Cuba libre, ¿de qué…?

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A veces, la noticia de la desaparición de un personaje célebre es una patata muy caliente. Menos para los que tenían clarísimos los adjetivos a utilizar –“tirano”, “brutal”, “opresor”…-, para la mayoría de las personas públicas que tenían que salir a dar su impresión sobre la muerte de Fidel Castro, no era fácil ni cómodo dar una opinión categórica. De Obama a Pablo Iglesias, pasando por todo el espectro intelectual y político nacional e internacional. El lugar más común al que se ha recurrido ha sido el de “figura histórica”, y luego otros como “icono”, “mito”, “luces y sombras” o variantes del término “revolución”. Si vemos las portadas de los diarios nacionales de ayer, se aprecia perfectamente cuáles lo tienen muy claro y cuáles tratan de mantener equilibrios, cuando no funambulismos.

Ciertamente, no es fácil para nadie que no tenga una posición absolutamente definida. Quien no quiere pronunciarse a favor de quien ha mantenido un régimen dictatorial durante más medio siglo -y en España todavía muchos saben lo que es eso- pero en el fondo comparte el trasfondo ideológico de lo que significó Castro. Quien reconoce que deja una Cuba mejor que la que le precedió, pero no tolera la sistemática negación de libertades que se ha ejercido. Quien argumenta que se redujo prácticamente a cero el índice de analfabetismo, se hicieron grandes hospitales y universidades, pero también sabe que ya no tenían ni equipos ni medicinas ni bolígrafos. Quien valora que con él los cubanos fueron pobres pero dignos, pero admite que vivían en una precariedad insoportable, y muchos decidieron jugarse la vida partiendo en balsas en busca de una vida más próspera. Quien sostiene que ha sido Estados Unidos -y en concreto al lobby de Miami– el que ha condenado al país a la miseria, pero no comprende el enrocamiento de Fidel en las últimas décadas. Quien piensa que el comandante perdió la gran oportunidad de abrir el país a reformas democráticas cuando cayó el Telón de Acero y se terminaron la tutela y el dinero soviéticos… pero luego estima que fueron los norteamericanos los que se lo pusieron imposible, endureciendo todavía más el embargo. Quien observa que esa gente en La Habana le quería, pero que luego muchos preferían irse con quien les diera de comer, aunque no les quisiera. Quien espera que la desaparición del comandante abra el camino a una transición democrática, pero teme que sean las grandes fortunas exiliadas las que regresen para volver a hacer de la isla su cortijo. Y en fin, quien se siente progresista como para celebrar lo que significó la revolución, pero ese mismo progresismo le impide justificar una dictadura. Quien tiene claro que no se puede poner a Fidel Castro en la misma página del catálogo que esos otros terribles dictadores que ha sufrido América durante el siglo XX, pero sabe muy bien que aquello tampoco ha sido una práctica política ejemplar.

En definitiva, es complicado. Quienes piensen que defender o atacar algo no significa defenderlo o atacarlo todo, tienen que esforzarse por explicar, matizar muy bien su punto de vista. Quienes lo tienen muy fácil -de Maradona a Donald Trump– son los que no observan matices. Blanco es blanco, y negro es negro. Y por supuesto, los que mantienen irrenunciables sus ideas… o más bien sus intereses.

En esta tesitura, lo que nadie podemos negar es que nos gusta Cuba libre. ¿De qué…? Esa será otra cuestión.

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