Una mañana…

Una mañana. Inusualmente soleada en la ciudad gris brillante. Había noticia, se iban enterando. Ayer un hombre mayor se marchó. Y nadie lloró. No hacía falta. Siguieron los paisanos paseando su vida por las calzadas bien pulidas. Rindieron respeto por la tierra húmeda y por los prados que pisó. A él no le hubiera gustado verlos llorar.

Una mañana de abril. La piedra entumecida se despertó. Ya sabía, se fueron contando. El hombre que esperaba dejó de esperar. Nadie se echó a llorar. Algunos pocos subieron a saludarle por última vez. Se sentaron a su alrededor. A repetir quizás alguna de esas historias de gigantes que él les contó. Y hasta esbozaron alguna sonrisa reparadora. No hacía falta llorar.

Pasé la noche. A expensas de un viaje por el tiempo que me ayudara a no dormir. Rebuscando entre los recuerdos alguno que me pusiera a llorar. No lo encontré. Navegué en las sombras y llegué hasta el lugar. Allí, enfrente me quedé. El silencio se dejó acompañar. No era llanto lo que él me pidió.

Una mañana. Se expandía reluciente la vetusta desde la montaña final. Regalaba sus mejores vistas por el hombre que ayer la viera por última vez. No lloró la ciudad. Dejó casi mil árboles inmóviles y sus altas agujas quietas, presentes. Para que las viéramos. Para que supiéramos que iban a estar siempre ahí. No había que llorar.

Una mañana luminosa. Que animaba a disipar la tristeza. La ciudad empapada había hecho un alto en su perenne lluvia. Por el hombre mayor que ayer dejara su última poderosa huella. Las bien halladas fachadas relucían. Entre las flores, un lazo dorado con una dedicatoria: “de tu esposa”. Ella tampoco lloró. Ni se sabe que lo haya hecho hasta posiblemente hoy.

Pasará este día. No subirá hoy la cuesta como cada tarde después de comer. No bajará aturdido esperando la hora de subir otra vez. Se terminaron las diarias idas y venidas al purgatorio. La tortura asumida y solitaria. Era su obligación y la cumplió hasta el final.

Pasarán más días. Ella seguirá esperándole en sus nubes y sus sueños. A la misma hora, se apostará en el pasillo ante el ascensor. Y la mirada se le volverá a oscurecer. Entonces elegirá no conocer. Tampoco llorar. No era pena lo que él le pidió.

Una mañana. La noche había sido dura. Había dejado litros de vacío y alma encogida. Cuando desperezó el día, se esforzó por desprender toda su luz. Él se marchó. Pero nos dejó su ciudad resplandeciente y orgullosa para que queramos visitarle muchos años más. No era para llorar.

Una mañana como hoy…

P.D. No dice lo mismo, pero es verdad que esta canción me ha ayudado a escribir esta pequeña, sin embargo muy grande historia. Neil Diamond – Morningside

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