Periodistas que vos matáis…

Han hecho falta serruchos, charcutería diferida y una acción furtiva de un estado soberano en la soberanía de otro para que nos enteremos del asesinato de un periodista. En lo que va de año han matado a 62 en el mundo, de acuerdo con las cifras de Reporteros sin Fronteras (RSF), y no ha hecho falta todo ese espectáculo macabro. Ha sido todo mucho más sencillo y discreto. No ha ocupado las mismas portadas ni titulares. En Afganistán se han cargado a 14, nueve de ellos en un solo atentado; en México a 10 u 11 según las fuentes, en Pakistán a seis, en Yemen a cinco… En la “civilizada” Europa tampoco nos libramos: Eslovaquia y Bulgaria se cuentan entre los países con episodios de informadores asesinados en 2018, si bien el caso búlgaro se encuentra aún en fase de investigación y por ello no consta en las estadísticas. Malta, Dinamarca, Rusia o Turquía han tenido lo suyo en los últimos años.

A fecha de hoy ya se ha superado la cifra de periodistas asesinados en 2017, que fueron 55. En 2015, por primera vez, fueron más los que perdieron la vida como consecuencia directa del ejercicio de su profesión que por desarrollarla en zonas de conflicto armado, y por lo tanto de alto riesgo colateral. Desde entonces, la proporción entre ambas situaciones es pareja. Pero la tendencia señala que cada vez se asesina más en países donde supuestamente no hay guerras declaradas, donde los profesionales de la información no ejercen en una trinchera expuestos a un ataque en masa o de una bomba desviada. Es más, el escenario más habitual del crimen suele ser su propio domicilio. Sí, el periodismo de investigación ya es tanto o más peligroso que el reporterismo de guerra. En estados supuestamente democráticos y garantes de derechos, se les retira de la circulación por lo molesto, insidioso e insoportable de su trabajo. Por lo “peligroso” de lo que revelan o podrían revelar. O para avisar a otros, no se vayan a atrever…

Lamentable mención aparte merece México, donde desde 2000 han “bajado” a 140 periodistas. Es casi un hecho cotidiano, se les ejecuta en plena calle, no importa si a plena luz del día ni delante de quién, si su familia o sus compañeros. A veces son los mismos que han encargado el trabajo los que expresan sus condolencias en los medios o en las redes sociales. Claro, que esos pobres no podrán decir que no les avisaron. Pero fueron muy tozudos, pusieron demasiado empeño y coraje en contar lo que veían. Y por mucho que les jaleen, les premien y homenajeen fuera de su país y luego les lloren, viven tan solos con tanto enemigo acechándoles desde abajo y desde arriba… el último cayó la semana pasada, tenía un programa de radio sobre música hip-hop, pero era hijo del jefe de información de un importante diario local. Esta otra noticia es del año pasado, pero no ha perdido un gramo de actualidad: 14 periodistas asesinados en 12 meses y ni un solo detenido

Nos parecería que quitar de en medio al que cuenta cosas incómodas es propio de estados fallidos o de civilizaciones salvajes, lejanas y ancestrales. Pero miremos alrededor. Díganme alguna sociedad en la que no existan intereses, grupos de poder o colectivos que no detesten al periodista de por sí, y harían lo posible por silenciarle. Por las “buenas”, claro, pero si no… Y ya no hace falta que disimulen. Vemos cómo están ascendiendo a las más altas esferas de poder mandatarios que no tienen reparos en expresar su odio a la prensa y culparla ante la opinión pública de cualquier desdicha, sea una matanza en una sinagoga o una debacle empresarial. Les acusan de “generar ira” y lo que hacen es cargar baterías de ira contra ellos. Y hablamos de asesinatos, pero… ¿cuántos periodistas han sido ejecutados profesionalmente? De eso, ni RSF tiene cifras.

Podemos hablar de países que ni contemplan la libertad de expresión e información, que obviamente tienen las cárceles llenas de periodistas. De presidentes hipócritas que se postulan como guardianes de la prensa libre y, en el caso del turco, es del mundo el que mantiene a más periodistas entre rejas. De estados supuestamente democráticos donde los medios no afines simplemente no existen. Pero también podemos quedarnos más cerca. De los últimos siete asesinados en Europa, seis eran periodistas de investigación, que curiosamente trabajaban sobre casos de corrupción que manchaban a sus gobiernos. Por supuesto, son crímenes que siguen, todos ellos, sin esclarecer.

Sin esclarecer ha quedado, para siempre si no hay remedio, el asesinato del español José Couso en Irak, presuntamente -hay que ponerlo, aunque conste que así fue- por un proyectil lanzado por el ejército de Estados Unidos. La Justicia Española renunció definitivamente a investigarlo en 2015, y la familia lo sigue intentando. Sin esclarecer quedan la mayoría de los asesinatos perpetrados, el 85% en la última década. Somalia es la campeona indiscutible en impunidad, según el ranking que publica el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), seguida Siria e Irak. Eso no nos sorprende. Pero que México, Colombia, Brasil o Rusia aparezcan también entre los primeros… España no figura en esta lista, pero tampoco levantemos mucho la cabeza: sólo alcanzamos en el puesto 31 del ranking de libertad de prensa de RSF.

Claro, que siempre tendremos explicaciones grotescas, como la de Vargas Llosa refiriéndose a México: “… el que haya 100 periodistas asesinados yo creo que es en gran parte por culpa de la libertad de prensa que hoy permite a los periodistas decir cosas que antes no se podían permitir…” (aquí la cita completa). No vamos a calificarla, porque se califica por sí sola.

Pero puestos a buscar citas, hoy sería muy apropiada la del don Juan Tenorio: ¡Cuál gritan esos malditos! / Pero, ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!”. Este post queda dedicado a aquellos que, en efecto, pagaron sus gritos y hasta sus susurros. Y no es del Tenorio sin embargo, por mucho que se le atribuya, esta otra: “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Ya nos gustaría poder decirlo. Por todos ellos va…

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