Riga, gatos de otro tiempo

Bien que, en beneficio del planeta -y por supuesto del hotel-, aceptes que no te cambien las toallas todos los días. Pero que además consientas que no te hagan la habitación, ya parece que es beneficiar demasiado a la empresa, perdón, a la sostenibilidad planetaria. Se diría que, campanarios aparte, la plataforma que me sirve de estación base sea una de las alturas referencia de la ciudad. Se ve desde todos los sitios y está en mitad de todo. Se diría entre la memoria medieval y el esplendor decimonónico, pero también en su día estuvo en el meollo de la verbena soviética, cuando la vecina catedral ortodoxa fue una sala de conciertos y luego un restaurante.

La Federación Internacional de Baloncesto –FIBA por sus siglas- ha elegido también esta estación como centro de sus operaciones. Se celebra el campeonato de Europa sub18, y Riga acoge los partidos decisivos. España ha perdido con Montenegro en octavos, luego ya no tiene ninguna opción de medalla. Venían de ganar de calle todos los partidos en la fase de grupos, y jugaban contra unos que los habían perdido todos. Es Baloncesto. O es que no los entrena Pablo Laso, como me espeta divertido el espigado señor de polo gris con acreditación con quien subo en el ascensor.

La elegante Elizabetes Iela parece establecer una teórica línea divisoria entre épocas. Recorre a lo ancho el centro de Riga, bordea parques, exhibe fachadas y alberga varios de los emporios más distinguidos. Como el reputado restaurante Entresol, que como su nombre permite adivinar, fusiona comida española y letona. Lo dejaremos pasar, así que no sabremos si también se comerán los guisantes dentro de sus vainas, como se usa por aquí. O el Berga Bazars, una selecta galería comercial entregada al diseño, los buenos vinos y las cenas sosegadas, más o menos módicas según uno elija, pero siempre bien atendidas y acompañadas. Muy agradecida parada después de una sudorosa mañana, primero en el tren-sauna y después al pleno sol de las inusitadas playas de un, escribo bien, cálido Mar Báltico. Pobre clima por mucho que al empresario hotelero le estemos ahorrando las toallas.

Y es también esta calle Elizabetes la que prepara al visitante para la borrachera modernista. Por ella se aproxima uno a Alberta Iela, que podría aspirar a ser una de las más bonitas del mundo si no resultara frustrantemente breve. En efecto, serán unos 200 metros de fachadas de pura orfebrería, a cuál mejor rematada, a cuál más atrevida y original. El desfile lo encabeza mismamente el museo de Art Nouveau, con una torre estilo castillo de Disney que hubiera firmado Gaudí. El paso lo rompe algún toldo verde que indica que el edificio se encuentra en restauración. Es lo que tiene tanta perfección y detallismo, que continuamente requiere ponerlo a punto. Pero de la calle en cuestión, dice bastante que merecerá la pena repetir la visita varias veces. Aunque sea con la excusa de ir a la tienda para fumadores exquisitos que funciona justo allí.

Pero no sólo en esta calle ni en esta zona se pueden encontrar delicadezas modernistas. Por cierto, la mayoría obra de Eisenstein, el padre del director de El Acorazado Potemkin. Aparecen estos edificios por cualquier barrio o rincón, a veces insospechadamente. Y no hay uno que no obligue a pararse, a quedarse un rato mirándolo, como quien degusta un helado artesano. Es en pleno centro histórico donde habita el que alberga el emblema de Riga. El que se vende en camisetas, mecheros y figuritas de todo material: el gato negro encaramado en la punta del torreón. Un gato en postura arisca, porque no en vano fue el despecho el motivo de que el dueño de la casa hiciera esculpirlo y colocarlo ahí. Y dicen que el escultor se mató al despeñarse tejado abajo nada más terminar el encargo. Dicen tantas cosas… El caso que será el símbolo, pero, salvo éste, no recordaremos haber visto más gatos por allí. Quizás fueron de otro tiempo, como tantas cosas y hechos de esta vieja y curtida ciudad.

Letonia ha vencido a Rusia, con lo que eso significa aquí para una gente y la otra, y va a jugar la final el domingo. No sabemos si algunos de estos señores de polo gris con acreditación llegarán a verla en condiciones, porque ya de clara madrugada, se dejará sentir por el pasillo la juerga en las habitaciones. Y por lo que se oye, no está faltando de nada. Por lo demás, no hay que asustarse. El cartel Drogas aparece en muchos establecimientos, pero no es más que una cadena de… droguerías claro está, bueno, que también venden tabaco. El I Love You, junto a la Puerta de Suecia, presume de servir las mejores pizzas de la ciudad, y posiblemente sea así. Hemos estado con Aldaris, Cesu, Laclepsis, Zoltners, Mezpils… aunque ya dejamos claro en la primera entrega de esta historia que siempre volveremos con Vallmiermuiza. Y en el Rokkafejnica podemos dejar correr la noche y hacernos de rogar. ¿Qué nos va a faltar?

Sí, los gatos fueron de otra época en la que quizás hubo vida inteligente de verdad. Los despertares espesos dejan al menos lucidez para desandar por la soleada rivera, trastear por los tenderetes de las plazas y decidir que Nuestra Señora de los Dolores no será la más alta ni la más espectacular, pero sí la más amable y bonita de todas las iglesias que conviven aquí. El mundo es relativo, en unos sitios llaman cerros a alturas de más 4.000 metros, y aquí subimos a un montículo en el parque que llaman el Bastión de la Colina. Vemos arco iris en las fuentes, banderas en el horizonte y las cúpulas doradas de la ortodoxa recortadas sobre un cielo que ya avisa que no todo va a ser jauja en este verano ilógico y anormal.

Es que todo se acelera. Cuando se termina nuestro tiempo en Riga, parece que las horas encogen con el corazón, anochece a toda prisa y una explosiva tormenta pone en cuestión los toldos de todas estas terrazas. Sale despavorido el turismo de cenas al sereno, nos vamos enterando de cómo es la vida normal por aquí. ¿De qué, si no, todos esos tejados en punta? Nos falta camino y nos falta aire, aún no nos hemos ido y ya estamos echando de menos. Como a quien se le escapa la vida, en el Folkklubs me daré cuenta de lo tarde que es sin ni siquiera haber empezado. La ciudad hoy cierra implacable, cruelmente pronto. Letonia terminó perdiendo la final con Serbia, la temperatura no ha bajado, pero empieza a hacer mucho frío ahí dentro.

En el transbordador de vuelta coincidiremos con los chavalotes de la selección española sub18. Finalmente ganaron todos los partidos menos aquel dichoso con Montenegro, con lo que se quedaron novenos. Mientras los veo abrazarse y despedirse, me dará por imaginar si alguien viniera a despedirme a la lanzadera espacial. Es curioso, el viaje es de vuelta, y sin embargo parece sólo de ida.

…Y ya con los pies en la tierra comprendimos todo lo que habíamos dejado en el planeta Riga.

(FIN)

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