El (mal) arte de señalar

Pep GuardiolaEl arte de señalarAlbert Boadella

Es que nos gusta señalar. O disfrutamos o no lo podemos evitar. Cada vez que un personaje público aparece en pantalla, da igual si es actor, escritor, deportista o empresario, le identificamos inmediatamente con la etiqueta que le hemos asignado. Generalmente relacionada con su tendencia política, sus empatías futbolísticas o su orientación sexual. Antes que su nombre y profesión, es un “rojo”, “antimadridista”, “maricón”… Pero en nuestra vida cotidiana sucede parecido. Cada vez que un conocido entra en el bar del pueblo o del barrio, antes que por su nombre se le suele designar –normalmente sin que él lo sepa- por el título que se le ha otorgado, con mejor o peor intención: ahí llega la enteradilla, el gordo, el facha, el putón

En el proceso –o situación o como lo queramos llamar- que se vive en Cataluña, el (mal) arte de señalar se nos ha presentado en su más elocuente y extrema expresión. Con carácter inmediato y sin matices se ha tachado de algo a cualquiera que haya salido a manifestarse en cualquier sentido, incluso a quien no se ha pronunciado expresamente o a quien se ha limitado ha mantenerse en una posición de cierta neutralidad, o simplemente ha hecho mención al derecho a decidir. Sucede además que los puntos de vista se convierten en frentes, y desde uno y otro se atiza al personaje: este es un separatista, este un anti-español, el otro un anti-catalán y el de más allá un anti-patriota, entendido sea según la patria del que señale. Prácticamente nadie se libra del dedo acusador, y la señal será de por vida, para los de una parte ya siempre serás “X” y para los de la parte contraria serás “Y” para el resto de tus días.

En Gran Bretaña se vivió hace un año un proceso no voy a decir equivalente, pero en ciertos aspectos similar -y desde luego llevado de forma mucho más seria y profesional por todas las partes, también vamos a decirlo. En aquellos meses, y especialmente en las fechas previas al referéndum en el que Escocia decidía su futuro, salieron a expresarse diferentes personalidades de la vida británica que expusieron su postura. Ingleses y escoceses, partidarios de la independencia y de seguir siendo un Reino Unido, tanto los que votaban como los que no. Cada uno que quiso dijo claramente lo que iba a votar, y nadie se lo reprochó. Otros no quisieron decirlo y se les respetó. Una vez celebrado el referéndum y conocido el resultado, todos lo aceptaron, todos se aceptaron, cada uno siguió con su vida y las celebridades volvieron a ser reputadas en función de su vida y su trabajo. Andy Murray siguió siendo uno de los mejores tenistas del mundo, Sean Connery un reconocidísimo actor, David Beckham un ex futbolista muy guapo, y JK Rowling siguió escribiendo y vendiendo libros. No pasó nada más.

Pero en esta otra parte de Europa que es España somos ciertamente de otra manera. Aquí nos pone dejar señalado al que opina. De por vida, sin perdón ni remisión.

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