La estación de McCartney

La estación por la que transita hoy Paul McCartney no es tan fácil de situar. Probablemente no sea ni otoño colorista ni primavera lluviosa, quizás todo lo contrario o todo a la vez. No sabe vivir en Londres sin estar en Nueva York, no viaja a la India sin parar en Japón. Puede bajarse en King Cross y volver a subirse en Komsomolskaya, en Cuatro Caminos… Lo que es seguro es que la suya no es una estación término. Ni por asomo insinúa que este disco pueda ser el último o esta gira la última. Hace tiempo que decidió no parar -lo cantaba en At The Mercy, 2005-, suspirar por tener días ocupados. Empalmar giras -este año terminó una y este año ha empezado otra-, colaborar aquí, ser recibido allá, acudir a shows televisivos, pintar cuadros, editar libros infantiles… No le importa que le veamos envejecer en directo ni que le hagan chistes o comparaciones más o menos grotescas a propósito del semblante que se le va quedando -aunque, hay que decirlo, en la foto que he elegido para este post le sale cierto aire a Lopetegui. Lo que no envejece es su vitalidad, que ya quisieran muchos no ya más jóvenes, sino jóvenes sin más. Y su estado de actividad permanente implica, cada cierto tiempo, sacar un disco con música nueva. Para que se enteren de que no se le ha agotado la mina creativa. Y desde luego que no…

Ha pasado ya más de un mes desde que Paul lanzó Egypt Station, su flamante nuevo álbum. Largamente esperado después de cinco años, anunciado en junio a los pocos días de su 76 cumpleaños, adelantado en tres temas -sobre todo con esa “quejumbrosa” y envolvente balada, I Don’t Know, que ya hacía presumir algo importante. Y tocaba ya escribir de este nuevo trabajo. Hemos esperado para tener más perspectiva, para no dejarnos llevar por el entusiasmo de las primeras audiciones. En este tiempo de por medio, ha cosechado todo género de críticas -de excelentes a buenas, alguna regular y una malísima de Julián Ruiz-, ha sido número uno en Estados Unidos después de 36 años, ha dado decenas de entrevistas, actuaciones… y ha acaecido -noticia casi inadvertida en España -la muerte de Geoff Emerick, el ingeniero jefe de las mejores obras de The Beatles e incondicional fan del Macca. Dicen que es su decimosexto trabajo en solitario, pero yo, la verdad, los cuento y no me salen las cuentas. Oficiales son creo 55 desde 1970, y propiamente trabajos nuevos, pues… da igual, muchos… afortunadamente.

Diremos de entrada que Egypt Station no va a ser su mejor álbum en solitario -ese honor le sigue correspondiendo al sublime Chaos and Creation in the Backyard. Que tampoco es, por lo tanto, su mejor trabajo después de The Beatles -ese seguirá siendo Band on the Run, con Wings. Que no llega a obra maestra… pero se queda cerca. Que tiene momentos, temas, en los que roza el listón de sus mejores registros musicales. Que es un trabajo muchísimo más inspirado que, por ejemplo, el anterior, New. Que se esfuerza por seguir sonando actual –“quiero hacer un disco del que se hable en el siglo XXI”, dijo- sin dejar de ser reconocible. Y casi siempre lo consigue.

También se puede decir que a lo mejor algún tema se lo podría haber ahorrado. Ese Fuh you no pega ni con cola con el resto de temas, entre otras razones porque la producción es distinta. Y sin embargo, apunta a notable éxito, empujado por el vídeo clip y, claro, por el morbo del juego de palabras. Se puede opinar que alguna de las formidables canciones que lleva hubiera incluso mejorado sólo con que la hubiera hecho algo más corta -lo que tenía aquel “Chaos…” que estaba hecho de piezas magistrales de apenas dos minutos o poco más, pura orfebrería, y el disco entero se consumía en tres cuartos de hora memorables. En general, se puede afirmar que el productor para la ocasión, Greg Krustin, le ha puesto bastante las pilas… pero no tanto ni tan estrictamente como hiciera Nigel Godrich en aquel, sí, redondo disco de 2005. Qué pena, si hubiera gozado entonces de la bestial promoción desplegada con estos dos últimos…

También es verdad que se anunciaba un álbum conceptual, así lo hacían presagiar el enigmático título y sus propias declaraciones sobre que transcurriría de estación y estación. No lo es, salvo la presencia ciertos leiv motifs de eco oriental y cintas grabadas al revés, que en cierta manera recuerdan a grandes momentos del mítico Revolver. Egypt Station es una espléndida, generosa sucesión de canciones que, en todo caso, viajan por las estaciones del rock, el pop, el folk, el blues, el funk, lo electrónico… por no hablar de conexiones con las líneas de la bossa nova, el vals o lo sinfónico. Por atrevernos a hacer una comparación, nos recordaría por ejemplo a aquel Ram, el segundo que publicó con su propia marca. Esto es, sin orden ni concierto, pero Paul McCartney en estado puro. Luego, lo de siempre. Por ser quien es, todo el mundo le presta más atención. Pero por el mismo motivo, se le exige lo máximo y se le comparará con su mejor versión… que ya es inalcanzable hasta para él.

De Paul se ha dicho que hasta su disco menos afortunado atesora alguna gran canción, y así es. Pues habrá que decir que este lo es, porque trae muchas. Una colección de baladas que van de lo introspectivo a lo coral – Do it Now-, de lo íntimo susurrado al oído –Hand in Hand– a la pura invocación. La que dedica a su guitarra –Confidante– es pura emoción. De I Don’t Know ya hemos hablado antes, es de esas tan clásicas suyas que no entran del todo a la primera, pero al poco ya cautiva con cada matiz que va desvelando. Hay rock enérgico y fresco, a veces sin complicaciones, otras más sofisticado -como en Caesar Rock– y sin que falte una mirada a Wings, en Who Cares por ejemplo. Dominoes podría ser el gran tema pop de este disco y de muchos años, suena a los mejores Beatles pero sonando hoy. La rareza viene con Back in Brazil, que nada tiene que ver, claro, con Back in the USSR. La suite Despite Repeated Warnings va de un capitán insensato al frente de la nave que es el mundo, musicalmente puede antojarse demasiado ambiciosa, pero alberga momentos espectaculares. Y el final no es otra suite, sino tres temazos con vida propia entrelazados.

En cuanto a los temas de inspiración, más o menos son los recurrentes de McCartney: amor, optimismo, lo costumbrista, el planeta… y repetidas llamadas a aprovechar y vivir el momento. A veces es simplemente Happy with you, y otras no se explica lo que le está pasando. Y en cuanto al sonido, impecable y de una riqueza absoluta, como no podía ser de otra manera, no se podría permitir otra cosa el músico más admirado y exitoso de todos los tiempos.

Esta es la estación a la que nos ha llevado esta vez, en la que pararemos por un tiempo, por nuestra parte, con sumo placer. Aunque intuimos que el viaje no lleva trazas de detenerse. Quién sabe, todavía, con qué nuevos itinerarios nos puede sorprender, qué nuevas estaciones nos faltan por conocer. Pero ahora, más que contar y explicar de qué va ésta, se trata de que la gente entre y asista a lo que pasa en ella (Egypt Station está disponible en gran variedad de formatos y precios, al alcance de todo público), que disfrute o no, y que comente cómo le fue. Y en efecto, ya es un triunfo haber conseguido que tantos se hayan parado, que se esté escuchando mucho. Que es, al fin y al cabo, lo que más quiere todo genio al que no le flojea el ego: que le escuchen, y luego que hablen y digan. Su derecho tiene y bien ganado, por supuesto, Sir Paul McCartney.

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