El juego de la reputación

No puedo estar más de acuerdo. Mi amigo y maestro Pepe Romero firmaba en El Mundo, el domingo pasado, este artículo, “La reputación en juego”, en el que defendía el papel de los medios de comunicación en los tiempos que corren. Afirma en él que “los medios de comunicación siguen siendo estratégicos en la comunicación en general y en la empresarial”. No se trata de excusatio non petita, porque la acusatio ya es manifesta a muchos niveles: se cuestiona hoy día su relevancia y su utilidad, ante la masiva y casi enfermiza -eso lo digo yo- asimilación de las redes sociales como vehículo de información.

Apoyado en solventes datos y en su plena convicción, el director de Comunicación de Vodafone España argumenta la vigencia de los medios en nuestra sociedad como garantes de la información rigurosa, ante la sobreinformación que nos inunda. Y apela a la responsabilidad, compartida entre medios y empresas, a fin de preservar la credibilidad que distingue la información de calidad de la desinformación. Sin ponerle una coma, simplemente me voy a permitir añadir algunas ideas, que en realidad no hacen más que abundar. Y aunque puedan parecer más atrevidas, sólo lo parecen:

Las redes sociales nunca fueron medios de comunicación. Es que el gran error ha sido y es otorgarles ese rol. Debería parecer una obviedad decirlo, pero reconozcamos que se ha equivocado mucha gente, muchas empresas, instituciones y hasta no pocos periodistas y medios informativos. Los canales sociales sirven, y mucho, para conectarse, relacionarse, para difundir contenidos y mensajes sin barreras ni intermediarios, para encontrar al público objetivo y comunicarse directa y retroactivamente con él, segmentar audiencias, compartir intereses… Y para muchas cosas más. Todo esto es impagable. Pero en ningún caso son medios a través de los que informarse. No existe discriminación entre lo que circula por la red, ni en términos de calidad ni de veracidad. Como no la hay en un patio de vecinos. ¿Nos explicaríamos lo que pasa en Corea del Norte o en Cuenca por lo que dice el del quinto? Valoramos que el receptor tenga la posibilidad de erigirse en emisor, pero cabe el riesgo de lo que ya denunció Umberto Eco, que el imbécil tenga la misma capacidad de expresarse que el Premio Nobel. Pues así es, pero no por ello hay que hacerle más caso.

Los medios tampoco son redes sociales. Ellos, o quizás más exactamente las empresas editoras, también tienen su parte de culpa en esta desorientación de la audiencia. Seducidos por el poder de la red o presionados por la exigencia de estar a la última, algunos, a veces, han tratado de asemejarse más a un perfil de red social que a un medio de información propiamente dicho, y se han decantado por informar más en “estilo Twitter”, pongamos por caso, que en estilo periodístico. Se escribe demasiado a menudo para Internet y no para el lector -o para el algoritmo de Google, si quieren que sea más preciso. Se tiene más a mano el manual de SEO que la agenda de fuentes fidedignas. Muchas redacciones de grandes medios de hoy están presididas por grandes pantallas en las que se monitoriza en tiempo real el impacto de todo lo que publican… en términos de clics. Ese es el sucedáneo de credibilidad por el que viven y se desviven, el big data que, bien articulado y presentado, permita mostrar potentes gráficas con las que seducir a potenciales anunciantes.

A propósito de la responsabilidad. Efectivamente, es necesaria una llamada a la responsabilidad. La de los medios y sus editores, por un lado. Y la de los entes que comunican, por otro. Unos han de ser rigurosos a la hora de seleccionar, contrastar, elaborar y presentar la información, luego la interpretación y en última instancia la opinión; los otros, esforzarse por ser relevantes a la vez que honestos en los contenidos que difunden y ofrecen, respetando escrupulosamente la máxima de que el medio tiene siempre la última palabra respecto de lo que publica o emite. Dos premisas serían fundamentales para cimentar esta relación fructífera: una, hoy lamentablemente lejana, que los medios disfruten de una al menos razonable independencia económica, a fin de que puedan actuar con criterio exclusivamente informativo y de servicio a su audiencia; la otra, no más fácil, que el directivo o el dirigente en cuestión -político, empresarial…-, bien asesorado por su agencia, director o asesor de Comunicación, no se complazca con verse divinamente retratado en un espacio de referencia de un medio clave, sin más mérito que el simple y mezquino de haber pagado por ello o haber ejercido determinada presión. Que sepa, sea consciente, de que más que ensalzarlo, estas prácticas terminarán por arruinar su prestigio.

Y por último, educación. Si queremos que este juego de caballeros entre medios de comunicación y entidades comunicadoras ayude a construir una sociedad verdaderamente informada y formada, lo que recíprocamente alimentará nuestra credibilidad y reputación, necesitamos fomentar audiencias maduras, críticas y selectivas. Que sepan diferenciar la calidad de lo ínfimo, lo veraz de lo falaz, lo objetivo y lo honestamente subjetivo de lo interesado, perverso y dirigido. Principalmente es una cuestión de educación desde la más tierna infancia, y ya sería hora de que alguien lo aborde con seriedad. Pero también ayudaría en buena medida que los emisores -directos e indirectos- cuidemos bien los productos que invitamos a consumir a nuestros públicos. Que sean apetecibles, pero además saludables. Las redes sociales no van a educarles, no están para eso. Pero los periodistas y los comunicadores, bien respaldados por sus organizaciones, sí podrían hacer mucho. Es cuestión de proponérnoslo, todos.

Y para que se vea que no digo nada muy diferente, concluyo este post casi igual que Pepe Romero su artículo: el juego de la reputación es de todos. Y tenemos mucho que ganar, muchos…

 

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