Crónicas musicales: los que te cuentan el concierto

Puede ser Joaquín Sabina, Miguel Bosé, Bob Dylan o los Rolling Stones. Si pagas la entrada para ver un concierto de tu cantante o grupo favorito -o simplemente que te gusta-, tú juzgas lo que escuchas, ves y sientes, Y cuando sales, sabes si te ha gustado, si has disfrutado o si a lo mejor te ha dejado que desear. No necesitas que otro venga y te lo cuente. Si no pudiste ir o no te apeteció, pero te gustaría saber qué tal fue, aparte de preguntarle a amigos que sí acudieron, tienes la opción de informarte a través de alguna crónica de las que se hayan publicado en los medios. Pero esperarás que esa información haga referencia a la actuación en sí, a cómo estuvo el cantante, qué temas interpretó, si realizó algún número digno de destacar y, muy importante, cómo reaccionó el público. En fin, podrá contarte el informador muchas cosas del concierto. Pero lo que no esperas es que te haga una disquisición personal de cómo él ve al artista, o aproveche el evento para ejercer una demostración de su cultura musical. O se entregue a una especie de postureo intelectual, siempre poniéndose por encima del que actuaba y de los que pagaron por verle.

Desgraciadamente, esta última práctica viene siendo la más habitual cuando se escriben crónicas de conciertos. No sé si es que el cronista pretende entonces ser más protagonista que la estrella. O que realmente va a desgana, le han mandado cubrir el evento y sale por donde puede o por donde a él le interesa. Muchas veces, el enviado no tiene edad para la conocer la trayectoria del grupo o cantante; otras, carece de capacidad crítica para valorarlo. Y en un caso o en otro, no es capaz de reconocer que se ve superado. Sí, la perspectiva es un activo muy importante en cualquier género del periodismo, en el musical también. Y hoy escasea de forma alarmante. El caso es que pocas crónicas se leen hoy que informen realmente de cómo han sido conciertos. Parecen más una columna de autor, con la excusa del evento.

Bueno, no sucede sólo con la música en vivo. Hace unos pocos años, a propósito de la publicación de la Antología desordenada de Joan Manuel Serrat, que era un trabajo retrospectivo de sus 50 años de carrera, un diario nacional de referencia publicó la correspondiente crítica. ¿Digo crítica? No sé si el responsable editorial eligió al crítico a propósito, si buscó entre los más acérrimos detractores, pero el caso es que, más que una disección y análisis del trabajo publicado, el artículo fue un demoledor ataque a la trayectoria del cantautor barcelonés. ¿Y por qué, a qué venía eso? Si se tratara de un disco con temas nuevos, perfectamente el crítico puede opinar que no le gusta y así transmitírselo a sus lectores. Pero si ese álbum contenía canciones ya conocidas por sus fans -y muchísimos que no son tan fans-, no venía a cuento, a esas alturas, que ese crítico dedicara su espacio a verter su opinión personal sobre Serrat.

Podemos decir que esto al fin y al cabo es crítica musical, que como la de cine o de teatro, otorga más margen a la subjetividad, a la firma y personalidad del autor. De acuerdo, pero contar un concierto no es tal. Es, ante todo, información. Podrá adornarse con tintes coloristas, con un estilo propio o con pinceladas avaladas por el conocimiento del que escribe, tanto del artista en cuestión como del género, o por la experiencia de haber asistido a muchas giras, eventos y festivales. Pero lo primero es contar lo que ha sucedido. ¿Ha llenado? ¿Ha sonado bien? ¿La gente ha disfrutado? Pues eso es lo fundamental, y lo demás son apreciaciones secundarias.

Nunca olvidaré una cosa que me dijo el gran Joaquín Luqui: cualquiera que hace algo y hay alguien, aunque sea uno, que paga por ello, ya se merece todo el respeto. Ciertamente, la vida de los músicos e intérpretes, y todo lo que mueven alrededor, es hoy mucho más difícil de lo que fue. La industria ha cambiado: antes, daban conciertos para vender su disco; ahora, sacan discos para dar conciertos, para que les contraten, porque ya es de lo que viven. Es fácil deducir que el oficio es mucho más duro, tienen que hacer mucho más por menos. Del mismo modo, para mucha gente, pagarse la entrada a un concierto supone un esfuerzo a veces titánico, y renunciar a muchas otras cosas. Esto deberíamos tenerlo todos en cuenta. Y el que informe, hacerlo con libertad y con criterio, pero manteniendo ante todo el respeto. Al que convoca y a los que acuden. Luego, a cada uno nos puede gustar lo que nos guste.

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