Información oficial, oficio de informar

No perdamos la perspectiva ni confundamos al personal. Lo más peligroso no es mentir, sino cuánta gente se cree las mentiras. Y frente a la virtud de informar, siempre se opondrá el vicio de deformar. Por lo demás, de individuos que llaman “rata infecta” a un vecino que trabaja en un hospital o en el supermercado, podremos esperar cualquier cosa en cuanto a su juicio y valoración ante cualquier desinformación o cualquier mentira. Pongámonos, ante todo, yo el primero, la venda de que estos interminables días de confinamiento nos hacen transitar por estados que van de la esperanza sincera a la desazón más áspera. Queremos sacar lo mejor de nosotros, pero a veces no nos sale. A veces, nos llevan los demonios.

En esto, y hablando de información y de tiempos de crisis, se ha suscitado el debate, o más bien la discusión, sobre qué informaciones deben fluir. Está claro que la pregunta del CIS venía torpemente formulada -más allá de otras consideraciones. Más que nada, porque confunde o incita a la confusión en torno a diferentes términos. Información, tomando una definición al uso, es un conjunto de datos organizados en forma de mensajes que aportan conocimiento en torno a un determinado asunto relevante, con un determinado fin. ¿Cuál es ese fin? Pues, en general, motivar una conducta o una toma de decisión: desde ponerse el abrigo para salir a la calle o apuntarse una fecha en la agenda, hasta salir a manifestarse por algo o crearse un estado de opinión partidario o contrario respecto a determinado hecho o sujeto. Por lo tanto, la información puede ser puramente aséptica o absolutamente intencionada, y darse en cualquier plano de la vida. Y, por supuesto, existe la buena y la mala información. Depende del hecho y, muy importante, de cómo se organicen los datos.

Por otro lado, cuando hablamos de información oficial, tendemos a referirnos a aquella que procede de fuentes oficiales. Por defecto, entendemos los gobiernos y las instituciones. Pero cuidado, porque la etiqueta “oficial” se aplica también a otros entes. Oficial puede ser la información que facilita una empresa respecto a un hecho, a través de un comunicado, o la confirmación de una noticia –“ya es oficial el fichaje de….” e, incluso, muchos perfiles de cantantes, deportistas o personalidades en redes sociales llevan el marchamo de “cuenta oficial”.

Si tomamos la información oficial que facilitan las instituciones, por lo general, nunca es completa. Puede ser muy aproximada a la realidad, o absolutamente distinta, contar todo lo relevante o sólo determinados aspectos. Digamos que ofrecen el punto de vista o lo que quieren comunicar esos entes. La clave, otra vez, es cómo se organizan los datos. Y nadie los organiza en su contra, para dispararse en el pie. Por lo tanto, resulta obvio que la información basada sólo en fuentes oficiales, en su inmensa generalidad, no va a ser completa. A veces, es esencialmente deformadora, y el ejemplo más claro está en los regímenes autoritarios y/o poco transparentes. En definitiva, como ya se ha escrito por ahí, si las sociedades se nutrieran exclusivamente de informaciones oficiales, no tendríamos periodismo.

Y aquí entra en juego el oficio de informar. Noble oficio, aún lo creemos, y créanme. El periodista que informa también organiza los datos de los que dispone sobre un determinado hecho. Siempre tiene una información de partida. Puede ser, en efecto, una información oficial -por ejemplo, los datos que proporciona diariamente el Ministerio de Sanidad. Pero puede ser una nota de prensa que recibe de una empresa. Una declaración que le ha llegado por agencia. Un soplo que le ha contado un confidente – cada uno maneja sus fuentes. Algo que le ha pedido que investigue su director o redactor jefe -que también tienen sus fuentes. O, directamente, un suceso o evento que el propio periodista ha visto -un accidente, una película, una entrevista que acaba de hacer…

Esta es, en buena práctica, la primera pieza de la información, la palanca con la que mover el mundo. A partir de ella, el trabajo periodístico consiste en completarla: verificar los datos que le han proporcionado, ponerlos en contexto, contrastarlos con otras fuentes, buscar opiniones que los refrenden o que los cuestionen… Y, si se trata de una crónica y no una pura noticia, y el periodista cuenta con un bagaje profesional que se lo permita, aplicar su propia interpretación de los datos. Ejemplo práctico -y perdón para los que ya aprobaron esta asignatura: baja 100 puntos la bolsa de Nueva York. Bien, pues habrá que situar el contexto en el que se produce esa bajada, los mercados y la situación política local o internacional, buscar antecedentes de otras bajadas históricas, pulsar reacciones entre al menos un par de analistas o expertos -los que permita el tiempo-, aportar su propia perspectiva como especialista en información bursátil… Con esos elementos, el periodista tendrá la información completa que ofrecer a su audiencia -lectores, oyentes, televidentes…- y habrá cumplido no ya con su trabajo y con su empresa, sino con su función en la sociedad. A veces es razonablemente fácil, a veces relativamente rápido, y otras es muy complicado o el trabajo puede requerir horas, días, meses… Pero es absolutamente necesario para ofrecer buena información, y por lo tanto, para ejercer buen periodismo.

De lo que no estamos tan seguros, y perdón por el escepticismo, es de que estas buenas prácticas estén suficientemente valoradas en nuestra sociedad de hoy. Si la gente aprecia realmente la buena información. Y no hace falta irse al extremo de los bulos, difamaciones y montajes vertidos en las redes sociales -que siempre existieron, solo que utilizaron otros canales menos rápidos, pero a veces casi tan destructivos, y así nos lo cuenta la Historia. Entre otras cosas, tales productos no son información. No se basan en datos objetivos, sino en supuestos falsos, a partir de los cuales construyen relatos redondos, completos y completamente mentirosos.

Nos referimos, sin embargo, a la mala praxis periodística que hoy, lamentablemente, prolifera en algunos de medios de comunicación. En este caso, sí existen unos datos objetivos de partida. Pero se organizan de tal manera que los mensajes que se transmiten van encaminados a generar tomas de decisión o estados de opinión acordes con unos determinados fines, a menudo ligados a los intereses a los que sirve la empresa editora. Hablamos de usos que hoy están a la orden del día: desde mezclar información con opinión a presentar titulares que no se corresponden con el cuerpo de la información, más que nada porque el redactor elaboró su pieza honradamente, pero el director decidió que esa noticia había que “venderla” de otra manera. O, según de quién venga, emitir sin mácula la nota oficial del gobierno o de la empresa de turno o, por el contrario, dilapidarla de entrada sin darle siquiera opción de réplica. O, directamente, obviarla si no conviene reflejar lo que dice. Contar los hechos desde uno solo entre varios ángulos, reflejar los datos que interesan y ocultar los que no, tergiversarlos con la ingeniería debida, desviar el foco de un escenario y centrarlo en otro, ilustrar el paisaje con imágenes que apelen a la emoción o al espanto… Ah, y me olvidaba: condenar de plano los bulos, pero si hay alguno que flota por ahí y que en cierto modo conviene, pues dejarlo campear… De todo, lo peor es que estos materiales se venden como “información de calidad”. Y, mucho peor, que mucha gente las asume como normales.

También presumen de ser prensa libre, y si no lo son hoy, es porque están condicionados por la penuria económica en que viven. Pero lo son de derecho, y deberían serlo con todas las letras. Si alguien siquiera insinuara con la más pequeña de las bocas que a lo mejor, quizás, en tal caso… se podrían prohibir estos medios, a mí me tendrá enfrente desde el primer momento y con las garras puestas. Aunque no sé muy bien cómo actuarían ellos si pretendieran prohibir a otro o, por ejemplo, a mí. En cualquier caso, ninguna autoridad ni institución puede, ni por asomo, controlar la información que recibe la sociedad a través de ningún medio. Tampoco a través de las redes sociales. Es más, sería inefectivo, inútil, porque la Red es infinitamente más inmensa que cualquier campo al que se pretenda poner puertas. Es cuestión de educación, de criterio. De detectar la mentira y desactivarla, por un lado; y de exigir información seria, por otro.

Sí, quien debería poner en su sitio a los medios son las audiencias. Exigirles esa calidad y rigor en la información. Que cada uno sepa poner en tela de juicio la información que recibe y el tratamiento que se da a los hechos que marcan la actualidad. Y que tenga el criterio para no consumir ciertos medios, si considera que no le están informando bien, independientemente de ideas, afinidades o militancias. Las propias empresas editoras podrían caer en la cuenta de que, por más que satisfagan a sus arbotantes superiores, si se quedan sin base, sin lectores, se les caerá la catedral, y tal vez, lo más que lleguen a levantar será una ermita. Recordamos a un mítico periodista radiofónico -deportivo, para más señas-, que en su día dijo “yo antes tenía oyentes, pero no tenía poder; ahora tengo poder y no tengo oyentes”. Estaba en el declive de su carrera.

Lo primero que necesita la prensa para ser rigurosa y de calidad, es ser económicamente independiente. Pero esa batalla se viene perdiendo desde hace tiempo, principalmente en el caso de la prensa impresa. Lo otro que necesita son lectores formados y críticos, que exijan ese rigor y esa calidad. Pero no veo, sinceramente, a muchos en esa disposición. Lo siento, pero a tenor de ciertas actitudes, de ciertas conversaciones de a pie de calle -cuando podíamos salir-, de casos y noticias a las que asistimos estos días, o simplemente dando un paseo por las soflamas que se vierten por las redes, no es para tener mucha fe. Queremos convencernos de que son una minoría muy ruidosa… pero es que su ruido distorsiona lo demás. Y reflexionemos, no está de más, si la propia profesión -los que la ejercen, los que la dirigen y los que gestionan el negocio relacionado con ella- no estamos contribuyendo a esa desafección. A ese escaso interés por discernir entre buena o mala información.

En definitiva, volviendo a la consulta del CIS, nos gustaría pensar que, a una pregunta bien formulada, la gran mayoría de los ciudadanos responderían que prefieren recibir datos oficiales precisos e información veraz y contrastada para entenderlos y formarse su propio juicio de las situaciones, de esta y de todas. De hecho, es muy probable que sucediera sí. Pero me temo que no sería más que un dato ficticio, un sondeo teórico que se diluye con la práctica. Poco más que un canto al sol. Ese que hace tiempo que no vemos.

P.D. Quien leyera este post según se publicó el pasado sábado, verá que hemos hecho algunos cambios. En efecto, una vez releído, tuvimos la impresión de haber mezclado cosas y no haber resultado suficientemente claros. En resumen, que no habíamos estado acertados. Sin buscar excusas, es lo que tienen estos tiempos de espesura y falta de luz. Espero que ahora se entienda mucho mejor. Gracias, de antemano, por la comprensión.

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