¿Dónde estábamos el 12 de julio?

Muchos nos acordamos de dónde estábamos el lunes 14 de julio de 1997. Entre las muchas manifestaciones a las que hemos asistido tras actos de terrorismo, ninguna tuvo aquella solemnidad, aquella dignidad, aquellos silencios masivos que, de verdad, estremecían. Y te hacían orgulloso de estar ahí y de lo que defendías. Cierto, la historia estaba empezando a cambiar, la lucha contra ETA empezaba a dar un giro sustancial tras el asesinato telegrafiado de Miguel Ángel Blanco. Básicamente porque muchos o bastantes, que por acción o por omisión habían legitimado o justificado sus crímenes hasta entonces, se dieron cuenta esos días de que en realidad estaban dando aire a una banda de gañanes.

No tantos nos acordamos de dónde estábamos el 12 de julio. En Bilbao, medio millón de personas salieron la calle a pedir la liberación del concejal, en una manifestación sin precedentes. En Madrid se convocó una concentración -o vigilia, como la quieran llamar- en la Puerta del Sol. Toda la noche del viernes, toda la madrugada del sábado. Seríamos 500 personas a las horas más crudas. No recuerdo o no constaté la presencia de ningún político, de ninguna institución. Éramos gente normal que nos congregábamos alrededor de una formación de velas, flores y una foto, dábamos vueltas alrededor de aquel santuario improvisado, no hacíamos allí nada más, y nada menos, que intentar alimentar una esperanza que, en realidad, lo sabíamos todos, no tenía con qué alimentarse.

Cuando ya se vislumbraba la primera turbia luz de ese 12 de julio, me bajé a la calle Arenal, entré en uno de los bares que ya habían abierto, a tomarme un café y comerme un bocadillo. Estaba la barra atestada de gente que a esas horas salía del Joy Eslava, venían de otra “vigilia” y necesitaban reponer fuerzas antes de irse a dormir, o a donde tocara. Llegué a casa ya a pleno día, muy cansado, inevitablemente triste. Dormí un par de horas. Después de comer quedé con un amigo para ir a la piscina. Íbamos pegados al transistor, y efectivamente, poco después de las cuatro de la tarde, sobrevino inapelable la noticia esperada. Empezábamos a prepararnos para salir a la calle el lunes.

Tengo muy clara la memoria de esos días. Muy presente lo que sentí, la sensación que me recorrió, que vivió conmigo durante esas dos jornadas. Hoy, no necesito que nadie me lo recuerde. Y mucho menos necesito que me digan lo que tengo que hacer, pensar y sentir.

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