Ali, los golpes que nos quedan

A propósito de Ali

Si no le conociste en sus años de esplendor pero viste Rocky –esencialmente la primera, la película de verdad-, aquel Apollo Creed estaba recreado a imagen y semejanza del Muhammad Ali de sus últimos años de carrera pugilística. De hecho, Silvester Stallone se inspiró para el guión en uno de los combates que en esos tiempos le prepararon contra un rival asequible –blanco y feo para más señas- que luego le salió más peleón de la cuenta. Era por entonces Ali el gran campeón ya aceptado e instalado en el sistema, cuyo descaro y arrogancia habían pasado a formar parte del espectáculo. Eso sí, nunca se puso un calzón con las barras y estrellas como el intocable rival, luego víctima y finalmente amigo de Rocky Balboa.

Claro, esa es una visión muy parcial del mito, la que coincide con su decadencia. El nacido como Cassius Clay fue mucho más. Ahí quedan, se han reflejado en estos días, sus hechos, sus palabras y sus hazañas. Las que gestó en el cuadrilátero, las que universalizó en los pesajes y en las ruedas de prensa y las que dejó de sus diatribas y pleitos contra el poder establecido, blanco y muy militar, por supuesto. De su victoria inmaculada y contra todo pronóstico frente a Sonny Liston –que debía asemejarse a un Mike Tyson de la época- a la masacre de Manila frente a Joe Frazier, donde dijo que sintió de cerca la muerte, y lo ganó porque desde el rincón contrario voló la toalla quizás un segundo antes de que la arrojaran desde el suyo. Dicen que aprendió a fintar antes que a boxear, que tenía miedo a encajar golpes, pero posteriormente lo perdió, y recibió de lo lindo incluso en muchas de sus más celebradas victorias. A los 42 años, casi recién retirado, le diagnosticaron el Parkinson.

Muhammad Ali era un atleta privilegiado, lo que le permitió ser un boxeador más ágil y rápido que los demás de su peso. Y dicen que no era muy inteligente en términos de coeficiente, pero la naturaleza sí le dio el don de ser tremendamente locuaz. Esa virtud, unida a su descaro, le convirtió en todo un portavoz de un inmenso sector de población de la nación estadounidense, el suyo, el de los negros marginados, excluidos y usados como divertimento del público blanco dominante. En el ring ganaba combates y maravillaba con su estilismo y su letal precisión. Fuera de él sacudía todavía más fuerte, su lengua tenía si cabe más dinamita que sus puños. Se atrevía a expresar con mordacidad y contundencia lo que sus colegas de profesión y raza pensaban como él pero no se atrevían a decir. ¿Qué había que ir a Vietnam a matar vietcongs? “A mí ningún vietcong me ha llamado negrata”. Sí, fue tres veces campeón del mundo, además de olímpico representando a Estados Unidos. Pero consiguió hacer ver a esa nación que en realidad no era tan libre como presumía.

Aquí no solemos tratar de boxeo, un deporte que desde luego fue mucho más noble en su día de lo que luego llegó a ser. Pero si traemos a Muhammad Ali en el trance de haber pasado a la categoría de eterno, es por lo que significó. Los años 60 dejaron muchos iconos, casi todos ecos de un gran clamor, posiblemente el mayor intento de cambiar el mundo que se haya dado en la historia de la Humanidad. Y él fue otro de los artífices. No lo consiguieron finalmente, pero por lo menos nos queda su esfuerzo y su mensaje. En el caso de Ali, además, nos quedan sus golpes. Los mejores, los que dio de verdad y donde más dolió. Esos nunca terminaron de curar.

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