La estrella mediática del verano… muy negra

En términos de comunicación, una de las grandes aspiraciones de cualquier empresa, entidad u organización es, claro está, aparecer mucho y bien en los medios. Pero no sólo eso. Ser un referente, salir continuamente en primera plana exponiendo su punto de vista. Que cada acción o declaración que emita sea publicada profusamente y en espacios destacados. Que acudan a ella para solicitarle información u opinión sobre la actualidad. Que la inviten a los platós y a los estudios, que la hagan protagonista de cualquier espacio de tertulia o debate. Entonces podrá vanagloriarse por partida doble: de ser verdaderamente relevante y de que su estrategia de comunicación funciona y ha sido brillantemente llevada a cabo.

Es éste el caso de una entidad que, ya podemos afirmarlo, se ha erigido en la verdadera estrella mediática de este verano. Ha estado continuamente en el candelero, o como lo prefieran llamar. Al hilo de un viejo hecho puesto de rabiosa y prolongada actualidad en España, y aprovechando la menor caducidad de las noticias en época estival, ha sabido auparse y mantenerse en primera línea. El culebrón le ha venido de maravilla. Sus representantes han salido a discreción en todo tipo de prensa y medios audiovisuales, han dado entrevistas, participado en programas de máxima audiencia, exhibido sus caras, sus apellidos y sus opiniones. Su sonoro nombre y, sobre todo, sus ideas, han obtenido una difusión inusitada. Se ha dado, lo que se dice, un soberano baño mediático con sales y burbujas.

Pero lo llamativo es que esta “entidad”, a la que no vamos a nombrar para no alimentar más su propaganda, no es precisamente una organización que goce de una reputación bien ganada, que genere especial admiración entre el gran público. No se la conoce por éxito alguno. Ni por haber engendrado una sola idea brillante. No es de interés general, sino más bien todo lo contrario. No ha destacado por sus valores porque carece de ellos en una sociedad democrática. De representar, representa a una minoría entre las minorías. Tampoco puede decirse, ni mucho menos, que su mensaje sea inspirador. No hay constancia, por otro lado, de que hayan desplegado un enorme presupuesto para su campaña de comunicación, y desde luego no debería tener recursos para acometer ese dispendio. Pero quién sabe, o ya se sabrá…

Lo cierto es que casi todas las cabeceras, cadenas y plataformas informativas de este país les han otorgado un protagonismo desmedido. Una presencia que ni ellos mismos hubieran imaginado, aunque eso no lo reconocerán. Su ideario, pobre y trasnochado, ha gozado de inusitados amplificadores para extenderse y llegar a mucha gente. Se han visto en pantallas, atalayas y púlpitos que no se les ofrecían desde hace al menos, pongamos, 40 años. Y, lógicamente, han aprovechado la impagable oportunidad para difundir su discurso. Que, volvemos a repetir, concita hoy a muy poca gente, pero por lo grueso y copioso de su reproducción, se diría que goza de una acogida mucho mayor. Un discurso que no es en absoluto ajustado ni a la historia ni a la realidad de hoy. Por no decir que es básicamente mentiroso y malintencionado. Pero ya se sabe, y ellos saben, que lo muy machaconamente repetido tiene más oportunidades de ser más creído.

Lo que cabe preguntarse es cómo es posible que suceda esto. En qué están pensando nuestros grandes medios de comunicación, esto es, sus responsables. Ya sabemos que, en demasiados casos ya, el espectáculo prima sobre el rigor informativo con tal de conquistar clics, lectores y audiencia. Pero es que quizás estamos pasando la raya, si no la hemos pasado ya hace tiempo. Una cosa es informar y otra entretener. Pero ninguna de esas fórmulas es compatible con deformar. Y la credibilidad no se puede ponerse a subasta, y tan barata.

Imagino que no costará demasiado deducir a qué entidad y a qué hechos de actualidad nos estamos refiriendo. Y si no, echen un vistazo alrededor. Están por todas partes.

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