La crónica del partido

Mañana, dicen, se juega un gran partido, o eso se presume. Sobre el campo pasará lo que le dé por pasar, pero lo seguro es que se escribirán crónicas. Que a veces son incluso mejores que los partidos. El fútbol no sería lo mismo sin ellas. Sin las buenas, claro está.

La otra noche escuchaba a Manuel Jabois y Ramón Besa. Hablaron un rato de las crónicas, las que se escribían antes y las que se escriben ahora. Las crónicas futbolísticas son bien distintas de las de otros ámbitos de la actualidad. El género en sí está concebido para contarte lo que sucede con la perspectiva de quien conoce bien el asunto, y se supone que sabe interpretar lo que ha pasado. Así era antes también en el fútbol, y tenía todo el sentido cuando apenas se televisaba. Pero hoy día, las crónicas no pueden servir para explicarte un partido que ya has visto. En todo caso, para verlo otra vez, disfrutarlo o padecerlo, desde los ojos y las palabras de otro.

Dicen que con mejores partidos se escriben mejores crónicas. Lo mismo se supone que en el cine, la música, el deporte y el arte general…. y todo lo contrario que en política. Y no es un trabajo tan fácil como mucha gente pudiera pensar. Nos parecería que cualquiera vale para contar un partido de fútbol, y no es así. Porque vas construyendo, estructurando en tu cabeza el relato del partido mientras lo vas viendo, y puede pasar que de repente, en el minuto 90, te cambie todo el guion, así es el fútbol y precisamente por eso es tan grande. Nunca vas a tener mucho tiempo, luego las crónicas se escriben prácticamente en directo. También las de guerra o las de la sesión bursátil, pero cuidado, en el estadio y delante del televisor hay millones de personas viendo lo mismo que el que lo va a contar. Son corresponsales en un país en el que vivimos todos. Y siempre, sin dejar de informar, hay que tratar de ser original.

Como es propio del género, las crónicas suelen tener el sello de su autor. Y eso ha sido siempre lo que les ha dado sabor, aroma y salsa. Antiguamente eran básicamente cronológicas, contadas minuto a minuto según acontecían las jugadas, los goles, penaltis, expulsiones… todavía las hay que se hacen así. Pero el género se fue enriqueciendo, empezaron a escribirse crónicas más circulares. Y la gama se fue ampliando. Las he visto épicas, metafísicas, apasionadas, filosóficas, crudas, metafóricas, cuasi literarias, cuasi científicas, honestas y forofas, analíticas y desaforadas. Y pedantes. Y catastrofistas. Puro delirio o imaginación al poder. Y muchas, muchas, sencillamente brillantes.

Con algunas me he identificado tanto que incluso parecía que el titular lo hubiera puesto yo. Recuerdo una de Segurola en El País que encabezaba “Imperial Zidane”, coño, pero si era lo que lo había dicho yo anoche. Otras me pareció que hablaban de otro partido distinto del que yo había visto. Nunca me gustaron las resultadistas, esas que sabes que hubieran contado una historia bien distinta si el gol en el minuto 80 hubiera caído en una portería en vez de en la otra. Algunas me parecieron demasiado recargadas. Otras, que al cronista se le había ido un tanto la olla, humanos somos todos. Las hubo que me encendieron. Cuando se lee a menudo a un cronista, se le revelan las predilecciones por tal jugador, entrenador, estilo de fútbol… y claro, también las aversiones. Forma parte de la personalidad de la firma, esto sí es característico de todas las crónicas. Aparte, claro, de que no es lo mismo escribirla para el As que para el Mundo Deportivo.

Pero todo evoluciona. Llegó la transformación digital, ese concepto tan manido hoy, pero que en la prensa empezó hace 20 años y aún no se sabe bien hacia dónde va. El periodismo escrito se transformó en la radio escrita, de pronto se veía obligado a ser casi igual de inmediato. Y las crónicas cambiaron. Había que colgarlas -ya no publicarlas- recién pitado el final del partido, antes de que lo hiciera la competencia. Sí, se seguían cocinando mientras discurría la contienda, pero ahora ya no había margen para siquiera algo de pausa y reflexión. Había que redactarla a bote pronto.

Las crónicas digitales eran -son- de urgencia, y si estaban bien hechas -que profesionales hay para ello- emanaban la frescura, la naturalidad y la lógica imprecisión de quien sale del estadio y se lo cuenta al primero que ve. Al día siguiente salía la crónica en papel, normalmente escrita por otro, se supone el periodista reputado de la sección, y ya venía más elaborada y con más sello personal. El partido podía haber terminado a las seis o a las 11 de la noche, pero el tiempo de llegar a la redacción, sentarse frente al teclado y quizás fumarse un cigarrillo -cuando se podía en las redacciones- dejaba margen para expresar el estilo, aplicar la perspectiva y desarrollar la creatividad. Convivían las dos crónicas, como dos magníficos géneros dentro del mismo.

Pero esta historia tampoco va a terminar del todo bien. Las empresas periodísticas, y los conglomerados que tienen por encima, hacen números y no les salen. Mantener una redacción digital y otra para el papel se tornó inasumible para la mayoría de los diarios, generales y deportivos. Entonces, hoy sucede a menudo que lees la crónica en la web a los pocos minutos. Pero al día siguiente, abres la página del periódico y te encuentras la misma. Y esa, por lo general, ya no es una buena crónica, o por lo menos no tanto como lo era al publicarse en la Red. Por mucho que el cronista sea excelente y haya realizado un trabajo tal, ese material ya está fuera de lugar, desfasado, es como una comida recalentada. El director del periódico, y los que mandan en el director, quedarán satisfechos porque han cubierto el espacio, han salido del paso. Dan una crónica del partido. Como quien despacha el menú del día.

En fin, como tantas veces ocurre, de eso no tiene la culpa el periodista, aunque será luego al que por norma pongamos a parir. Él, como siempre, hará su trabajo lo mejor que pueda, con su ojo crítico, con su conocimiento, sus pasiones o sus escepticismos, y siempre a matacaballo y con el teléfono apremiando. Entendámosle. El caso es que mañana tenemos clásico, y esta vez lo han puesto a una hora de las de antes, aunque nada sea ya como antes. A saber qué partido veremos, quién copará las portadas y los titulares, quién saldrá escaldado o por dónde se desencadenará la polémica que nos alimentará toda la semana. Pero sí sé que, a pesar de todo, tendremos grandes crónicas. Léanlas… las que puedan.

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