El mismo día (siempre nos quedará)

No vi la señal que me hubiera ahorrado aquellos cuatro o cinco kilómetros de más que tuve que hacer camino de Pajares. El mismo día, tenía listas las maletas y había anunciado mi llegada, pero hasta el siguiente no habría de recibir las instrucciones diligentemente transmitidas que iban a guiar y dar sentido a mis momentos de duda en Helsinki. El mismo día, casi me salgo de San Petersburgo en el afán de atisbar un trozo azul de Báltico, y no se cuán lejos estaría, pero a las doce oí invariablemente la salva que provenía de la Fortaleza de San Pedro. En Bayona, velábamos con austera cerveza las mochilas de la ruta que nunca pude contar. Sí, ese mismo día.

Un lapso de calma entre tempestad y tempestad, o una parada entre viajes, del tránsito de dolor y placer que hubo que gestionar durante una “oportuna” escapada a Galicia, al expreso escandinavo de ida y vuelta que empezaría y terminaría en Copenhague; o de las penosas ascensiones de sobremesa a los miradores asturianos, pongamos al de Cudillero, por entre patios de viviendas, a los balsámicos paseos por Belgrado, ligero de equipaje habría a volver de la ciudad blanca, pero en sentido muy diferente del que evocara Machado. Períodos de entreguerras y entre goces también fueron este día, el mismo, pero hay que decir que siempre recordé a quién debía llamar o al menos enviarle un mensaje.

Supimos en Leiden la historia de su universidad, que sus ciudadanos eligieron levantar allí, antes que verse eximidos de impuestos, igualito que hubieran hecho en otras ciertas ciudades europeas. A Plasencia entramos el mismo día, después de andar olímpicamente la Vera, pero en vez de triunfales, como en justicia debiera haber sido, más bien como los que se han fugado de la cárcel. Nada que ver la impresión del aeropuerto y la autopista que conduce a Riga con la impronta de esa señora ciudad por la que no dudaría dejarme devorar en una tórrida jornada. Hablando de verano, por mucho que lo sea, no es buena idea subirse a Asturias ansioso de playa, lo más que te puede pasar es que se te ponga en situación ese mismo día, justo cuando vas a tomar el tren de vuelta.

Por una ruta achocolatada por la que dicen que subió el Emperador, bajamos hasta Saja, donde aguardaba una de esas impagables tardes de meterse en el único bar y no tener ninguna razón importante para salir. Y sí las había para quedarse, pongamos, unas alubias con jabalí. En una de las dos catedrales de Delft que son como cohetes a punto de propulsarse, está enterrado Guillermo de Orange, a quien, por cierto, encargó asesinar precisamente el hijo del citado Emperador. Pero al bueno de Marco preferiría preguntarle aquel día por la chica de la perla, si es que realmente era de allí, al menos, sí lo era su autor. Ese mismo día, me dejaba acariciar por el agua de una piscina entre montañas, mientras jugaba a divisar siluetas en el cielo que quisiera que fueran de águila.

Fueron días de grandes caminatas, de calores y calenturas, de perdernos o de no saber cómo volver. De cruzar inacabables puentes y verlos levar de noche, de mucho subir por camberas y poner las botas a secar. De asaltar la mañana con prisa por conocer el nuevo mundo de aquel año, o amasar las tardes en sana compañía, cierta o imaginada, tonificante o decididamente espumosa. Pero todos esos días fueron el mismo. Fueron un 1 de agosto. Que hoy nos resulta extraño, porque no estamos en ninguno de aquellos lugares ni con ninguna de aquella gente, que irremediablemente, echamos de menos. Ahora nos queda recordarlos, y con no poca congoja, escribirlos. Al menos, esta mañana ya envié la correspondiente felicitación. Eso sí que no ha fallado.

Siempre nos quedará un 1 de agosto…

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