Dime quién eres… y a quién ofendes

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Claro que cada uno puede ser lo que quiera, pensar, decir, amar… mientras no dañe ni ofenda a otros. Y nadie está legitimado para impedir ni limitar ese derecho, en nombre de nada. Dicho esto, cada uno tiene también la potestad de manifestarlo en la forma que crea conveniente. Habrá quien prefiera mantener la discreción, expresar según qué en círculos más reducidos o más amplios, o quien opte por proclamarse a los cuatro vientos. Los límites y la extensión de sus ideas, voluntades y mensajes asociados, los pone uno mismo.

Por lo tanto, expresarse como realmente se es, no debería tener más consecuencias que confrontarse con las identidades, creencias y opiniones de los demás. Esto no debería representar un problema. Supone la libertad de ser diferentes y pensar diferente. En teoría. Porque en la práctica, ya sabemos que no es así. En un mundo civilizado, las personas podrían mostrarse como son en cualquier sitio y delante de cualquiera. En un mundo en vías de civilización como el que tenemos, hay que andarse con mucho cuidado. No todo puede siempre decirse o mostrarse en cualquier sitio, de cualquier manera. A veces, incluso, en nuestra incivilizada costumbre, diríamos que es poco “inteligente”.

Aparte otras consideraciones más filosóficas, la clave podría estar en el término “ofender”. Aquí algo, quizás, no estamos entendiendo bien. O tal vez nos están equivocando. La primera definición que de “ofender” da el diccionario de la RAE es: “humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos”. Hasta aquí, de acuerdo. Pero una segunda definición dice: “ir en contra de lo que se tiene comúnmente por bueno, correcto o agradable”. Y aquí tenemos un problema. Porque según la primera definición, ofende un insulto, una acusación infundada, una agresión a la condición de otras personas. Sin embargo, según la segunda, puede resultar muy subjetivo lo que es objeto de ofensa. Puede serlo un acto que todos coincidamos en que es soez y despreciable. Pero también puede resultar ofensivo un signo, una palabra, un gesto, una bandera, una camiseta o la misma de vestir…. Todo, en función de lo que unos u otros “tengan comúnmente por bueno, correcto o agradable”.

Mientras cualquier acto fruto del ejercicio de la propia personalidad pueda ser susceptible de ofender a alguien, la independencia de condición y expresión ya queda muy condicionada. Si la libertad de uno acaba -como se suele decir- donde empieza la del otro, el conflicto aparece cuando la de algunos pretende empezar muy pronto, muy cerca… y casi no deja territorio a la de los demás. En esa capacidad de ofenderse que determina la segunda definición – y que desde luego anda muy desarrollada en algunas condiciones humanas- es donde cobra vida y se desarrolla otro concepto, al que muchas veces termina asociándose: la intolerancia.

El problema no es nuevo de esta sociedad, pero ahora es más agudo y más palpable. Siempre hubo que tener cuidado -y más en determinados episódicos históricos-, con exteriorizar ciertas ideas o creencias, en según qué casos o sitios, convenía mantenerlas más bien escondidas. Y no me refiero ya a que estuvieran expresamente prohibidas, no hace falta irse hasta la Inquisición o los regímenes totalitarios. Simplemente a que, estando permitidas, “ofendieran” a ciertos colectivos. Y bajo esa excusa, cargaran de razón a los que pretendieran oprimirlas. Lo que pasa es que, en otros tiempos, era quizás más fácil ser discreto, mantener un cierto secreto, saber qué terrenos no pisar o decirlo quizás un día sin darse cuenta, y luego las palabras ya se las llevaría el viento. Ahora es más complicado. Alguien en Ohio puede ofenderse por algo que dijiste en Madrid hace siete años. O por una foto que te hiciste. O porque te vean que eres amigo de fulano o mengano. Si un día te viniste arriba y vertiste una muy sincera opinión sobre algún tema, ahí queda y te retrata, para quien le dé al “me gusta” o para el que te dedique un improperio, o no te diga nada, pero te señale para siempre. Y a lo mejor te da igual, pero quién sabe si, según tu profesión o tus intereses, un día te puede llegar a perjudicar seriamente. Como la facultad de ofenderse está en el mismo aire, hoy hay muchos, legiones, masas de incendiarios ofendidos.

Pero, en fin, este es el mundo complejo en el que nos toca vivir, y que a veces nosotros mismos -y nuestros diccionarios- nos hemos ido forjando, posiblemente sin ni siquiera darnos cuenta. Toca moverse con tacto, con elegancia, con sentido común. Pero, ante la duda, no dejar de ser libres. Faltaría más…

P.D. Para ilustrar, y no sé por qué, se me ha ocurrido elegir el show de Lady Gaga en el intermedio de la SuperBowl. Seguro que habrá ofendido a muchos… entre otros, a algún presidente.

P.D. 2. Ah, y si alguien quiere ver relación entre este artículo y un hecho concreto de la actualidad referido a un futbolista, aclarar: el hecho de pertenecer o asociarse a un grupo neonazi sí es ofensivo, en cualquiera de las dos mencionadas acepciones del diccionario de la RAE. Y si no pertenece ni se ha asociado, pero ha dejado que todo el mundo vea esas fotos, pues es muy tonto.

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