Lo que me importa es Nadia

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Sí, yo mismo he escrito sobre Nadia en este blog, y ni siquiera me acordaba. Fue hace cuatro años, y por casualidad me he topado hace unos días con aquella entrada. No voy a reproducirla ahora porque no merece la pena, en realidad contaba básicamente lo mismo que se vino relatando en todo lo publicado desde 2008, cuando su padre comenzó con su campaña de recaudación. Me basaba entonces en una de las informaciones firmadas por el periodista que más se volcó en el caso, el que hoy se siente hecho un guiñapo, engañado por un lado y degradado en su reputación profesional, por otro. En efecto, no contrastó debidamente, hizo una excepción en su rigor informativo, llevado por la buena fe.

Hoy hemos sabido más, terriblemente más. Si lo único cierto de toda esta historia era la enfermedad de la niña -aunque no fuera tan cruel y letal como se hacía creer-, ahora ya su drama adquiere tintes absolutamente sórdidos. Y dolorosos. Enferma y además explotada, ella es sin duda la primera víctima de todo esto. En segundo lugar, son víctimas, lógicamente, todas las personas estafadas, por valor de casi un millón de euros, que se creyeron a pies juntillas, durante todos estos años, las informaciones publicadas. La tercera víctima es el periodista. Y es la profesión.

Es cierto que el periodista, por ser quien es y lo que representa, tiene la obligación de adoptar un papel determinado, diferente al de cualquier otra persona que presencia o sabe de unos hechos. En su función de informador a la sociedad, debe extremar sus mecanismos de depuración, asegurarse de que lo que cuenta es veraz, además de notorio o relevante. Ello implica tomar distancia, no decantarse por ninguna posición, por tentadora que resulte. Y contrastar, consultar las fuentes de que se disponga, que la noticia que finalmente salga al aire -al papel, a la Red…- quede debidamente acreditada. Lo que pasa es que todos somos personas, y nos podemos equivocar. Sobre todo, cuando nos tocan la fibra sensible. Y corremos el riesgo de cegarnos.

Yo mismo me impliqué, hace muchos años, en difundir otro caso de un niño enfermo cuyos padres buscaban dinero para una operación en Estados Unidos. Y quiero pensar, primero, que el chaval hoy está bien; y segundo, que todo lo que me contaron y luego conté era cierto. Porque yo tampoco me preocupé de contrastar ni verificar absolutamente nada. Es verdad que por entonces no había tanta profusión de este tipo de hechos y situaciones. Entre otras cosas, y principalmente, porque los mecanismos y plataformas de difusión eran indudablemente más escasos y precarios.

Pero no nos engañemos, esa buena praxis y ese pretendido rigor periodístico que describíamos más arriba, hoy se llevan más bien poco. En general, no se toma distancia, no se contrasta, no se acredita la calidad y veracidad de las informaciones. Unas veces por falta de medios, muchas por urgencia y necesidad de publicar lo antes posible, y otras porque no interesa a quien corresponde que le interese. En cuanto hay una historia medianamente redonda y que convence a los jefes, se lanza y ya está lanzada. Y eso sucede en todos los ámbitos de la actualidad, aunque haya sido ahora, en el triste caso de un periodista engañado por el montaje de un padre sin escrúpulos, cuando mucha gente se ha dado cuenta de cómo funciona a veces este nuestro periodismo. Pero si supieran lo que se cuece por ahí…

Así que a mí, de todo esto, lo único que me importa es Nadia.

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