Estado de golpe

 “A quien me pida la palabra, no se la daré” es una frase que queda para los anales de la democracia parlamentaria, pronunciada por la presidenta del parlamento catalán, Carme Forcadell. Pero claro, cuando se escucha al presidente del Gobierno advertir de que “no menosprecien la fuerza de la democracia española”, se nos viene a la mente el mismo Darth Vader hablándole a su hijo. Ciertamente, asistimos atónitos y con “fofobra” -palabra del propio Mariano Rajoy– a los acontecimientos de estos días, en los que el proceso soberanista catalán ha dado un salto no de calidad, sino de cantidad. Porque lo vivido esta semana, no es sino todo el sinsentido de estos últimos años elevado a la enésima potencia. Y la sobreabundancia llega al mensaje. “España no es un régimen democrático”, ha clamado el president Carles Puigdemont. “La democracia ha muerto en Cataluña”, ha sentenciado Soraya Sáenz de Santamaría. O la diputada del parlament Ángels Martínez, quien sostiene que la bandera española “fue impuesta por las armas”, aclárese que refiriéndose a la constitucional, no a la del aguilucho. Son sólo algunos ejemplos de estos días, hay muchos más…

Dijo Winston Churchill que “la democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”. Pero eso a algunos, en estos tiempos y en estas latitudes, les debe sonar a chino más que a inglés. ¿Pero qué decía ese buen hombre? Más bien se impone en nuestros días el principio de Thomas Jefferson, quien afirmaba que “la democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%”. Y poco sabía aquel presidente norteamericano de los actuales sistemas de elección proporcional, que a veces hacen posible que los que consiguen el 49% de los votos obtengan el 51% de los escaños, y se crean con pleno derecho a actuar como si ostentaran el 100%.

Sea como fuere, los que pretenden descabalgar, derrotar y si es posible desterrar al oponente político, recurren al lenguaje radical, y su principal arma dialéctica es el mensaje irracional. Dicen los expertos en consumidores y sus hábitos que a menudo las personas decidimos con la emoción, y luego lo justificamos con la razón. Pero esto es cierto no sólo cuando nos comprarnos un teléfono o una camisa. Hoy el líder político, y sus dilectos asesores, saben que un discurso que apele a la fibra emotiva será más efectivo que discurso reflexivo, racional y que aspire a poner las cosas sensatamente en su sitio. Por ello, no sólo en el marco de este proces, sino en cualquier otro encendido debate político, asistimos a esta clase de aberraciones. Que no se sostienen por sí mismas ni por ningún sitio, pero que son las generan adhesión. Y esa audiencia adicta la jalea, celebra y repite luego en el bar o airea en sus patios sociales.

Leídos estos días en los titulares de prensa, escuchadas en los directos de radio, una detrás de otra o sobre otra, las anteriores aseveraciones de Rajoy, Puigdemont y compañía no habrán sobresaltado más de la cuenta a casi nadie. Más allá de su vehemencia y rotundidad, no deja de ser lo natural, lo que se espera de estos actores políticos en el clima de tensión que se vive en torno al conflicto catalán -que hace años se decía “el tema catalán”, pero entre todos han conseguido que aquel concepto se quede ya muy corto. Pero leídos detenidamente, uno por uno y por separado, todos ellos son mensajes nefastos. Reflexión y argumentación, ninguna; mala intención y ganas de hacer daño, todas. Más que comunicar, buscan golpear, dar la sensación de que provocarán el KO en el rival. Lo que pasa, y también ellos lo saben, es que nunca lo consiguen. Sólo sirven para reafirmar a su fiel audiencia. El adversario responderá con otro mamporro dialéctico si puede más fuerte, más irracional y más soez, que conseguirá exactamente lo mismo entre los suyos. Y como en aquellas peleas demenciales de Matrix, no se va a parar, seguirá más y más fuerte. Seguiremos asistiendo a nuevas, poco ingeniosas pero inmensas “potadas” -otórguese el copyright a la vicepresidenta del Gobierno.

Sostienen algunos analistas que lo que se ha perpetrado estos días en Cataluña es un golpe de estado, sin tanques ni generales, pero con todos sus aditamentos desde el punto de vista de asalto a lo legalmente constituido. No vamos a entrar a negarlo ni afirmarlo nosotros, pero lo que sí tenemos con certeza es un estado de golpe. Lo que importa a unos y a otros es el impacto momentáneo, sonoro o visual, como clavo ardiendo al que agarrarse en la frenética huida hacia adelante a la que se han entregado todos. Que en algún punto va a parar, difícil vislumbrar dónde ni cómo. Pero que si alguien, acuciado por el vértigo, da en mirar hacia atrás, en si algo antes de otra manera se hubiera podido hacer… escuchará aquello de “Ahora es tarde, mi amor”.

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