Rumores de Edimburgo: las dobles vidas

La Deacon Brodie’s Tavern, que citábamos el otro día, evoca la figura de William Brodie: un hombre que fue ejemplar de día y un gran calavera de noche. Era muy conocido y reputado en la sociedad edimburguesa, por ello causó un gran impacto la brusca revelación de su faceta siniestra, la que le hizo terminar en la horca. Fue tan notorio el caso que inspiró a otro ilustre escritor de aquí, Robert Luis Stevenson, para crear el personaje de Jekyll y Mr Hyde. Y se convirtió en el paradigma de las dobles vidas que tanto se dan, que todos alguna vez y de alguna manera hemos conocido, incluso quién sabe si vivido o anhelado vivir. Pero que en esta ciudad parecen encontrar el terreno abonado para engendrarse… y para vivirse.

No se cuenta ni se muestra nada de la doble vida de Walter Scott, de la doble vida de Robert Burns o de la del propio Stevenson en el Museo de los Escritores. Pero nadie asegura que no la hubieran tenido. Parece difícil por aquí resistirse a ser lo que no se parece, a manifestarse como nadie imaginaría, aunque sea por unas horas al día o unos días al año. Sí se nos cuenta que uno fue escritor y empresario; otro hubo de compaginar su creación lírica con la vida de granjero; y el tercero fue, además de un prolífico novelista, un consumado viajante. Pero todas estas fueron actividades de dominio público. Cuando se asume una doble vida, por lo general, la segunda es clandestina. La mayoría de las veces inconfesable, y no necesariamente por vergonzosa, sino simplemente porque no se quiere confesar. Hoy quedan las vidas oficiales y las obras de estos grandes de la literatura, pero correrían rumores, ¿cómo no iban a correr? Si el propio museo, medio escondido en lo que asemeja un patio de portal, parecería ser casa de otros usos.

Es que Edimburgo son dos ciudades, y no nos referimos a la vieja y a la nueva, las que se comunican por puentes como si las separase un río, tampoco a los diferentes barrios que se extienden más allá. Se trata de una ciudad a la vista y otra oculta. Están las calles pavimentadas de historia, las avenidas inyectadas de energía, la Royal Mile o Princes Sreet, los tugurios y efluvios de Rose Street… Pero luego los innúmeros pasajes, pasadizos y recovecos “intrainmuebles”, que parecen comunicar con otro mundo, sí, con otra vida. Puede alguien venir caminando por Lawnmarket y de súbito desaparecer, creíste verle entrar en una tienda de tartanes y ya no volviste a saber de él. Si os volvierais a cruzar, horas después, posiblemente no le reconocerías porque ya sería otra persona.

dsc_0583Estas travesías secretas que se extienden, se ramifican y se conectan por entre los viejos edificios, se prestan a infinitas andanzas, correrías y aventuras incontables. Ahora, como todo se coloniza, ya algunas las habitan hasta coquetos bares y recoletas tiendas, pero en tiempos debieron ser como un impagable reducto de la existencia subterránea y submundana. Más aún de noche, y encima si el haar se adueña de las situaciones, como tan a menudo suele ocurrir. Podrían dar para un romántico episodio, para un encuentro furtivo, escarceos y lances, pero también para las más tenebrosas circunstancias. Y escritores, ya lo estamos viendo, no van a faltar ni para relatarlas ni para recrearlas o imaginarlas.

Las dobles vidas de la vieja “Embra” van más allá de las típicas dicotomías de cualquier población. Claro que alguno podría rezar a los suyos en la catedral de St Gilles y luego en la de St Mary, vestirse de los “Hibs” y otro día de los “Harts”. Pero la singular bipolaridad puede leerse en una modosita escritora que llena sus cuartillas en The Elephant House, pero te creerías verla esa misma noche, todo cuero brillante bajando por Cowgate. Si el que toca y canta blues con descarno y pura devoción en Scotsman’s Lounge fuera el que te vendió media pinta de oro embotellado del país a precio del mismo oro del Mississippi. O la venerable señora que vende flores y recita poemas a una libra por los escenarios y tenderetes del Fringe, y el resto de año es una distinguida dama que se aloja en el Balmoral, de cuando en cuando posa boca abajo en finos tacones, rendida apuntando al techo celestial.

Esa ciudad interna no termina de conocerse nunca, el laberinto de caminos inescrutables no se abarca en una sola existencia, y las realidades son sinuosas, cuando no mentirosas. Placas conmemorativas hay de hechos que en teoría nunca ocurrieron, como sabido y asumido es que por estos tramos siniestros se curtió el joven estudiante Bond, por supuesto de nombre James. O que tantos relatos de misterios que escuchamos en noches invernales, películas de detectives, cuentos de Navidad o leyendas de duendes, caballeros y fantasmas, empezaron realmente aquí. Como el ingenuo que intenta apurar la última gota de pasión africana, el segundo corte profundo del que nada dijo ni cantó Rod Stewart. Y no la encuentra, no le dejan de entrar, no sabrá más de ella, ni siquiera si alguna vez existió. ¿Qué es realidad y qué fantasía? Es todo y es nada a la vez, doble o no, vida al fin y al cabo es.

Y creerás haberlo soñado todo mientras afrontas un soleado desayuno en Grassmarket, pero recordarás que cerraste The Blue Blazers por última vez y todos esos canallas seguían ahí. Las notas de Auld Land Syne volverán a acompañarte, da igual que ya no veas cornamusas en el recorrido contrario, por donde ahora se descubren los palacios y templos sagrados –Murrayfield, claro- cuya vista a la ida se negó. Del ínclito Brodie, después de ahorcado, se rumoreó, ya se sabe por aquí, que había sido visto por Londres. También se dice que el supuesto viajante a Edimburgo fue visto por esas fechas en Ámsterdam. Pero ya se sabe cómo son las habladurías de la Auld Reekie. “Guarda bien el billete, por favor”. Si me lo pides así…

Corren rumores por Edimburgo y no dejarán de correr. Volverá la niebla a envolver y empapar almas y cuerpos, pero esa música no dejará de sonar, no dejaremos de brindar. Por los viejos tiempos, amigo. Esta historia termina aquí… o quién sabe si alguna vez.

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