Malvado y vencerás

Se podía esperar -ingenuos míos- que la bronca de Patxi López en la comisión parlamentaria para la Reconstrucción sentara un punto de inflexión necesario. Que su toque de atención, dirigido por extensión a toda la clase política actual, hiciera por fin reflexionar. “Si hay un momento de demostrar para qué sirve la política, es ESTE”. Pero ya nos figurábamos que lo iban a recibir como quien oye llover. Es más, el eco mediático de las palabras del político vasco ha sido más bien moderado, más allá de que el vídeo de la intervención circule y sí parezca haber obtenido difusión. Pero la mayoría de las informaciones en la prensa nacional relega lo que podría haber sido un momento estelar de la política española a un plano más bien secundario. Por poner un ejemplo, en la edición en papel de El Mundo apenas merece cuatro líneas a la cola de la crónica parlamentaria de la sesión. Si hay algo en lo que quizás la mayoría de los ciudadanos estaría de acuerdo es en el mensaje lanzado por ex lehendakari. Pero si los propios medios de comunicación del país restan importancia al hecho y hasta lo ningunean…

No vende lo que no sea confrontación, la acusación por encima de la crítica, la exigencia antes que la propuesta. Y le lenguaje grueso hasta indigestar. Eso ya lo sabemos y lo tenemos bastante llorado. Pero es que no nos ponemos de acuerdo ni en cómo analizarlo, mucho menos en cómo abordarlo y buscar salidas de aire limpio en esta atmósfera hiriente y nauseabunda. Tertulianos, cronistas y politólogos de cualquier signo aplican su ciencia y conocimiento, a veces también su sesgo ideológico, y cada uno centra el tiro a su manera. A veces se adolece de cierta falta de perspectiva, otras, directamente se niega. Se escucha, por ejemplo, que esto también pasaba en la transición, y que a Adolfo Suárez la oposición le llamó golpista. Cualquiera que lo recuerde, sabe que la alusión de Alfonso Guerra a la grupa del caballo de Pavía no fue más que fina y sí, muy viperina retórica, marca de la casa. Pero ni el propio ex presidente del Gobierno se dio por aludido en ese sentido. Y unos y otros sabían que, se dijeran lo que se dijeran en la tribuna del hemiciclo, cuando las cosas se ponían serias y tenían que pactar, pactaban.

O se escucha que este infumable tono político no es sino reflejo de lo que se cuece en la sociedad. Y podrá ser o no, pero podríamos dedicar algo de tiempo y -otra vez- de perspectiva a discernir si fue antes el huevo o el buitre (porque las gallinas no ponen este tipo de huevos). Uno no es sociólogo, pero recuerda. La crispación como estrategia, como la conocemos y sufrimos hoy, tiene su origen en 2004. Hasta entonces, podría haber grandes discrepancias de los partidos en torno a importantes temas – autonomías, guerra de Irak, terrorismo de Estado, primeros episodios de corrupción, etc… Pero no dejaba de haber una base de consenso en los asuntos que se consideraban trascendentales, aunque fuese a regañadientes. Sin embargo, a partir de ese punto de inflexión -determinado por los atentados del 11-M y las elecciones tres días después- desaparecieron los temas de Estado. La confrontación se extendió a todos los frentes. Los acuerdos se tornaron imposibles. La negación del contrario y la descalificación, sistemáticas.

Bien, pero recuérdese que eso sucedió en una sociedad que aún no sufría la crisis económica. Aunque llevara ya el germen de lo que después iba a acaecer, todavía no era consciente y vivía relativamente despreocupada. Diversos estudios señalan que ese cambio de actitud política fue diseñado por estrategas norteamericanos neoconservadores, procedentes de la administración de George W. Bush. Pero, en fin, también hay que reseñar que uno de esos estudios es de la Fundación Alternativas, vinculada al PSOE, y lo recuerda esta semana Joaquín Estefanía (aquí, bajo registro). Otros piensan en otra dirección. Lo cierto es que, tal como uno lo vio, no fueron sólo los políticos y portavoces del PP en la oposición los que dieron un giro virulento a su discurso. Fueron muchos opinadores políticos, tertulianos, líneas editoriales de importantes medios de comunicación, los que hicieron de potente altavoz. Y era un discurso tan falazmente redondo y bien armado, que caló en una gran parte de aquella sociedad, hasta entonces bastante adormecida en lo que respecta al debate político. Y uno recuerda. De poder mantener una conversación coherente y un contraste de pareceres medianamente inteligente en cualquier mesa, taxi o barra de bar, aquello pasó a convertirse en una actividad impracticable. Empezó a dar verdadero asco hablar de política, supongamos que con asco recíproco de unos a otros. Hay que decir que, a pesar de todo el ruido, si aquello fue una estrategia electoral del Partido Popular, no le dio réditos, ya que volvió a perder las elecciones en 2008, y por mayor diferencia. Después vino la crisis, que arrasó todo como un tsunami, y también se llevó por delante al partido del Gobierno y a su presidente. Pero ese virus, el de la intransigencia y el hooliganismo político, ya estaba incubado y no iba sino a extenderse.

Porque, en efecto, la recesión trajo el descontento social, la indignación, el resentimiento… y el debate, si se puede ser llamar así, se hizo más agrio e insoportable, si cabe. Además, ya era bidireccional, de izquierda a derecha y viceversa, y cada vez más enconado y más extremista, menos documentado y más emocional. Se consolidaron las redes sociales como vehículo de transmisión y canalización de toda esa furia española, y entre el fuego cruzado, cualquier movimiento podía hacer a uno acreedor al título de fascista o estalinista, reaccionario de mierda o peste antipatriota, según de donde lo miraran. Desde entonces sí, la camorra política y la bronca social ya son reflejo una de la otra y se retroalimentan. Y es en lo que estamos. Lo que tenemos todos los días. Llegan entonces discursos como el loable de Patxi López y son una predicación en el desierto. Hasta un ex diputado que lo ha dejado hace poco ha salido a afeárselo. Porque incluso muchos que de buena gana lo hubieran aplaudido -y en privado lo habrán hecho-, de cara a la galería, piensan que es más recomendable mirar hacia otro lado. No es tiempo de buenismos, hay que ser o parecer malvado para vencer… y, al contrario de lo que vaticinara Unamuno, convencer.

Así, vivimos hoy todavía bajo la influencia de una pandemia -y su crisis asociada- que, como una poderosa bomba de racimo, va saltando y explotando con más fuerza en cada punto donde impacta. Pero, como en España parece que “desescalamos” y ya podemos salir a pasear y tomar cervezas en las terrazas, los temas de portada empiezan a ser otros. Tenemos a la vista los datos mundiales -con 100 nuevos casos de media cada día-, pero, sobre todo, las colas interminables en los comedores sociales -y no hay que irse a los extrarradios-, los panoramas todavía en urgencias y en los centros de atención de primaria, en las casas que no son de los barrios pudientes, en los negocios del barrio que ya podrían haber abierto y resulta, qué raro, que no… O simplemente, remitirnos al artículo de hoy de Lucía Méndez (aquí, bajo suscripción). Sin embargo, en las “altas” conversaciones de esta semana se hablado de la Guardia Civil, de Batasuna y de ETA, de jueces e imputados, de hoteles de lujo, de marquesas y terroristas, de hipotéticos o pretendidos golpes de Estado… de eso se ha hablado en el Parlamento, sí. Y en los grandes espacios de los diarios, también. “Por favor, un poco de entender para qué estamos aquí de una vez”. Si eso es lo que de verdad piensan muchos ciudadanos cabales, y de los políticos actuales no podemos esperar que lo hagan, ¿por qué medios de comunicación que se dicen cabales no hacen bandera de esa apelación, independientemente de su línea editorial?

Nos quejamos de la crispación, de la polaridad, del enfrentamiento… pero los alimentamos. Sí, son tiempos para malvados, y además, maleducados. Dan más juego, más vidilla, más clics… Por eso traemos a escena a un ilustre malvado (o malvada) de nuestra infancia, el Barón Ashler, que aparte de ciertos parecidos físicos que se puedan sugerir (¡!!), viene a ilustrar el estilo, la forma y -peor, mucho más lamentable- el fondo intelectual de nuestras conversaciones de hoy. En política, sí, y en no pocas calles, plazas y terrazas, también. Pero el buitre fue primero, parece ser…

“¿Es que no estamos entendiendo nada de lo que demanda la ciudadanía?” Se oyó decir… pero nadie escuchó.

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