París bien vale… Croacia sueña

Es el fútbol de hoy. Si el Mundial 2018 volviera a empezar el lunes que viene -no se agobien los anti futboleros, eso no va a pasar- con los mismos equipos, los mismos grupos… posiblemente el resultado sería completamente diferente. Como si se repartieran otra vez las cartas, los ases cayeran donde antes salieron los caballos, las damas donde los “sietes”… Pero más acá del territorio de las suposiciones, el Mundial de Rusia es el que ha sido. Y con las cartas que se repartieron hace un mes, Francia y Croacia han sido las que mejor las han jugado. Por eso estarán, merecidamente, en la gran final del domingo.

Francia es historia del fútbol, pero no por sus equipos o su liga, sino por su selección nacional. Podríamos decir que todo lo contrario que Inglaterra, que dicho sea de paso, en Rusia puede haber empezado a encontrar un camino a seguir en el futuro. Pero hablamos de Francia. Los bleus tienen la estrella de campeones del mundo en 1998, jugarán su tercera final en 20 años, fueron semifinalistas en Suecia 58, España 82, México 86, han ganado dos Eurocopas… De Kopa y Fontaine a Zidane y Henry, pasando por Platini y Giresse… Con diferentes propuestas, eléctricas en un tiempo, exquisitas en otro, o decididamente atléticas… Fueron quizás la primera selección europea en aceptar la diversidad étnica de su sociedad, hay están Tresor o Janvion en los cromos viejos, cuando eso en las formaciones alemanas o inglesas era inimaginable. Han sido bandera de los mundiales y aquí están otra vez.

En el otro lado, Croacia. No es el país más pequeño que ha llegado a una final mundialista, porque ahí estará siempre Uruguay. Pero sí, por ahora y con diferencia, es el país más joven. Y también, seguramente, el más pequeño futbolísticamente hablando, porque la Oriental es inmensa con sus 3,4 millones de futbolistas y escritores. Pero los balcánicos no son tan nuevos en esto. Cuando la situación geopolítica era otra y los croatas jugaban en la Yugoslavia plavi (azul), ya dejaron sus antecedentes. Ivica Surjak e Ivan Buljan daban calidad y carácter a aquella selección entrenada por Miljan Mijanic -montenegrino- en Alemania 74, que privó de la cita a España con el fatídico gol de Katalinski -este era bosnio. Luego Suker, Boban y Prosinecki formaron parte de la Yugoslavia campeona del mundo juvenil en 1987, que estaba llamada a alcanzar grandes metas, pero se interpuso la llamada de la guerra. Estos tres, 11 años más viejos, ya con la ajedrezada rojiblanca -el mantel, que decían los argentinos-, le endosaron un 3-0 a Alemania en cuartos y acariciaron la final de Francia 98… se lo impidió Francia.

Pero la historia no escribe el presente, si acaso lo inspira a veces. Hoy los franceses se presentan con un plantel exultante. Se puede decir que el más completo de este Mundial. Su defensa es férrea, alta y bien organizada, su medio campo poderoso, y el mayor talento lo concentran arriba, con una dupla Griezmann y Mbappé de la que nadie -ni Brasil– puede presumir hoy día. Parecería que lo tienen todo para arrasar, y sin embargo se han limitado a sacar los partidos adelante. Quizás por suficiencia, quizás por cierto ramalazo timorato de su entrenador, han optado por amagar y no dar en partidos en los que, con resultado a favor y espacios para correr, podían haber marcado mayor diferencia. Con el arsenal que atesoran, siempre han dado la sensación de poder dar más de sí, pero también es verdad que Deschamps optó por centrocampistas más musculosos que creativos. De momento, les ha sobrado con eso. Quién sabe si reservan sus mejores esencias para el domingo en Moscú.

Croacia, por su parte, ha tirado de rebeldía y de su espíritu irreductible para llegar hasta aquí. No es lo único que tienen, pero es una virtud consustancial a su carácter. Cierto que nunca les faltó talento, y ese don quien mejor lo encarna hoy es aquel niño que vivió penalidades pero soñaba con parecerse a Johan Cruyff, y hoy es Luka Modric, en el momento de su vida. Tienen otros buenos futbolistas, por supuesto Ivan Rakitic, buena base técnica en general, porque en los países balcánicos los fundamentos siempre se han enseñado bien. Pero ha sido su capacidad de sufrimiento lo que los ha mantenido a flote. Y también lo que les ha minado. Llegan en estado físico precario, con 90 minutos más jugados y un día menos de descanso que su rival. Comparados ambos finalistas, uno tan imponente y el otro tan limitado en recursos, en lo único en lo que Croacia supera a Francia es en la creatividad de su centro del campo. Esa es una de las armas que deberían explotar. La otra es la ilusión, de la que nadie les puede privar.

En fin, las finales de los Mundiales siempre son grandes, aunque no enfrenten a dos super potencias del fútbol. Ésta nos va a deparar el duelo entre una histórica y una nueva. Una en estado de exuberancia y otra con lo puesto. Unos sanísimos, otros maltrechos. Un seleccionador que gana seis veces más que el otro. Una nación grande y orgullosa frente a una pequeña y si cabe más orgullosa. Pero toda Croacia cabría en París. Quien conoce sus respectivas capitales, sabe bien el contraste. Una se sabe espectacular y admirada, brilla en el mapa a vista de satélite; Zagreb, señorial en su obligada modestia, pide a gritos manos de pintura y que le saquen brillo a su piedra. Más o menos, esa diferencia es la que se vislumbra a priori entre ambos equipos. Lo que pasa es que quien ha visitado Croacia sabe de lo que es capaz esa gente. Si los franceses construyeron grandes palacios en sus ciudades, los primeros pobladores de la costa dálmata levantaron una ciudad, Split, dentro de un palacio romano. Y seguro que no les faltan arrestos para intentar levantar otra. O tomar París -futbolísticamente hablando- y dejarla muda durante 90, 120 minutos… ¿o cuatro años? Los sueños, sueños son… pero se puede soñar.

Un Francia-Croacia, ¿quién nos lo iba a decir en la final de un Mundial? Está claro, pocos dudan quién parte como favorita. Pero nos queda por destapar la última carta que se repartió. Y esto es fútbol, amigos.

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