¿Qué fue del Balón de Oro?

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No quisiera gastar muchas energías con esto, pero tampoco puedo resistirme. Al Balón de Oro le ha sucedido como al Premio Príncipe/Princesa de Asturias de los Deportes, que ha dilapidado su credibilidad con los años. Nació de una loable iniciativa del director de la revista France Football en 1956, y consistía simplemente en que un jurado formado por periodistas especializados elegía al mejor futbolista europeo del año, abanico que en 1995 se abriría a jugadores de todo el mundo. Ahí está el palmarés, fíjense el plantel de estrellas. Y si en unas ocasiones la elección fue incontestable, en otras pudo ser opinable. Pero optaban muchos al premio y, en cualquier caso, el que lo ganara era un excepcional futbolista que sin duda había hecho un magnífico año. Salía en la portada de la revista y le entregaban un balón pequeñito en un estuche.

El premio fue ganando en prestigio, se hizo cada vez más goloso, más deseado. Entonces empezaron a surgir las controversias. Por otro lado, el criterio para elegir al balón de oro del año nunca fue del todo constante. Unas veces resultaba decisivo haber hecho un gran Mundial o haberlo ganado –Paolo Rossi en 1982-, y en otras ocasiones se otorgó a jugadores que ni siquiera habían participado en la cita mundialista –Kevin Keegan en 1978. Pero era la elección de los expertos, se suponía. Se empezó a decir que si las marcas deportivas presionaban -en concreto se señalaba a Adidas como gran poder fáctico. Se achacaba al influjo de las grandes ligas -la alemana en los 70, la italiana en los 90, después la Premier. Cuando el voto se amplió a periodistas de todo el mundo, el factor mediático se hizo mucho más prevalente, ya que un cronista asiático o africano veían más fútbol de unas ligas que de otras y a unos equipos más que a otros. El balón creció, más bien empezó a parecer un balonazo. En 2010, cuando la FIFA entró a saco en el asunto, ya lo terminó de emborronar y arruinar.

France Football se ha dado cuenta del error, ha rescindido el contrato con la FIFA y desde este año vuelve a ser la única propietaria del galardón, han vuelto a anunciarlo en su portada, y no en una ostentosa gala VIP. Pero todo indica que ya es muy tarde. Desde 2008, sólo dos futbolistas han ganado el Balón de Oro: Messi y Cristiano Ronaldo. Y poca opción para los demás. En las últimas ediciones se ha invitado a la final a un tercero –Neymar, Ribery, Neuer, Griezmann… -, pero siempre para relegarle a esa posición. Cuando la supremacía individual del fútbol europeo la dirimían Cruyff y Beckenbauer, algún año se colaban el ucraniano (entonces soviético) Blokhin o el danés Simonsen. Y en cualquier caso, las ternas eran variadas, había alternativas, y por lo tanto interés. Cuando la FIFA metió las manos en el pastel, se trataba de organizar una gran gala que demostrara su poderío, en ella quería tener a los dos grandes divos, y uno tenía que ganar. Daba igual que hubieran hecho grandes temporadas y ganado títulos con sus clubs Ibrahimovic, Robben, Yaya Touré o Lewandowski. El espectáculo estaba montado, los lobbies futbolísticos habían trabajado, y el título era -y es- cosa de dos.

En consecuencia, hoy Leo Messi tiene cinco balones de oro, y Cristiano, cuatro. Del argentino se puede defender que tenga más que ninguno, en todo caso podría cuestionarse si el de 2010 lo habrían merecido más Iniesta o Xavi. Pero lo de CR7 es difícil de digerir. Sin menospreciar sus exuberantes cualidades ni querer ofender a los madridistas -que quien escribe lo es-, ¿se puede comer que tenga ya más que Cruyff y Beckenbauer, más que Van Basten o Zidane… más que Di Stéfano? El diario El Mundo publicaba ayer una infografía en la que repasaba los grandes hitos del astro portugués a lo largo de 2016… y de verdad, ¿no ha habido nadie mejor que él este año? ¿No es que para que se le salten a uno las lágrimas de risa, como a Lewandowski en Twitter?

En fin, hubo una vez un Balón de Oro que al menos tuvo rigor y suscitaba interés. Un gran invento que se echó a perder. Seguirá siendo deseado, rindiendo culto al ego y al furor de las hinchadas, vendiendo grandes titulares y portadas. Pero la gente del fútbol, o al menos mucha, ya no se lo cree.

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