Politiza, que es presente

Vivimos en el país en el que tenemos la singular habilidad de convertirlo todo en política. La educación, la ciencia, la cultura, el periódico que compras, el escritor al que lees, el arte que disfrutas… Todo te significa, todo se interpreta. Y por supuesto, el fútbol. Se queja el periodista deportivo de que hoy se celebra la final de Copa y de lo que menos se habla es del partido que se va a jugar. Pero que no se engañe el periodista deportivo, porque él mismo sigue la corriente a los periodistas no deportivos, y termina dándole da más cobertura informativa a los hechos que rodean al evento que al evento en sí.

Cierto que el vicio no es exclusivamente nuestro. El evento deportivo más universal, los Juegos Olímpicos, concebidos precisamente para promover la unión y la concordia a través del deporte, es precisamente el más politizado y el que más desune. Pero puestos a politizar, ese juego a los españoles nos viene como un guante. Y, en concreto, la final Copa del Rey ha derivado en un acontecimiento de alto componente político desde hace años, simplemente por el hecho -casualidad nada casual- de que reiteradamente la viene jugando un determinado equipo.

SI tiramos un poco de memoria, el FC Barcelona ganó la Copa en el Bernabéu, por ejemplo, en 1971 -con Franco-, en 1978 -gobernaba la UCD-, en 1988 -el PSOE en el poder- y en 1997 -con el PP. Y no pasó nada, nadie se rasgó las vestiduras. Hasta que algún iluminado -entiéndase directivos de club forofos o venidos a más- empezó a vender la idea de que ganarla en terreno del eterno rival era poner una pica en Flandes y que, por correspondencia, ver al enemigo ganarla en tu casa es una ofensa. La insidia se fue retroalimentado, y hoy el Real Madrid no organiza en su estadio ni la final de Eurovisión, por lo que pueda suceder. Sí, esto sólo pasa en España.

Pero como las cosas siempre se pueden liar y complicar más, vino la política. Mejor dicho, estaba implícitamente en el fondo del asunto, pero ahora ya se manifiesta de forma explícita y sin complejos. Y aquí ya entramos en los juegos de intereses, y muy concretamente, de lo que interesa contar. Ignoro si en aquellas finales que he mencionado, y en otras muchas que el Barça ha jugado en otros estadios, los aficionados culés pitaron el himno nacional, si lo hicieron unos pocos, si fue mayoritariamente. No consta, o al menos no se informó. Pero a partir de una cierta final – la que jugaron en 2009 en Valencia-, se hizo muy patente la pitada. Se cesó al director de deportes de TVE, que al parecer decidió que aquello no debía emitirse en directo. Lo censuró, con la intención de que no nos enterásemos, y lo que consiguió fue amplificarlo.

Desde entonces, todo ha ido a peor. Evidentemente, porque la situación política en Cataluña y en España ha ido por los derroteros que ya conocemos.  Y entretanto, año tras año, también es “mala suerte”, el Barcelona sigue llegando a finales. Pero también porque parece que interesa que suceda. Muchos de los políticos y medios de comunicación que desde semanas antes vienen avisando, previniendo y hasta amenazando con la que se va a armar, se diría que en el fondo están deseando que se arme. Para el periodismo es una noticia “wow”, tan necesitado como está de ellas. Para la clase política de una y otra parte, una preciosa oportunidad para justificarse y darse un baño de protagonismo.

Porque si ya saben que en cuanto asome el Rey y arranquen los acordes va a empezar la sonata de viento en las gradas, ¿para que lo anuncian encima? Para darle más difusión. Para echarle más gasolina al fuego. Porque es verdad que la escena molesta y duele a mucha gente que la ve por televisión, pero también lo es que a ciertos intereses políticos les conviene que ocurra. Simple y miserablemente, porque entienden que tanto el acto de ofensa de unos como el sentimiento ofendido de los otros va a generar más adhesión popular hacia los respectivos y sus tesis. Si desde un mes antes se les viene diciendo ¡Cuidado con pitar el himno!, ellos entenderán ¡Pitadlo más fuerte! Y así sucede inevitablemente, y en ambos frentes se frotan las manos.

Si se informara con normalidad. Si no se hablara tan profusamente del asunto en las informaciones previas… Si en directo se emitiera con transparencia, contando exactamente lo que pasa durante ese minuto, y luego lo que pasa en los 90 siguientes y después… Si las páginas del día siguiente dedicaran el espacio correspondiente a la crónica deportiva y el que toca a la crónica de ambiente… en vez de editoriales a toda plana. A lo mejor conseguiríamos minimizar el fenómeno, o reducirlo a lo que realmente es. Quién sabe si pocos o si tal vez muchos se cansarían de pitar, o se olvidarían un día, o darían en considerar que hay otros escenarios más adecuados para expresar sus opiniones y sentimientos, los que sean. Pero no. Aquí lo que interesa es azuzar y confrontar. Politiza, que es presente. Y alguien algo ganará.

“El que no se interesa por la política es un insensato, pero el que todo lo convierte en política es un imbécil”. Siempre creí que la frase era de Ortega y Gasset, pero como no consigo encontrarla entre sus citas ni tampoco la veo atribuida a otro, deberé pensar que la soñé, antes que atribuírmela a mí mismo, que eso sí que no. En cualquier caso, la suscribo. Y lamentablemente, me temo que hoy vamos a ser un poco más imbéciles.

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