La Ciencia no es el Everest, pero…

¿Divulgadores o cuentacuentos? ¿sabios o farsantes? ¿Exquisitos o vulgares? Siempre tendremos el debate, cuando se valora a figuras que han alcanzado una destacada relevancia, y sobre todo una enorme popularidad, en el mundo de la ciencia o el arte. Para unos será motivo de censura que hayan gozado de éxito y difusión masivas. Para otros, un impagable servicio haber acercado al gran público ciertas disciplinas. A esa controversia hemos asistido estos días a propósito de Eduard Punset. Pero ha sucedido con muchos otros. De entrada, nadie es de una pieza y sin ángulos, todos podemos tener nuestros lados claros y oscuros. Entonces, depende desde dónde se nos mire. Y muy importante, cuándo, en qué período de nuestra vida se nos mire. Lo que sí es innegable es que una cosa es alpinismo y otra muy diferente ver esas indecentes colas para coronar el Everest. Pero vayamos por partes.

Vamos al Arte. A Plácido Domingo se le criticó ácidamente, desde los palcos más puristas, haber cultivado géneros musicales considerados menores y mucho más populares, lo que en su día le reportó importantes éxitos y compaginó con los rotundos triunfos en los escenarios más importantes del mundo. Como contrapunto a la carrera del tenor madrileño, alababan la pulcritud insobornable de Alfredo Kraus. Pero en defensa de Plácido, también se puede argumentar que mucha gente en nuestro país empezó a interesarse por la Ópera gracias a él. Quizá le oyeron cantar Maitetxu mía, o una ranchera en modo barítono, y terminaron comprando una carísima entrada para ver Aida en el Teatro Real.

“A la minoría siempre”, proclamaba Juan Ramón Jiménez. Bien, es legítimo pensar eso, y el autor es soberano para decidir. Pero si todos hubieran escrito, compuesto o creado para que lo entendieran unos pocos, el resto que completamos la gran mayoría nos hubiéramos quedado sin conocer las grandes obras de la humanidad. El arte sería un bien insignificante y nosotros infinitamente más ignorantes. Si Miguel Ángel, o los que le encargaban los trabajos, hubieran decidido que el David o el Moisés permanecieran albergados en recintos exclusivos, o que expresaran actitudes y sentimientos incomprensibles para los normales, no sólo no sabríamos hoy quién es ese tal Buonarroti, no sólo nos lo hubiéramos perdido nosotros, es que a lo mejor luego no hubiera existido Bernini ni muchos más. Menos mal que las catedrales, los palacios o las pirámides fueron imposibles de esconder. Dudaron si publicar Yesterday y al final escondida salió en la cara 2 del quinto álbum de The Beatles, pero en seguida alguien se dio cuenta de lo que había ahí.

Vamos ahora a la Ciencia. Cierto que no se rige por las mismas pautas. No se hace de cara al público, se investiga en silencio en ambientes que requieren expresa dedicación y concentración. Verdadero que el ruido no favorece, que la especulación confunde y las expectativas pueden distorsionar el verdadero sentido de la investigación. Los descubrimientos que nos hacen progresar suelen ser fruto de largos trabajos en la sombra. Y los que alcanzan la fama, el prestigio, el Nobel, son unos pocos, generalmente líderes de selectos y entregados equipos, que en un momento ya avanzado de sus vidas ven reconocida una trayectoria desarrollada generalmente en silencio. Si triunfaran de jóvenes, a lo mejor podríamos tener más que razones para sospechar.

Pero también es cierto que para que haya ciencia y el mundo progrese, tiene que haber científicos. Y, por ejemplo, en España no sobran precisamente. No ya porque muchos se hayan ido a otros países o hayan abandonado su vocación ante el pobre futuro profesional que vislumbraban. Es que múltiples estudios vienen reflejando que hoy entre los jóvenes despiertan escaso interés las carreras científicas y técnicas. Leía hace poco a una joven investigadora, de las que han tenido que labrarse el camino sorteando infinidad de obstáculos, decir que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, podrían hacer mucho más. Y aludía a figuras míticas como Félix Rodríguez de la Fuente, Cousteau o Sagan, que fueron referentes y animaron a muchos jóvenes a decantarse por el estudio de la Naturaleza, del mar, el cosmos… Hoy apenas los hay, no tenemos espacios como aquellos en las programaciones.

También he leído estos días a un razonable y razonado escéptico que, reconociendo la labor divulgadora de Punset, advierte que se benefició de la gran plataforma que le brindó TVE, de potentes equipos que trabajaron para él, y que además sacó buen rédito de todo el éxito que alcanzó. Y seguro que no le falta razón. También a nuestro querido Félix se le afeó que se valiera de animales troquelados -no domesticados, ojo- para buena parte de sus fascinantes documentales, o que tuviera a sus lobos varios días sin comer para que salieran furibundos a la caza de una presa el día que tocaba filmar. Eso sí, no por ello dejó de jugarse la vida, y a los hechos final y tristemente nos remitimos. Y habrá que reconocer que todo aquel trabajo, mostrado a los telespectadores en horarios de máxima audiencia, hizo que toda una generación de entonces niños -que sólo teníamos una televisión para ver- se interesara por la Naturaleza, hasta se planteara hacer carrera de ella o, cuando menos, se comportara de otra forma cuando simplemente pasaba un día de campo.

Otra cosa es que también se le criticara a Punset, principalmente en sus últimas etapas, que derivara hacia otros contenidos que ya poco tenían que ver con la ciencia. No tanto, creemos, como para acercarse a ciertos vendeburras que no merece la pena ahora nombrar, que se han hecho millonarios a costa de confundir al público, mostrarle medias verdades científicas y revestir de investigación lo que era rebuscada creación. En el otro extremo están los puristas irreductibles, los Alfredo Kraus de la ciencia, a alguno de los cuales tuve el honor de conocer. Para ellos, incluso Asimov era un escritor entretenido de leer, pero carente de todo rigor científico. Prefiriendo sin duda a estos últimos frente a los eruditos estafadores, convengamos que hacen faltan también términos medios.

Y hacen falta comunicadores. Pensemos, de los grandes científicos que ha dado la humanidad, ¿cuántos han sabido comunicar? Se nos antoja que quizás Newton, se deduce que posiblemente Arquímedes… pero seguramente no muchos más. Ni el director de Redes ni el de El hombre y la Tierra eran científicos, y en el caso del primero, ni muchísimo menos. Pero tenían la facultad de comunicar. Buscaban, preguntaban, aprendían y luego sabían contarlo con fundamento y pasión, de manera que la gente lo entendiera y además se entusiasmara con todo aquello. Por eso es verdad que necesitamos nuevos punsets, como nuevos Rodríguez de la Fuente, Cousteau, Asimov… y más periodistas científicos, además de los muy buenos que ya tenemos. Pero, sobre todo, que les den espacio. Que el público pueda leerlos, seguirlos y, especialmente, verlos en televisión. No en canales temáticos escondidos en el mando, sino en cadenas y horarios de notable audiencia. Si saben hacerlo, los responsables de programación terminarán agradeciéndolo. Pero, sobre todo, lo agradecerá la sociedad.

Ni la ciencia ni el arte pueden parecerse a lo que hoy es la cima del Everest. Pero tampoco a un monte perdido o un desierto por el que nadie se plantee transitar. Si queremos avance, progreso y proyectos innovadores que nos hagan mejores como planeta, como país y como personas, habrá que buscar gente que trabaje para hacerlo posible. Siguiendo el símil alpinista, hacen falta escaladores que se propongan hollar esas cimas y hacerlo por medios lícitos. Para ello necesitamos muchas cosas, entre ellas buenos serpas que les sepan guiar y sponsors que financien las grandes expediciones. Pero ayudará mucho que alguien salga a enseñarles, a hacerles ver que esas montañas existen, son tan bellas y están ahí.

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