La ensoñación

No hace falta que lo diga un tribunal, que además lo ha dicho. Cualquiera que asistiera a los hechos acaecidos en septiembre y octubre de 2017 en nuestro país, y en concreto -pero no sólo- en Cataluña. Que usara un mínimo de ojos y oídos críticos; una, aunque fuera escueta, dosis de perspectiva; que no se dejara llevar por pasiones ni animadversiones. Esto es, cualquier ciudadano medianamente normal que fuera testigo de aquello, pensaba que todo aquello era, aparte de otras cosas que pudiera ser, una ensoñación. Podría haber usado otro sinónimo o palabra de significado aproximado, pero básicamente estábamos pensando lo mismo.

“Suceso, proyecto, aspiración o cosa que se anhela o se persigue pese a ser muy improbable que se realice y en el/la que se piensa con placer”. Eso fue, al pie de la letra. Unos dirigentes políticos irresponsables, guiados exclusivamente por su propia, personal agenda, ilusionaron a una gran parte de la población a la que representaban y gobernaban -ignorando a otra gran parte. Les hicieron creer que era posible, viable y legítimo colmar su aspiración -la independencia de Cataluña- por la ruta ilegal, pero sobre todo infame, además de chapucera, que sin encomendarse a nada sensato habían decidido tomar. Eso es una ensoñación.

Sí sorprendió que alguno de esos políticos, que se suponía mucho más cabal que sus compañeros de viaje -y esto es independiente de que sus ideas se puedan compartir o no- se dejara embaucar en aquella farsa hasta erigirse no ya en partícipe, sino en uno de sus principales artífices. Sinceramente, da pena hoy ver a Oriol Junqueras condenado a 13 años. Pero ha sido víctima de su error, quizás de ensoñarse a sí mismo. Lo indultarán, sin duda, algún día, lo mismo que quizás a otros. Pero no ahora. No está el panorama para esas licencias.

Pero lo que sentencie un tribunal y argumente un juez, como lo que opine bastante gente, no va a terminar con las ensoñaciones. Unos están ya tristemente (*) condenados, otros parecen volver lentamente a su ser, pero otros siguen en su estado de eufórica enajenación. Entre ellos, el principal embaucador, que luego fue el más listo, el que más prisa se dio en huir de la justicia y el que ha condenado a sus socios a pasar dos años en prisión preventiva. Y la agenda de éste y de los que quedan es exactamente la misma: huir hacia adelante. Pase lo que pase con Cataluña y con los catalanes. Con los que quieren realmente la independencia y con los que no. Por mucho que digan y proclamen, no hacen ni aspiran a otra cosa que a representarse a sí mismos. Y si Barcelona estos días se antoja una ciudad invivible -al menos es lo que nos cuentan en Madrid-, les da absolutamente igual. Como si se van a la ruina. Ellos, a lo suyo y lo que se lleven por delante.

Dicho esto, cuidado, porque no es la única ensoñación que hemos visto en estos tiempos, a propósito de la cuestión catalana. Tanto allí como en el resto de España, también ha habido y hay ensoñadores. ¿Qué hay del golpe de Estado? Durante estos dos años, políticos, personalidades del mundo jurídico, tertulianos y editoriales de medios de comunicación han venido repitiendo hasta la saciedad expresiones como “golpistas”, “ataque al estado”, “conspiración”… Esto es, las asociadas al delito de rebelión, que es el que proponía la Fiscalía General del Estado y el que se exigía desde diferentes esferas políticas o mediáticas. Pero golpistas no eran sólo los encausados por los hechos del 1-O. Golpista o cómplice de golpistas era también, para ellos, cualquiera que pensara algo distinto a sus postulados, que luciera un lazo amarillo, que hablara o siquiera se acercara a los que esperaban juicio entre rejas o a sus compañeros de partido que se sentaban en el parlamento catalán o español.

Una vez conocida la sentencia, ciertas instancias sí han mostrado su disconformidad, o incluso su indignación con que no se haya aplicado la condena por rebelión y se haya determinado que fue “nada más” que secesión, desobediencia y malversación. Evidentemente, la fiscalía, algunos magistrados, figuras jurídico-políticas, algún medio de comunicación más o menos soslayadamente… Pero la mayoría, y sobre todo los que más ruido hicieron y más se llenaron la boca con el “golpe”, han escurrido el bulto y se han borrado de aquel mantra. Lo han guardado en el baúl, y volverán a sacarlo cuando vuelva a convenir.

Otro significado de ensoñación es “serie o sucesión de imágenes y sucesos que se imaginan mientras se duerme y que se perciben como reales”. Pero no sólo durmiendo. También leyendo y escuchando ciertos discursos se producen estas deformaciones de la realidad. Insisto, cuando no se escuchan o leen con la debida distancia y sentido crítico. Ya queda claro, con arreglo a derecho, que lo del 1-O y los hechos asociados fue una barbaridad (sin usar terminología jurídica), pero no un golpe. No obstante, quedan otros tópicos y lugares comunes que permanecen en el ideario, y no parece que vayan a desaparecer.

Los ahora condenados aspiraban a la independencia de Cataluña, pero eso no significa que todos los partidarios de la independencia sean delincuentes. Tampoco que todos sean violentos -de hecho, la inmensa mayoría no lo son. Como no todos los que están en desacuerdo con la sentencia son necesariamente independentistas. Ni todos los que no son partidarios de que hay políticos presos -incluso los que piensan que son presos políticos. Ni los que reclaman el derecho a decidir. Pero en Madrid y en otras ciudades de este país es más fácil, más simple y hasta más rentablemente políticamente echarlos todos al mismo saco.

Pero no sólo se tacha de “indepe” o de “facha” a cualquiera que se manifieste a un lado o al otro de la línea imaginaria que marcaría el término medio -claro, que los que estén ahí ya son “tibios”, “descafeinados” o directamente traidores desde ambos puntos de vista. Es que se los estigmatiza. Cuando el referéndum por la independencia de Escocia -eso sí se hizo modélicamente allí, no la chapuza que perpetraron después con el Brexit-, diferentes celebridades de la vida británica manifestaron espontáneamente su postura: Sean Connery, David Beckham, Mick Jagger, Andy Murray, Annie Lennox… Y a nadie se le dijo ni se le reprochó absolutamente nada. La consulta se celebró, ganó quien ganó, y todos estos volvieron a su actividad y a ser admirados y venerados por lo que hacen. Aquí, ya vemos lo que ha pasado con Pep Guardiola, Joan Manuel Serrat, Xavi Hernández y otros, fustigados sin piedad desde un frente y otro. Pero no ya en la vorágine de las redes sociales, donde ya sabemos cómo las gastan. También periodistas y medios de comunicación que deberían demostrar rigor y considerar la libertad de opinión, se suman a la carnicería.

Y ensoñación se da también en cierta forma de informar. Los cánones del periodismo dicen que hay que contar la actualidad, lo que sucede, con escrupulosa fidelidad. La sentencia, las reacciones y declaraciones, lo que ha sucedido estos días en Barcelona, las manifestaciones de día, los actos violentos de noche… Hasta ahí, perfecto. Pero información significa también aportar los hechos y datos antecedentes. Y en esto, a veces, se falla. Cuando se analiza el fenómeno del procés, como otros de nuestra actualidad, las miradas que se echan hacia atrás suelen ser muy cortas. Con escasa memoria. Como si todo hubiera comenzado hace dos o tres años, como mucho. Se echa en falta en los análisis una mirada más larga. Que observe algunos aspectos, por ejemplo, qué composición tenía el parlamento catalán en la década del 2000; qué ideas y a qué sector de la sociedad catalana representaba entonces cada partido; qué sucedió y qué proceso siguió el Estatuto de Autonomía aprobado en 2006; qué movimientos se produjeron en la política nacional en esos años; cómo afecto la recesión económica a todo nuestro país, y en concreto a Cataluña; qué medidas de respuesta a la crisis se adoptaron, tanto a nivel nacional como autonómico, desde 2010, y sobre todo, a partir de 2012; qué circunstancias rodeaban entonces al principal partido de gobierno catalán, Convergencia, y en concreto a sus máximos dirigentes; qué factores pudieron motivar la masiva manifestación independentista en la Diada de 2012; qué giro emprendieron los partidos nacionalistas, y fundamentalmente la citada Convergencia liderada por Artur Mas… En fin, tratar de entender por qué y cómo se ha llegado hasta aquí. Sería quizás una manera de comprender que merecería la pena intentar lo que apenas se ha intentado en estos últimos años: dialogar.

Pero ya se sabe que, a veces, no interesa que pensemos mucho, y para ello es mejor no mirar mucho más allá. No sea que unos y otros se vean despojados de la razón divina que les asiste por la gracia de ellos mismos. Y así, mantenernos a todos en la ensoñación.

(*) Porque independientemente de lo que se piense sobre si es justo o no, es muy triste.

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