Los trenes vacíos

Son diez minutos largos de agobiante túnel los que comunican un mundo con otro, una vida con otra, donde empieza a barruntarse la España que se vacía, se despuebla, se desvertebra y se desangra. Ya la primera estación, nada más ver la luz, nos va avisando. Pero será sólo el principio. Hemos emprendido un viaje del casi todo a la práctica nada, por los acantilados de la memoria, por el presunto comienzo del final. Bien acomodados no obstante, viendo pacientemente por la ventana los valles y las tormentas pasar.

En realidad, todos hemos hecho alguna vez un viaje de estos, de una manera o de otra. De lo lleno a lo vacío. De lo infinito a lo finito. No siempre ha hecho falta comprar los billetes, alguna vez nos los han servido una mañana inesperada o tal vez como desenlace de una agonía irreversible. Sin proponérnoslo, hemos tenido que cruzar ese túnel que nos lleva de la inconsciencia a la certeza, de la placidez al vértigo. Antes de que el tiempo y la perspectiva nos devuelvan al punto normal de razonable desequilibrio, nos sentimos en caída libre, no hay luz sino precipicio, y no tenemos más alternativa que saltar. He viajado en trenes más vacíos que en este, pero tal vez no era consciente del vacío alrededor. He llegado a viajar en un tren inmundamente vacío, pero de ese no me quiero acordar.

Este sí es un itinerario programado. La llanura castellana vestida de sobrio otoño -como sobrios son sus trajes de verano, invierno y hasta de primavera. Por los lados de la vía se la ve aún cultivada, sus cuidados tiene, puede que sean ya paliativos, pero al menos los muy vallisoletanos pinares oxigenan el paisaje. La cuestión es intentar mirar más allá, otear un poco de horizonte, intuir y seguramente constatar la pesada desolación. No es lo mismo esas casitas blancas y esas ventas a la orilla que al fondo aquellas recias reuniones de casonas, iglesia y torreones de piedra, entre las que, si uno se para a observar un buen rato, no se mueve absolutamente nada. Si uno se llega hasta allí y se sienta en una ruina de poyete a esperar, esperará quién sabe si toda la vida.

Podíamos también haber hecho el viaje en uno de esos trenes viejos que traquetean quejosos mientras ascienden lenta, penosamente por entre montañas, se esconden y reaparecen en la sucesión de túneles. El pasajero apenas vislumbra escenas fugaces, puede que subliminales, de estampas que en esa instantaneidad se le antojan majestuosas, pero nunca conseguirá contemplarlas en su real magnitud. Entonces le dará por hacer realidad de lo imaginado, y con esa impresión asumida pero no contrastada se quedará ya para siempre, quién sabe si mejor así. Sea como sea, casi siempre es así. Vivimos con y de lo que damos por supuesto y preferimos, a ser posible, no saber más. Excepto uno que se conozca, esos trenes sí suelen viajar muy vacíos.

Embarga la tristeza a medida que se surca el páramo de la industria que se fue, de la economía que no da para más. Por donde los bares son una reliquia y los colegios se usan ahora como tanatorios. El tren pasa veloz para evitar que nos fijemos, no hay parada que hacer, nadie espera a nadie, se trata de pasar cuanto antes y dejarla atrás, dejar que se muera sola. La España vaciada, desmembrada y descarnada se manifiesta en Madrid, se moviliza en las redes y en los pasillos, diserta en las salas de conferencias. Pero la atención que reclaman viaja en alta velocidad, cuando no por el aire, ojos que no ven…

Sabremos que estamos llegado a destino cuando al fondo se empiece a divisar la formación montañosa, interminable, inabarcable de oeste a este. Por aquellas pendientes volverá a precipitarse la memoria a poco que el tiempo cambie o el destino nos reserve nuevos planes de viaje. Ahora simplemente vamos a pensar en recoger debidamente el equipaje y bajar al andén sin novedad. Estamos en un húmedo y acogedor oasis, pero no significa esto que hayamos retornado a la ciudad anegada de almas. Seguimos al otro lado del túnel, las bandas anchas de las que por aquí se sabe son las de aves que antes, por estas fechas, viajaban invariablemente en dirección sur, y ahora se lo piensan. Mismamente la conexión del hotel cuatro estrellas es más bien una autovía aceptable, que no una magnífica autopista. El tren ha llegado casi puntualmente hasta aquí, pero tiene que continuar camino hacia arriba y bien sabe lo que le espera.

El informe está listo. Que la catedral de las catedrales nos pille confesados. En realidad, no hemos hecho más que tomar nota, y lo que sale es lo que es. Ahora ya está hecho. Viajábamos cuatro en este tren y hemos llegado al borde del precipicio… ya siento el vacío.

Kraftwerk – Trans Europe Express

P.D. Y a todo esto, ¿alguien sabe en qué ciudad estamos? Por lo que oímos al llegar, “anteayer no se trabajó”.

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