretera seguía sinuosa, el piso deslizante y el precipicio no dejaba de estar ahí al lado, ya les volvieron a entrar las dudas y vacilaciones, empezaron a reclamar apoyo, coordinación, mando… ¿único otra vez? Ante los primeros rebrotes, determinaron confinar pueblos, barrios, alguna ciudad entera, luego llegaba un juez y decía que no podía ser… o que sí. En Italia, por cierto, mantuvieron el estado de alarma durante el desconfinamiento, por lo que pudiera pasar. Aquí, dieron en tomar medidas que parecían disparos al bulto, a ver si acertaban a la liebre. Por ejemplo, adelantar el cierre de los bares o, directamente, cancelar el ocio nocturno, cuando, al menos en Madrid, había muy poca salida de noche porque la mayoría de los garitos no habían abierto. Muchos no abrirán ya más. Pero de invertir en Sanidad, nada se oía. Y aunque sean responsables, no es de los gobiernos autonómicos la única responsabilidad.

No se hicieron oír. A las comunidades autónomas les corresponde la competencia de dotar de recursos a sus sistemas sanitarios. Pero el Gobierno central tenía que haber sido más firme en exigírselo. No bastaba con declaraciones bien moduladas del ministro. Además, ya se sabe que hay dirigentes autonómicos que las recomendaciones se las pasan el forro, o les dan pie para hacer justo lo contrario, porque así funciona la política española, a veces es ideología, pero a menudo es pura soberbia. Podía el Gobierno, por ejemplo, haber condicionado la salida gradual del estado de alarma a que se materializaran esas inversiones. O haber ligado la transferencia de los citados fondos Covid al compromiso de llevarlas a cabo. Más o menos, como va a hacer la Unión Europea con los 140.000 millones del fondo de reconstrucción que se han asignado a España. Y si nos parece lo más lógico que así sea, también lo sería, en una situación excepcional como la que vivimos, que la Administración Central velase por un adecuado empleo del dinero que concede a las administraciones autonómicas, además, sin ningún tipo de interés. Téngase en cuenta que las comunidades que más fondos recibieron son precisamente las que menos gastan en Sanidad Pública, por habitante y en relación con su PIB. Y a lo mejor es casualidad que Galicia, Asturias o Cantabria, que recibieron menos porque su gasto es mayor en proporción, son por ahora de las que menos restricciones han tenido que imponer a sus ciudadanos. Podía incluso el Gobierno haber amenazado con un 155 a aquellas que no cumpliesen con el imperativo de asegurar la salud como máxima prioridad. Esta sería la medida más radical, claro está, y la que podría generar un terremoto político de dimensiones impredecibles, con lo que ya ha llovido y llueve sobre todo lo que ya está tan mojado. El caso es que no lo ha hecho, pero tampoco hizo lo otro. Y cabe reprochárselo.

Lo que tenemos que oír. Entonces estamos aquí, con un repunte de la pandemia que, esperemos, no parece tener la virulencia ni, sobre todo, la progresión geométrica que nos deparó el de marzo. Pero si vuelve con aquella fuerza, contamos con los mismos recursos sanitarios que entonces, la atención primaria en mínimos, es verdad que más rastreadores -por eso se notifican muchos más casos-, aplicaciones de seguimiento que no en todos los sitios se han activado… y, en fin, dejándolo todo otra vez a la improvisación. Y ante las previsiones más alarmantes, lo único que se les ocurre a nuestros gestores es restringir movilidad, ocio, reuniones… vida, en definitiva. Lo peor es que, cada día, a uno se le ocurre una idea “mejor”. Si en Reino Unido se ha decretado el cierre de pubs y restaurantes a las 10 de la noche y además ha dicho Boris Johnson que la medida puede prolongarse hasta seis meses, sale el listo español de turno a proclamar que “muy bien, eso es lo que hay que hacer”. Y no se habrá parado a pensar -o nunca ha estado en Londres– que, en aquel país, se sale de los trabajos a las tres, se cena a las seis o siete y, hasta las diez, les queda noche por delante. Sin saber exactamente la efectividad preventiva de esas tres horas de menos, que no parece que deba sea mucha, decirle ahora a la hostelería en España, con lo que lleva encima, que tiene echar a los clientes a la hora de cenar o del partido, es sugerirle implícitamente al hostelero que lo deje ya, que para qué lo va a intentar más.

No lo quieran ni oír. Y así nos tienen, acongojados. El virus y los que tenían que defendernos de él. A lo que los medios de comunicación contribuyen en buena medida. Y en eso están de acuerdo todos, independientemente de la línea editorial. Prima la mala noticia, el mal augurio, el peor de los datos y la interpretación más negativa de éstos. Quizás porque es más noticia, genera más audiencia y más clics. Y si no, ignoro qué otra motivación estratégica puede venir de sus editores y consejos de administración. Es que la información en directo es terrible. No sale ni en las webs ni en los boletines informativos ni una noticia que invite a levantar cabeza. Conozco a alguien cercano que, cada vez que en los telediarios sale el tema, se tapa los oídos. Y no sé si terminaré haciendo lo mismo. España encabeza la segunda ola; Los expertos alertan que cuanto más tarde llegue el confinamiento, más duro deberá ser; Restaurantes y comercios temen una segunda oleada de cierres; La OMS advierte que los índices de contagio por Covid-19 en Europa son alarmantes. Son algunos titulares de hoy. Menos mal que Telemadrid ha dado a mediodía una información sobre el furor que hacen los Party Bus en las noches de marcha en Panamá.

Pero no estamos para Party Bus. ¿O sabe alguien si están permitidos en Madrid…?

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