Águilas contra drones

Águilas contra drones IIÁguilas contra drones

Una de las noticias más bonitas que he leído últimamente: águilas que cazan drones (Elmundo.es, 8 abril). Lo de menos es que valoren contratarlas para preservar intimidades reales u otros intereses a proteger. Lo excitante es la posibilidad de asistir a combates aéreos inusitados. La nueva pugna por la supremacía de nuestros cielos. No será una lucha entre el futuro y el pasado, porque si bien los artefactos no tripulados sí pueden representar lo primero, las rapaces abarcan todos los tiempos, son de siempre. Por mucho que de una u otra manera hayamos hecho por convertirlas en un vestigio.

En efecto, los drones están llegando para quedarse y conquistar el espacio aéreo. De sofisticado ingenio utilizado principalmente con fines militares, pasaron a erigirse en un recurso muy indicado para aplicaciones civiles, vigilancia, monitorización, transporte… y hoy en día, mucho más asequibles y manejables, en un juguete volador que se puede comprar mucha gente. Puede utilizarlo para todo tipo de fines, desde publicitarse hasta fisgonear, o simplemente divertirse. Pero como ya se sabe que lo vil no son los inventos sino las intenciones de quien los use, pues hay drones buenos y utilitarios, y drones gamberros, traviesos o decididamente perversos.

Es por ello que las policías del mundo han tenido que prepararse para enfrentarse a esta nueva amenaza, para contrarrestarlos y capturarlos cuando sea el caso. Y en Holanda –la reserva ingenieril práctica de Europa– se han dado cuenta de que la forma más efectiva de combatirlos es con su propia medicina, esto es con seres voladores, pero estos vivos e inteligentes, de carne, hueso, alas y plumas: con águilas. Y se han aplicado a prepararlas para la caza de estos artilugios, como si de perdices se tratara. La idea se está extendiendo, y en España ya existe una empresa del nuevo ramo, que es de la que trata el artículo que nos ha traído aquí. No en vano, especies de altura aquí no nos faltan, y a pesar de que las poblaciones llegaron a mermar peligrosamente, todavía podemos presumir de reales, perdiceras, calzadas… y de nuestra exclusiva águila imperial (este viejo post sobre águilas con nombre y apellidos).

Precisamente, una de las vías modernas de subsistencia de muchas especies de aves rapaces –águilas y halcones principalmente- es su adiestramiento para servicios relacionados con la seguridad y el mantenimiento ecológico, producciones audiovisuales y hasta con funciones terapéuticas. Es la moderna cetrería, la evolución de aquellos volateros que las amaestraban para cazar, y posteriormente, aún utilizadas, para limpiar las autopistas aéreas por donde despegan y aterrizan los aviones.

Ahora, en cambio, las águilas no colaboran con la tecnología sino que se enfrentan a ella, o mejor dicho, a su vertiente perniciosa. Jugarán a policías y ladrones –valga la expresión- y en vez de muflones o rebecos, las veremos levantar en el aire robots voladores, habrán de defenderse de hélices en vez de cornamentas. Y no los despeñarán por un barranco sino que los entregarán para ponerlos a buen recaudo, que las están enseñado a no triturarlos con sus garras o de un picotazo abrirles la sesera (léase la cámara, el motor u otras partes de un dron…), sino a devolverlos sanos y salvos, que sirvan para volver a volar… con otros fines más lícitos. De sus abyectos o incautos dueños ya se encargará quien se tenga que encargar.

No será esta, desde luego, la actividad ni el escenario más natural de las aves de presa. Pero más vale ciertamente que hagan negocio con ellas que no a su costa, que las utilicen como fuerza laboral mal pagada que como material para taxidermistas, que sirvan a la ciudadanía y no a la vanagloria de “ciudadanos” con escopeta. Egoístamente, con un poco de suerte, ya no tendremos que conformarnos con los documentales o las retrospectivas de Félix Rodríguez de la Fuente para verlas en acción, o pasarnos días en las montañas para quizás atisbar su vuelo en la lejanía. Quién sabe si cualquier día en el parque, frente a un edificio oficial o bajando por la Gran Vía, no nos sorprenderá un águila real volando majestuosa y certera, o apostada en la cornisa de un banco hispanoamericano cualquiera. Saliendo a la caza de un dron multirotor impostor. No me perdería el combate. Y ya saben con quién iría…

Águila Real

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