Sin historias que contar…

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Cerró la puerta de su despacho por última vez, y sintió que era como si cerrase su vida. Nadie ha subido al Everest por primera vez en 40 años, pero ahora él bajaba los cuatro pisos como si descendiera de la cima más alta que pudiera conquistar. Sabiendo que era que la única vez, que ya nunca volvería allí. Todo lo que le había costado culminar ese ascenso, tantos años horadando rutas y sorteando vientos y jornadas de mal tiempo. Se había terminado la aventura, y no le había podido la montaña. Se había dado por vencido él mismo.

Había empezado la vida de llegar de noche al bar al uso y hablar de lo de siempre, decir las mismas obviedades. Salir de casa por la mañana y enfilar la calle en el mismo sentido, el único, doblar la esquina otra vez como ayer. Buscar en las estanterías y encontrar sólo libros releídos, perfectamente aprendidos. Creer que ya no hay nada más que hablar, que visitar o que leer. Mucho menos que aprender. Había empezado a morir, y ya se estaba dando cuenta.

Notó al principio que le miraban con extrañeza en el portal, en el kiosko cuando compraba el periódico –que por cierto, era el mismo del día anterior- o pedía en la barra un café. Le conocían bien, pero no a esas horas tan desacostumbradas. Le suponían volviendo todas las noches de largas y emocionantes expediciones, de enfrentar aventuras y peligros. No pasando las horas como un lagarto al sol. Ahora parecía un elemento indefinido, inadaptado al entorno, que había ido cambiando mientras él no estaba, y ahora notaba que le había superado.

Aquellas jornadas épicas pasaron a la historia. Ni siquiera ya las quieren escuchar, han quedado recuerdos cada vez más lejanos y rancios, además hace ya tiempo que empezaron a repetirse. Dejó de haber nuevas. Él mismo ha empezado a aburrirse cuando hace por recordarlas. Marte fue un planeta de inmensos océanos que ahora son reguerillos de agua incierta. Él también sufrió el cambio, climático o como lo llamen, y sabe que se ha quedado seco y helado.

Salió tanto, vivió tanto, amó y perdió, luchó y ganó… Pero tuvo tantas historias que contar… Ahora ni se reconoce. Se había engañado a una vida más tranquila y pretendidamente apacible, y poco a poco fue agotando las fuentes que le inspiraron, se le cerraron los grifos de los que manaban su lírica y su creatividad. Hoy se levanta, mira al techo, luego al suelo, y sabe que ya no le queda nada más que contar. Por eso decidió dejarlo, cerró el despacho, bajó del Everest y se abandonó a su silente soledad. Nadie, claro, volvió a visitar sus cumbres.

“¿Pero cómo puedes vivir si no tienes una historia que contar?”, supe ayer que dijo Dostoyevski. Y a fe que es verdad. Que no nos pase nunca…

Marte

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