Las cumbres vacías

Hay cumbres nevadas, cumbres borrascosas y cumbres denostadas. Cúspides renombradas, otras olvidadas sin remisión en las crestas de la abrupta memoria. Montañas de postal suiza y de asuntos pendientes encima de la mesa, esperando su oportunidad. Verticales o mansas, escarpadas o erosionadas, elevaciones rotundas que se avisan a kilómetros de distancia según avanza el tren, ya por la meseta o por la misma pampa. Dicen que los árboles a veces no dejan ver el bosque, pero esas alturas recortadas sí dan fe de los macizos, aunque es verdad que no revelan lo que queda detrás. Luego están las ironías de la semántica, como que en Argentina o Chile llamen cerros a imponentes picos de más de 4.000 metros, y en Bélgica, aquella cuesta por la que subíamos se llamara Calle de la Montaña. Cada uno valora según lo que tenga.

Pero también hay cumbres vacías. La del Everest se peta en temporada alta de himalayistas por 6.000 euros, pero por el Pirineo Aragonés se sabe de alguna que destila desolación hasta mucho más abajo de sus laderas, un galopante abandono que engulle desde la casa del pastor hasta lo que fueron animados pueblos, donde hoy ni en verano atisban porvenir. Y está por consumarse la operación de venta de todo el terreno a la estación de esquí del valle vecino. Para “ponerlo en valor”, para asegurar sostenibilidad para hoy y ruina para mañana. Hay cumbres, valles y pueblos que mueren de desesperación, pero la esperanza que se anuncia para ellas podría ser incluso peor, una condena al fin.

Los escenarios no son distintos, son desproporcionados. Mientras se eterniza el desabrigo en los campos a la intemperie, ríos de gente, como el de Heráclito, avanzan caudalosos por las calles de precipitada Navidad. Hay cumbres en las que todos quieren estar, aunque sepan que ya no cabe un bastón más. Aunque un solo movimiento en falso pudiera arrastrar a toda una muchedumbre por un precipicio fatal. Un kilómetro cuadrado de Hospitalet de Llobregat pasa por ser el más superpoblado de Europa, pero una boca de metro de Sol, en puente de diciembre, arrasaría en cualquier estadística demográfica. Es eso que denominan densidad vivida, que mejor habría que llamar densidad sufrida. Pero ¿quién se lo iba a perder? Los que vienen, los que están y los que nunca salen y justo se animan hoy. Van los desfiladeros atestados y las cuerdas no dan para que se agarren todos.

Madrid es estos días una cumbre rebosante. Acoge la del Clima y, casi simultáneamente, ha encendido a todo bombo sus luces navideñas, para las que este año ha incrementado el presupuesto un 27%. El evento global ha costado 60 millones de euros, pero espera obtener un retorno de unos 100. En adornos nos hemos gastado tres millones, y no se espera que retornen más que casquetes de bombillas, cables y estructuras metálicas. Pero ya se sabe que es prioritario salvar Notre Dame. Por cierto, esos que no reconocen más emergencia que la de su testosterona, exaltan la cacería a destajo y no se inmutan ante la tala incontrolada de árboles, bien que se afanaron por salir en la foto de la inauguración. Es que “aquí se van a decir cosas peligrosísimas para España” explicaban. Y atentos estaban a los “inasumibles” desniveles.

En realidad, quien copó la inauguración de la COP no fue otra que Endesa. El mismo día compró las portadas de los principales diarios. Éstos se avinieron a vendérsela, no ya por el montante del desembolso, que también, pero sobre todo por el riesgo que hubiera supuesto contrariar a uno de sus más poderosos clientes. La “ecoeficiente” empresa tuvo además el detalle de diseñar una portada distinta para cada publicación, acorde con la impronta de cada cabecera. Un despliegue “informativo” sin precedentes. Una muesca más, una cumbre más en esta triste escalada. Una evidencia del cada vez más evidente vacío que cunde en la prensa española. Como vacías se ven cada vez más las redacciones, otrora un hervidero de pasión y oficio, hoy funcionales oficinas en las que moran ejecutivos de opinión, cronistas de marketing, reporteros de SEO… y sobran periodistas.

Pero ha llegado Greta, la niña que hasta que se le ocurrió pisar un país llamado España, era poco menos que una diosa. Hoy, objeto de chistes, memes, burlas y hasta algún esputo de mala baba que ya no conjuga con el sentido del humor. En emisiones somos campeones, máxime si se trata de emitir mentiras, maledicencias y dardos venenosos. Ahí somos imbatibles. Queremos apelar en este país al consenso, a lo que une, al talante conciliador… pero eso ya no vende, más bien decepciona al gran público. Hay que comunicar a trabucazos. La España vacía no es solo la de los territorios que se despueblan mientras las grandes urbes ya no soportan más población. Es también la que se encomienda a los que se han propuesto vaciarla de inteligencia. Y no son, pero parecen más. En Francia se han levantado por las pensiones, en Chile por la subida del metro, en Hong Kong por la ausencia de democracia… Aquí, tal vez si nos vaciaran la Liga…

Y de Chile nos ha venido la cumbre. No el Ojos del Salado, su pico más elevado, sino la de alpinistas de la política, activistas de las rocas, científicos de altura y sherpas mundiales del clima, el medioambiente, la sostenibilidad… También la de los grandes patrocinadores -adivinen qué empresas están ahí. Y la de los madrileños que se acercarán hasta la cima, bordearán sus estribaciones, se dedicarán a curiosear y hacerse fotos, como quien va a una feria o al zoo, o se da una vuelta por el centro un 6 de diciembre. Nadie parece reparar en que las cuestiones que se debaten allí son cruciales no ya para las próximas generaciones, como se suele decir, sino para la nuestra también. Quizás porque se sabe de antemano que no se va a adelantar gran cosa, no se van a ganar suficientes metros. Entre otras cosas, porque por muy mundial que sea la Conferencia de las Partes, medio mundo en extensión y en población no está ahí. Y porque el otro medio mundo -el “buenista”, que dirían los otros- no será capaz de sacar adelante más que otra declaración de mínimos, esto es, una propuesta de quizás volverse a ver para posiblemente firmar un preacuerdo para tal vez formular un preámbulo con vías a unos objetivos previos que a lo mejor unos cuantos países se comprometerán a cumplir en un 0,5%. Y vuelta al campo base. Solo que el tiempo no pasa, corre y nos devora.

Aunque interina, Madrid es hoy una cumbre llena, espléndida y abundante. Pero en unos días se vaciará irremediablemente. Como todas esas otras ciudades que antes lo fueron por unos ilusionantes días, y hoy sólo son cumbres vacías.

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