Marte, Venus y Riga

¿Hay vida en Marte? Esta pregunta la planteó David Bowie en la letra inglesa que propuso para la canción que, en su versión original en francés, se titulaba “Comme d’habitude”. Finalmente fue “My Way”, escrita por Paul Anka, para gloria universal pero íntima furia de Frank Sinatra, que la cantaba por los escenarios de todo el mundo y la odiaba sin contemplaciones. Y es la pregunta que nos hacemos cada vez que las agencias espaciales revelan que han hecho un nuevo descubrimiento en el vecino planeta rojo, generalmente lagos sumergidos, de agua posiblemente líquida y salada. Que tal vez contenga microbios, signo inequívoco de que algo vivo se está moviendo. Otra cosa es que esa vida sea inteligente, según la entendemos en la Tierra. Y si hay amor, que es la forma más elevada y sin embargo menos usada de la inteligencia.

Miramos hacia el otro lado del horizonte, pongamos una noche de eclipse lunar, y está Venus. Inmóvil, azul y caliente. De este planeta ya no nos hacemos preguntas esperanzadoras. A pesar del nombre sugerente que le hemos dado y de su brillo sereno, su impronta engaña totalmente. Las temperaturas abrasadoras por su proximidad al Sol y sus gases invernadero hacen inviable cualquier intento que se precie de vida, ya sean microbios, inteligencia o amor. Es curioso que representemos el azul asociado al frío y el rojo al calor, cuando Marte y Venus nos dicen exactamente lo contrario. Marte tiene cañones y lechos que hacen presumir la posibilidad de grandes ríos. Venus, de haber tenido agua -y dicen que grandes océanos-, se le evaporó hace 700 millones de años. Pudo vivir algo allí, pero ya no se le espera.

Así que nos queda Marte. Podrá haber vida, tal vez inteligencia y amor allí, pero los vuelos no serán directos. Harán escalas interminables e imposibles, como cuando pretendes volar a países sin conexiones al uso, y tienes que pasar días enteros en Ámsterdam, en Zúrich o en Frankfurt, según la compañía que te lleve. A ese punto anaranjado suspendido en la noche no se llegará de cualquier manera, ni siquiera vía un módico transbordo en la Luna. Los artilugios que la humanidad ha enviado sucesivamente hasta allí llevaban, todos, únicamente billete de ida. Así no estamos acostumbrados a viajar la mayoría de los mortales del mundo civilizado. Están los que sí deben afrontar tránsitos sin retorno todos los días, pero no por gusto, placer ni propia elección. Y, por lo general, tampoco son bien recibidos en sus planetas de destino. Porque, en efecto, más que migrar a otro país, parece que han huido a otro planeta. Tan inhóspito como Marte, tan insufrible como Venus.

Los que aún podemos viajar y no huir, pero no nos atrevemos a salir de la atmósfera terrestre, buscamos otros destinos posibles. En el mundo quedan ciudades aún no visitadas por multitudes, que incluso pueden asemejar planetas y hasta pueden tener nombre de tal. No sólo hay vida, es que tuvieron muchas vidas y hoy disfrutan una nueva que será distinta de la que conocerán. Crecen entre cúpulas ancestrales, agujas inmemoriales, modernismos que fueron y realidades inéditas que emergen. Repasan su Historia y da vértigo, aunque no haga falta hablar de millones de años. Y a lo largo de ese trayecto por su tiempo vieron evaporarse y volver a fluir elementos vitales como la libertad, la cultura o el desarrollo económico. Y, sobre todo, más que mostrar signos de vida, saben vivir. Seguramente valga la pena conocer estos otros planetas.

¿Hay vida en Marte? No lo sabemos. ¿Hay vida, inteligencia y amor en Riga? Esperamos que sí…

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