El Estado del Carnaval

Era un Estado propio, singular, intransferible. Y a la vez era un estado de seminconsciencia, abotargamiento y piernas pesadas. Donde la miseria se disfrazaba de grandeza, la dignidad de indiferencia y la pena de autocomplacencia. Una nación próspera en su ignorancia, feliz de no reconocer nada, ni siquiera reconocerse a sí misma. Una sociedad entregada a encendidos debates sobre cuestiones que no les afectaban ni les importaban. Se los tomaban muy a pecho. Y mientras, la vida pasaba. Y les pasaba, pero eso era inevitable, estaba escrito y qué se le iba a hacer.

Un Estado enardecido, un estado de depresión. Una moral sospechosa pero bien entendida, que escribía en la pizarra la lista de lo aceptable y consentido, y obviaba lo decididamente peligroso, que nadie debía ni siquiera vislumbrar. Un discurso simplón pero redondo, bien armado, que la gente se aprendía y le servía para explicarse absolutamente todo lo que sucediera alrededor o le sucediera a sí mismo. No mirarse de cerca que puede hacer daño y quién sabe lo que puede uno descubrir, mejor hablar de lo que pase allí lejos, aquellos escándalos intolerables que nos dejen bien tranquilos, satisfechos, conformes con lo que se da.

Era una patria dócil, bien aleccionada. Estaba bien entendido lo que debía ir en las portadas y lo que no, nunca, debiera aparecer. Las leyes que debían aprobarse, que nadie necesitaba, pero que la gente pedía y vitoreaba. Lo que debía preocupar, y sobre todo ocupar, a esa opinión pública. Un pueblo feudal, adocenado, que ni quitaba ni ponía rey, pero ayudaba a su señor. Y siempre esperará a que ese su señor un día se lo reconozca y se lo premie, puedan pasar años, lustros… pueda pasar toda la vida sin que se acuerde, ni repare en quién fue. Pero le seguirá ayudando y, si es necesario, delatará al traidor. Aunque sea su hermano, le entregará orgulloso el trofeo.

Un país encantado, en el que todos querían vivir. Los servicios públicos dilapidados, las infraestructuras arruinadas, la población empobrecida, las luces apagadas y bien custodiadas por si las pretendieran encender. Pero un Estado de la decencia y el orden, que nadie se atrevía a cuestionar, siempre atentos sus valedores a ningunear o silenciar cualquier atisbo de deslealtad y, si procede, a desagraviarle de cualquier deshonra. Una educación en valores, sin asignaturas que distraigan (sic), que fije bien los cimientos de un pensamiento coherente y sin fisuras, a salvo de inteligencias dudosas.

Era un país disfrazado, en el que ningún tren salía ni llegaba a tiempo, ni esperanza de llegar a la estación siquiera más cercana, la más al alcance. Y a nadie le preocupaba, ya qué más daba. Cercenado a tiempo cualquier proyecto innovador e ilusionante, pero un presidente que instaba a sus ciudadanos a ahorrar, aprovechando que eran “buenos tiempos”. Un padre de familia que educaba a sus hijos en la austeridad y la precariedad alimenticia, porque él ya se lo había gastado y se lo había comido todo. Pero hay que ver esa niña, que había soltado una palabra muy fea. Y todos de acuerdo, que la castiguen, que la echen de casa a esa ingrata y repelente, que es una “carga para el Estado”.

Sí, era un Estado enmascarado, y a la vez un estado de profundo abatimiento. Ya no se acordaban ni de lo que eran, la fiesta había durado demasiado. Nos habían prestado un disfraz, nos lo habíamos creído, y ya no éramos capaces de quitárnoslo y volver a la realidad. Por mucho tiempo nos tocaría vivir en el Estado del Carnaval.

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