La Luna entera

Sí, juro que la vi esa noche… y estaba amarilla. Era domingo a no sé qué horas, en una terraza posiblemente de un parque, incapaz de saber dónde. Un transistor cercano anunciaba que el águila ya se había posado, oía intercaladas la voz sintonizada y las explicaciones de mi padre con tono grave y entendido. Le escuchaba y la miraba. El hombre estaba pisando la Luna y yo la veía entera y amarilla. “Claro, es que hay gente ahí…”, yo con seis años qué iba a pensar.

Después de aquella, he subido muchas noches más. Decidí que no tenía sentido quedarme pasmado contemplándola. Tampoco reparar en medios, gravedades ni miedos. Iríamos, y luego para volver, el espacio proveería. No voy a entrar en detalles ni a contar cómo me hice con un cohete Saturno, la cápsula y su módulo lunar. Me las ingenié para despegar siempre en secreto, sin público, televisiones ni Jesús Hermida pendiente de mí. Sabía que, una vez superado el trance más difícil, merecería la pena alargarme hasta allí. Y qué cierto fue. No tardé en encontrar el placer de evadirme y dejarme conmover por aquella demoledora soledad. Y, sobre todo, necesitaba salir de dudas. Si de verdad iba a encontrar algo, quiero decir si te iba a encontrar allí.

Claro que fue emocionante el primer aterrizaje, la primera pisada -no se me ocurrió ninguna frase trascendente para la posteridad-, el primer paseo titubeante… No llevé bandera alguna ni nada que clavar. Volví varias veces ya con más experiencia, visité diferentes enclaves de su geografía, del Mar de la Serenidad a la Bahía de la Aspereza, de la cordillera de Leibniz al Valle de Max Plank… aunque, no sé bien por qué, casi siempre me paraba en el Mar de las Crisis, que de alguna manera terminé haciendo mío. Es verdad que grandes problemas no tuve, claro que tampoco Houston a quien llamar. El deseo siempre fue combustible no menos potente e igual de inflamable que el queroseno, y no propiciaba esos sustos, si acaso apagones de vez en cuando.

Durante esos fructíferos años, según el trayecto o el estado de ánimo viajero, fui Man on the Moon, Frank Sinatra o Pink Floyd. Pero con el tiempo, las expediciones fueron tornándose en rutina. Finalmente me aburrí, aparte de que ya se me terminaba el presupuesto para los viajes espaciales, que tampoco es cuestión de revelar ahora de dónde sacaba la pasta. Del último me traje todo lo que pude, toneladas de rocas más que nada, porque sabía que no iba a volver. Y ya para siempre dejé de ir.

¿De qué habían servido aquellas excursiones? Tenía esas piedras que yo no iba a analizar, y todos los souvenirs terrestres que dejé por allí, de los que tampoco iba a tener noticia, porque ya dije que yo nunca poseí una de esas antenazas que usan las estaciones espaciales. Pero sí me quedó una íntima satisfacción. ¿La de la conquista? No exactamente. Más bien la del camino recorrido, lo disfrutado mientras avanzaba hacia el objetivo. La ilusión de cada preparativo, la fugaz felicidad de cada etapa cubierta, la incertidumbre ante lo que vendría después. Y es verdad que aprendí muchas cosas, artes y técnicas que luego pude poner en práctica en la vida digamos terrenal.

Pero, sobre todo, me quedó un aprendizaje para toda la vida. Superada la conmoción tras el primer despegue, según salía de la órbita terrestre y apenas me dejaban un rato libre los interminables quehaceres técnicos que requería la misión, miraba hacia atrás. Y veía mi planeta. Como no lo vieron Galileo ni Copérnico, mucho menos aquellos que hasta hoy negarían la evidencia. De pronto, no se distinguían las fronteras, no se apreciaban las guerras, no se adivinaban los conflictos ni las luchas de poder. Se diría un remanso plácido y azul en el que a cualquiera le gustaría quizás venirse a vivir. Lo han dicho, lo siguen diciendo sin excepción todos los astronautas que estuvieron ahí arriba. Y yo en mi delirio lo puedo atestiguar.

Sí, los que viajaron a la Luna terminaron descubriendo la Tierra. Habían vivido obsesionados con el satélite, habían preparado minuciosamente el viaje, aceptado todos los riesgos. Se habían dedicado ingentes cantidades de dinero a aquella empresa, había costado vidas. Y cuando llegaron aquellos hombres elegidos, cuando pudieron por fin pisar y moverse por esa superficie inédita y soñada, no hacían otra cosa que mirar embobados a su Tierra.

Lo mismo me sucedió a mí. Venía con una misión y una esperanza, pero en cuanto llegué a la Luna y pude transitar por cualquier rincón, montaña y desfiladero de ella, supe que no me esperabas allí. Porque simplemente no estabas. Era en la Tierra donde aún no te había sabido encontrar.

Y en estas sigo hoy, 20 de julio de 2019. Mirándola desde aquí y contando historias de otro tiempo que nadie se va a creer, pero ellos verán. Distraído en todas estas miserias menores que nos apartan de las grandes aventuras y nos eclipsan los grandes astros, como la gran mayoría de humanos que sobrevivimos en este mundo que apenas por las fotos y la televisión sabemos que es un planeta azul. Solo que a veces recupero la perspectiva, me reencuentro con mis días de lucidez y con aquellas ganas de salir a explorar. Cuando veo esa Luna entera, enorme y amarilla emerger por Oriente de entre moles de cemento, columnas de humo y viejas grandezas derruidas.

Entonces repito el proceso y salgo de nuevo a buscarte. Lunático me pueden llamar, porque a mucha honra lo soy.

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