Periodismo con gafas de sol

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El periodismo se puede ejercer con lupa, con anteojos, con un caleidoscopio… y también con gafas de sol. Lo importante es que lo que haya debajo sea un ojo crítico, despierto, curioso. Y da igual si son letras o ciencias, justicia social, mercados al alza o servidores de gama alta. Si es a un lado o al otro de la barra, del teléfono, de la mesa de acreditaciones. Al periodista pata negra se le advierte apenas se le oye una vez preguntar o se le lee siquiera una reseña. Tiempos llegarían de echarles de menos, y de hecho han llegado.

Es lo que tiene no saber, no preguntar. Yo vi a alguno de estos entrar en los salones de hoteles y restaurantes, sin duda también en los despachos y en las redacciones, siempre parapetado tras sus cristales oscuros. Algo no quería que se le viera, pero él sí lo quería ver y escrutar todo desde su luz personal. No hace tanta falta la mirada cuando la sonrisa, pilla o elocuente, lo dice absolutamente todo. Se hacen notar sin querer, y quien más y quien menos sabía si había llegado. Es más, sin periodistas de estos, cualquier rueda de prensa o acto informativo no eran lo mismo. Y ya no, hace mucho que no lo son. Tampoco, presumo, las de Amnistía Internacional.

A ninguno en la universidad o en la escuela, ni en los bares que además tenían facultad, nos han enseñado a saber y escribir o hablar de todas las cosas y ciencias de la vida. El periodista puede estar muy especializado, conocer todos los trasfondos y entresijos de una materia, saber siempre adónde acudir y tener un criterio formado que le permita entender e interpretar cualquier situación. Le considerarán un experto, le llamarán, acudirán a él en busca de una explicación, de una solvente opinión o de una preciada colaboración. Los especiales de Cinco Días no volvieron a ser lo que fueron. Lo que tiene no saber…

Pero también puede el periodista llegar de nuevas, encontrarse de pronto con un escenario que no domina, en el que nunca ha estado, no conoce a nadie y no tiene confidentes que le cuenten. Entonces aplica su manual de profesión: se documenta, pregunta y, por costumbre profesional, nunca se queda con la primera respuesta, busca otras hasta que tiene con qué contrastar. Aprende y, cuando honestamente cree que ya tiene una historia consistente, la cuenta con insobornable rigor. Al fin y al cabo, y vayan de lo que vayan, tienen que ser crónicas bien graduadas. Y hay que saber discernir lo que es noticia, por oscurecida que venga. Aquella mítica revista Chip pasó a la historia. Lo que tiene no preguntar…

Y siempre tiene que llegar a tiempo, no puede fallar. Aunque haya que pegarse el atracón. Horas y horas, noches enteras, ristras de folios saliendo de la máquina de fabricar crónicas como chorizos. Eso sí, ni una línea mal escrita, frases y párrafos que parecieran líneas y notas de una partitura de Mozart. Y los temas sobre los que versaban, a veces, no eran precisamente las bodas de fígaro. Si te toca revisarle el texto, tú te niegas por ser quién es, pero te obligan. “Pues está perfecta”, dices después de haberlo leído. “Claro, si es que escribe muy bien”, concluye quien te obligó.

Pero por respeto que imponga a primera vista, un periodista bien armado no deja de ser compañero. Que la profesión no está, no lo ha estado nunca, como para no ayudarse o prestarse algo. Pertrechado tras sus gafas, una vez superadas las distancias que imponen la timidez más la admiración, un consejo, una cerveza aliada o una palmada cómplice no faltaron. Cuando le solicité una colaboración, me dijo: “mira, que conste que no es por la mierda que pagan, si lo hago es por ti”. Lo hizo, y siempre lo tuve a gala. Este tipo que digo, a mí me enseñó muchas cosas. Aunque no sé si las habré aprendido todas.  Como bien decía, efectivamente, los medios, las revistas, los programas de radio… no son ni tuyos ni míos, son de uno que, cuando se cansa del juguete, se lo lleva o lo tira. A veces parece que sucede lo mismo con la vida. Y aquí nos quedamos los periodistas o los aprendices de tales, a veces muy solos, aunque no nos demos cuenta.

Si te pido otra, Alfonso, esta crónica tampoco creo que la paguen bien. Pero si la mandas, no tendrá precio. La mía llega aquí, con mucho retraso. Pero es lo que tiene no saber hace tanto tiempo, no preguntar…

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