Orto ortografía

Sí, con la ortografía tenemos un problema. Pero no hoy. Lo tenemos desde hace tiempo. Ahora disponemos de informes, datos que lo constatan. El País le ha dedicado un editorial al asunto, luego existe y es noticia. Desde luego, que aspirantes a profesores comentan faltas ortográficas y gramaticales, es para que nos lo miremos. Pero es que hemos aguantado demasiado sin mirárnoslo. Se viene consistiendo en todos los ámbitos, personales y profesionales, convivimos con ello y no nos escandalizamos lo suficiente, parece que hasta nos hayamos acostumbrado a la orto ortografía. Y todos, no sólo los argentinos, entenderán perfectamente lo que queremos decir.

En realidad, no es este sino un síntoma más -pero muy aparatoso- de un problema mayor y general, que es el que tenemos con la educación en España. Y que seguirá ahí, inmóvil y enquistado, mientras no cunda la responsabilidad política entre quienes tienen la misión de diseñar el sistema, el modelo y los contenidos que van a necesitar las próximas generaciones para desenvolverse en el mundo que nos viene. Y no se trata ya de informes PISA, de rankings de universidades ni de indicadores con los que hacerse la foto, vender titulares o arrojárselos a la cara unos a otros. Se trata de que muchas empresas, y cada vez más, no encuentran a los profesionales que necesitan, mientras mantenemos unas tasas inaceptables de paro. Se trata de que el mundo está cambiando, los negocios, los empleos, el conocimiento que se va a necesitar… Dijo Mario Benedetti que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”. Como no reaccionaremos, ni nos vamos a enterar de qué van unas y las otras.

Pero estábamos con la ortografía. Cierto que un “vurro” o una “horilla” hacen severo daño a la vista. Esas barbaridades podrán ser anecdóticas, aunque se dan, ya lo creo. Pero tan graves o casi más, por menos notorias, son aquellas faltas que para mucha gente pasan desapercibidas -es decir, fallan ambos, el que escribe y el que lee. Obviar un acento o poner una coma en mal sitio afecta a la expresión, puede cambiar totalmente el sentido de una frase, desvirtuar una expresión. Y esos fallos los vemos a diario: en emails, no de cualquiera, sino de personas en reputados puestos y se supone que con lustrosos estudios; en comunicaciones corporativas, comerciales e incluso oficiales; en el cuerpo de informaciones en medios de comunicación, especialmente en los digitales; incluso en algún titular, y a veces lo han corregido, a veces no; en redes sociales, caso aparte… ¿Y qué me dicen de cierta comunicación publicitaria?

Un error que hemos cometido y prolongado en el tiempo, y a esto nos ha llevado, ha sido descriminalizar el llamado lapsus calami. Esto es, que como escribimos deprisa, se nos puede pasar un pequeño fallo por simple y perdonable falta de atención (la denominación moderna, para los que escribimos a tecla, es lapsus clavis). Pero, en primer lugar, es que la manga ancha que hemos prestado a estos lapsus se ha convertido en una boca de metro. Y, en segundo lugar, es que no debería existir ninguna excusa para dejar de comunicar bien. También por escrito. Por mucho que vayamos apremiados y estresados. Porque en cualquier situación, se supone que todos queremos que nos entiendan. De eso se trata, no sólo de librarse del ridículo de que te lean un “vamos ha acer…”. Que también, y bien merecido el ridículo.

El error de fondo, sin embargo, viene de la educación más primaria. ¿Cómo se aprende realmente a escribir bien, cómo hemos conseguido llegar a manejarnos decentemente -cuando lo hacemos- con la pluma o el teclado? Pues claro, leyendo. Mucho y muy distintas cosas: libros, cuentos, comics, periódicos, revistas… Lees y lees, luego te pones a escribir y no tienes ni qué pensar lo que debe ir entre comas, lo que va acentuado, lo que hace que una oración vaya subordinada a otra… Incluso después ya te explicarán las reglas de acentuación en castellano, lo que es un objeto directo… incluso eso del sintagma, que, la verdad, nunca llegué a aclararme bien con lo que era… bueno, aparte de una populosa plaza de Atenas.

¿Y los dictados? Pues no tengo ni idea de si ahora se hacen en las clases, si los docentes de hoy los consideran útiles o superfluos, o directamente un coñazo. Pero yo puedo decir que de niño me harté a hacerlos, y para mí era un desafío terminarlos sin ninguna falta, y un verdadero drama cuando tuve dos o más. Me lo tomaba como un juego, pero en el que quería siempre ganar. Sea como sea, lo cierto es que a escribir bien se tiene que aprender de niño, igual que a hablar. Es cuando nuestro disco duro está virgen, se graba mejor lo que entra y ya no se olvida. Claro, luego hay que practicar. Y a partir de ciertas edades -antes cuando se ingresaba en el mundo laboral, ahora parece que todavía en las etapas superiores de estudiante- se deja de practicar. No se tiene en cuenta, no se valora…

Creo que todos estamos de acuerdo, al menos con la teoría. Con lo que yo no tanto, es con eso de que el Whatsapp -los chats en general- hayan pervertido nuestra forma de escribir. No debería pasar nada por el hecho de hacer contracciones (“abzs”, “bs”, “q”…) de palabras que sabemos escribir perfectamente, simplemente en aras de la inmediatez de este canal, incluso emoticones para darle un contenido gráfico y un significado más rico. Ojo, mientras no cometamos faltas. Lo que pasa es que luego, muchas veces, trasladamos este peculiar estilo de escritura a otros canales que ya no son tan necesariamente inmediatos. Y encontramos estas abreviaturas en post en redes sociales, en emails… y eso no. Ahí no hay excusa para no poner las palabras con todas sus sílabas y letras, que vamos, no cuesta tanto.

Por otro lado, y como pasa con tantas otras cosas, las redes sociales han servido de gran amplificador de la pésima ortografía. Con qué desparpajo, con qué falta de pudor, vemos a señoras y señores que publican sus sensaciones, actitudes y sentimientos: “hoy va ha ser un gran día”, “ya te yamaré…” en fin, no quiero seguir castigándoles. Para lo bueno y para lo malo, estos canales, como enormes patios de vecinos que decía una amiga, hacen aflorar las sociedades en carne viva, y en el caso de España, sirven para ilustrar muchas virtudes -solidaridad, humor, creatividad…- pero también nuestras carencias, y de forma muy significativa en educación, sí, en toda la extensión de su significado.

Pero en fin, hoy hemos hablado sólo de la orto ortografía. Podríamos dedicar otros capítulos a la orto sintaxis, la orto semántica… en definitiva, a nuestra falta de respeto a la lengua y al lenguaje, a la oratoria y a la escritura. Sistemáticamente han sido infravalorados, desde gran parte del ámbito académico hasta el empresarial e institucional, en beneficio de otras materias y aptitudes que se han venido considerando más necesarias, más esenciales en el desarrollo de una carrera profesional. Y así nos va. Hoy hablamos de la necesidad, cierta e imperiosa, de fomentar las vocaciones tecnológicas y las carreras STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería, Matemáticas…) para saber ejercer las profesiones del futuro. Sí, es verdad, no hay duda. Pero para todo ello, hasta para descubrir el tratamiento definitivo contra el Alzheimer, desarrollar el algoritmo que distribuya los alimentos y erradique el hambre del mundo o para enviar una nave tripulada a los anillos de Saturno, habrá que saber comunicarse bien. Y esa habilidad no es tan obvia como algunos creían.

P.D. He revisado varias veces este artículo, al objeto de que no se me haya escapado ninguna falta o incorrección gramatical, que ya me valdría. Pero si la encuentran, seguramente será lapsus calami -aunque ya digo que no tendrá justificación- o, simplemente, que estoy perdiendo facultades. Avísenme, por favor.

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