Un Iniesta en la vida

Que haya ganado o no el Balón de Oro poco importa en realidad, pero hay que decir que Andrés Iniesta lo ganó. Lo que pasó en aquella edición de 2010 fue que la Gazzetta Dello Sport lo filtró unas semanas antes (léase), y eso no le hizo ninguna gracia a Blatter, que decidió “reorganizar” las votaciones. Por entonces, la FIFA co-organizaba el evento, y se encargaba de los votos de los seleccionadores y los capitanes. También el diario deportivo italiano había revelado que el premio al mejor entrenador sería para Vicente del Bosque (léase), como correspondía normalmente al que había ganado el Mundial. El día de la gala, chistera y sorpresa: Messi y Mourinho. Por eso, más que pedir perdón ahora, la revista France Football sabe muy bien lo que pasó. De nuevo dueña exclusiva del premio, lucha desesperadamente por recuperar la credibilidad que entre unos y otros dilapidaron. Pero tiene muy difícil conseguirlo.

Pero ya digo que da igual. Lo mismo que a los directores de cine se les recuerda por sus películas y no por los óscares que ganaron, de los deportistas quedan los títulos, las gestas y, sobre todo, la impresión que dejaron. Y el recuerdo de Iniesta es intachable en la trayectoria y emocionante en la sensación. No hace falta abundar más en lo que ha dado y regalado, ya está escrito, dicho, grabado y cualquiera lo puede ver y recrearse. Entre la nómina de ases mundiales que ha ido reuniendo el deporte español, pocos han tenido además la virtud de ser queridos por todo el mundo. Por lo que nos ha dado. Pero, sobre todo, por cómo es. “Iniesta de mi vida”, que dijo Camacho, que suscribimos tantos ese día y hasta hoy.

Yo simplemente voy a recordar un detalle, que me dejó marcado de él. Que un futbolista esté disputando la final de un Mundial, el partido más grande que se puede jugar. Que después de 116 minutos de tensión y dura lucha, a un suspiro de final, agarre un balón franco y marque el gol más importante de su carrera y de la historia del fútbol español. Y que en plena adrenalina desbocada, con las pulsaciones a 220, aún tenga lucidez y corazón para acordarse de que debajo de la roja llevaba la camiseta dedicada a su amigo Dani Jarque, la muestre a todo el mundo en medio de todo aquel éxtasis… No hay palabras que califiquen el gesto. Qué Clase de Persona con mayúsculas hay que ser.

¿A cuántos se le olvida la dedicatoria que prometieron, siquiera cuando meten un gol en Liga? Sí, más que amueblada, esa es una cabeza como un palacio real. Ayer dio una muestra más de su categoría. Estamos acostumbrados a que las celebridades que se despiden comparezcan, lean un escueto comunicado, esbocen un puchero o derrochen un manantial de lágrimas, y se marchen por la puerta. Andrés afrontó el trance con todas las consecuencias. Lo paso mal, pero tuvo la entereza y el coraje de aceptar todas las preguntas que los periodistas le quisieron hacer, las respondió una por una. No he visto que la prensa se lo haya agradecido. Y cuánto nos quejamos, y sin embargo aceptamos, cuando tan a menudo nos niegan el derecho a preguntar.

Bueno, Iniesta no se retira, simplemente ha anunciado que se va del Barça. Pero ya sabemos, él sabe, que es la antesala. No soy, siempre lo digo, de los que se cree con derecho a decirles a los grandes cómo se tienen que ir. Se han ganado el derecho a elegir la forma de hacerlo. Les saldrá mejor o peor. Quedarán muy dignos o les dirán que se arrastran. Jugarán hasta los 40 años primeras rondas de torneos como Jimmy Connors, lucharán heroicamente contra el destino como Eddy Merckx, se irán en lo más alto como Michael Jordan y después insospechadamente volverán, renunciarán a la primera sombra de duda como Miguel Induráin, aceptarán jugar en el equipo que les fiche como Johan Cruyff… Cada uno es como es, y así se manifiesta en el momento quizás más difícil de su carrera, que de alguna manera define a la persona más que al deportista. Unos fueron exuberantes y pasionales, otros estrictos y metódicos. Iniesta es sencillamente un genio en el campo y genialmente sencillo en la vida. En tiempos y semanas convulsas como la que hemos tenido, como serán las que vengan, reconforta al menos acordarse de que hemos tenido un Iniesta en la vida. Y le tenemos. Nos queda un Mundial…

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