Malos tiempos para noviembre

Malos tiempos noviembre

Noviembre este año se adelantó a septiembre, la presidenta hizo que se retiraba a sus asuntos y en realidad había decidido dejarlo todo, dejarnos aquí y discretamente marcharse. Cuando ha llegado el mes de las almas y los recuerdos, hasta se me ha olvidado y he tardado varios días en pasar la hoja del calendario. Soleaba por las calles insalubres, sudaban los radiadores que no se enteraban de lo que había, tosían incontenibles las paredes de al lado y de arriba. No había manera de soltar la tristeza, y cuando se queda dentro te va minando los ánimos y las fuerzas.

No sé qué pensarán en los montes y rías del Norte ni en las severas llanuras del centro, pero yo aquí todavía no me lo acabo de creer. Día a día según han ido avanzando, el sopor ha ido ganando la partida y los pensamientos no han hecho sino detenerse en el mismo bucle. Ni una historia medianamente contable que saliera de estas paredes. Las frases se repiten sin darse cuenta porque van a su aire y ni una repara en las otras, las preguntas se vuelven rutinarias, a veces casi da apuro preguntar. Esperas a que te den la noticia.

No sé cómo lo verán en las azoteas lejanas de entonces ni en los barrios viejos de Madrid. Por estos otros nos hemos comido sin darnos cuenta las semanas, los puentes y las fiestas frívolas, algún que otro viaje esperado, alguna jornada agotadora y al final insustancial… y ahora estamos aquí, mirándonos sin nada que decir. Cierto que no llegamos a las estaciones para no bajarnos del tren, pero también que en esta no sabemos realmente qué hacer.

Cuando no hay manera de expresar la tristeza, se enquista en las oquedades viscerales y produce quejidos más que palabras. Echo en falta esos noviembres devastadores y sin embargo sedantes, oscuros y torrenciales, que te anegaban y te hacían girones el corazón, pero te sacudían la mente, afinaban la memoria y de alguna forma te liberaban. Salían entonces las emociones a borbotones, llenabas páginas y horas, fluían las ideas y se esparramaban por los interminables paseos nocturnos, quedabas exhausto pero infinitamente tranquilo.

Pero a este hemos llegado desfondados, pareciera que lo habíamos llorado todo antes, y en el camino se nos han quedado todas las piezas del repertorio. La calma chicha de estos días extrañamente cálidos e insulsos nos ha terminado de abotargar. Decididamente no estamos para aventuras. Todas las fábulas que se nos ocurren son feas, mustias, sin alma ni mensaje; todo lo que miramos alrededor para inspirarnos nos deprime aún más, a veces aparentemente lejos y otras impactando tan cerca. Y siempre con ese eco que percute como un martillo incansable, recordando a cada ahora que decidió marcharse aquel día sin decir nada y sin esperar. Todavía no me lo quiero creer.

Así no hay manera de que eche a andar la tristeza, permanece impávida en este estado amorfo y no sabes por dónde tomarla ni afrontarla. No cabe duda, este año han sido malos tiempos para noviembre. Al menos nos quedará buscar la sonrisa, esa que siempre en algún sitio estará.

Hoy, 22 de noviembre de 2015.

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