Su mejor novela

Su mejor novela, nubes de Madrid

“¿Qué hace, mirar las nubes?” – “Sí, estaba mirándolas”, qué otra cosa le iba a responder, y en cuanto el inoportuno le dejó en paz volvió a concentrarse en el suave transitar, de Oeste a Este, saliendo de una cornisa y metiéndose por la de enfrente, le daría por pensar que lo escrutaban absolutamente todo con precisión, lo registraban en sus reflejos más refulgentes o más grisáceos, lo actualizaban a cada paso de nuevos cúmulos cuyas formas quería suponer que se alteraban según lo que iban viendo. Exuberantes o ciertamente sobrias, ligeras o decididamente pesadas y tristes.

Gastaba inútiles horas de una tarde inocua en la que la que la ciudad se desenvolvía con pereza inconsciente, indolencia tácitamente asumida por los que entienden que no tenga efecto ni consecuencia nada de lo que ocurra más allá de su campo de visión o de la pantalla de su teléfono. No sabía él realmente lo que buscaba, en su embobamiento no repararía en si le llamaron o en cuántas veces se tropezó con alguien, si se rieron de su pasmada pose o si un potentado conductor le recriminó su ausencia de la urbana realidad. Miraba las nubes, si algo verdaderamente relevante sucedía, ya lo vería allí.

Le daba vueltas a una historia que todavía no acertaba a encajar. Estaba hecha de relatos a veces montados, entrelazados e incluso superpuestos, pero otras aparentemente inconexos, sin más relación que la intención de ser contados el mismo día a la misma hora. Y creía que si preguntaba ahí arriba, en esa franja de cielo donde las sombras se tornan en luz y los secretos viajan en líneas encriptadas, obtendría tal vez alguna respuesta que le disipara todas esas nieblas. Algo tenía que significar ese desfile, no podía ser hoy igual que ayer y lo mismo que mañana.

Quizás necesitaba bajar las ensoñaciones al mundo real, fijarse acaso en los bancos del paseo o en barandillas que asomaran a un solar, recrear episodios que se desencadenaran a partir de una escena cotidiana, todo pudiera empezar en un barecito desasistido de clientes o en la escalinata de una iglesia cerrada por falta de personal. Preguntarle a los semáforos o a las paradas de autobús, a la dependienta de una inexistente tienda, que no ve la hora de cerrar. Si se piensa, todo el mundo tiene algo que contar. En cualquier sitio, en el más inesperado, podría estar el principio de todo. Y sin embargo, inevitablemente, la vista se le iba siempre hacia arriba.

Si pasan más lento es porque quieren fijarse con más atención, si cruzan a toda velocidad es que ya lo saben o lo dan por hecho. Nunca porque necesiten olvidar. Las nubes lo leen y lo recuerdan todo, llevan grabadas las fortunas y las miserias de los que deambulan. No se les escapa nada, ni un miedo ni una esperanza, sobrevuelan los barrios tormentosos y las vidas encharcadas, diríase que pasan de largo pero han tomado buena cuenta y transportan la memoria empaquetada. El que lleva tiempo observándolas tiene derecho a creer que, si en un momento dado una nube se detiene, es que algo nuevo ha descubierto. Entonces se trataría de calcular bien la vertical y dirigirse raudo hacia allí.

Pasadas las horas no pudo sino sentirse más confundido, y en un momento dado decidió volverse a casa e ir retornando poco a poco a su realidad. Aún no era consciente de que, a lo tonto y sin darse cuenta, había empezado a escribir el primer capítulo de su mejor novela.

Pudo ser tal que un Día del Libro de 2016.

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