Vampiritos de Düsseldorf (y VII)

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No hace falta abundar en la pereza que da levantarse el día que toca hacer la maleta y empezar a emprender el camino a casa. Pero aún nos queda algún aliciente. Como el vuelo de regreso es desde Düsseldorf y sale a primera hora de la tarde, vamos a tomar el tren prontito y en media hora estaremos conociendo la capital de Renania del Norte-Westfalia y, según reza Wikipedia, “el centro económico de Alemania Occidental” (¿de cuándo será esta reseña?).

Pero antes de dejar Colonia, déjenme que diga, en el momento de despedirme de ella, que su catedral –que no había hablado casi de ella, ¿verdad?- va a quedar como la más rotunda e imponente que he conocido. Relegada queda al segundo lugar la de Milán –la de Florencia está fuera de catálogo- y en puestos de honor seguirán las de León, Santiago, Viena, Amberes… La de Burgos recuerda en su fisonomía, y no será casualidad. Su arquitecto fue Juan de Colonia, natural de aquí, quien seguramente la construyó a una cierta imagen y semejanza. Aunque a la vista y en presencia de esta, ciertamente aquella la hizo en miniatura.

Y sigue lloviendo, y como era de esperar también en Düsseldorf. No es esta desde luego la circunstancia idónea para conocer una ciudad, y menos si se trata de una prospección de apenas unas horas. El centro-centro va a quedar a un kilómetro y medio de la hauptbhanhof, y como pronto vamos a desistir de preguntarle a nadie –con este tiempo todo le parece a uno más inhóspito, hasta la gente- tiramos de intuición. Y en efecto, tirando todo recto con la estación detrás, pronto las calles y los edificios se tornan más amables, aparece un gran mercado, zonas peatonales, bares abiertos pero todavía sin concurrir… estamos en el Alstadt. Y cruzando una plaza más señorial, el Rin. Es otra vista, otra perspectiva del gran río, si se quiere menos apacible, más industrial… pero bueno, imagino que tampoco lo estamos encontrando en uno de sus mejores lunes. Nos va a sobrar tiempo porque el día no está para grandes incursiones. Más que conocer esta ciudad, diremos que hemos estado en ella. Eso sí, nos da para constatar que aquí de kölsch, nada. La cerveza del lugar es la Altbier, oscurita, amarga y servida en todo tipo de vasos, continentes y tamaños.

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El aeropuerto de Düsseldorf es una pasada. Empezando por el espectacular SkyTrain, -monorriel suspendido, técnicamente- como los que veíamos en los documentales que trataban de aventurar cómo sería el futuro. Y terminando por uno de esos maravillosos lounges de fumadores en la zona de embarque, que tan poco frecuentes son ya y, quizás por eso, tanto reconfortan. Pero en medio vendrá la gran sorpresa que nos tenía deparada la última jornada. Y la constatación de que, recordando al célebre y siniestro Vampiro de Düsseldorf, que en 1929 aterrorizara a esta ciudad e inspiró cine y literatura, aún todavía podemos encontrarnos vampiritos, cariñosamente dichos, o quizás deberíamos más propiamente llamarlos chupabotes.

Vayamos por partes y despacio: ¿Recuerdan el set de viaje que habíamos comprado en la emblemática tienda colonesa de 4711? Ya avisamos que daría qué hablar. Bien, pues va en el equipaje de mano. Por lo demás, todo bien dispuesto y perfectamente en orden para pasar el control de seguridad. En esto, al mostrarlo justo antes de pasar el escáner, el empleado del aeropuerto –el primer vampiro, digamos- frunce el ceño. “Ese frasco parece tener más 50 ml”. Se refiere al bote azulito que contiene el gel de ducha. No dice nada más, nos queremos pensar que el trámite va a pasar sin más, franqueamos limpiamente –milagro- el detector de metales… y al ir a recuperar los enseres, aparece la inflexible –vamos a llamarla Erika Krunz, o léase la vampiresa mayor. Toma el dichoso set y niega con la cabeza. “Esto no puede pasar”. Intento explicarle, argumentarle, convencerle, rogarle… Nada, todo inútil, no se mueve la roca. Ni siquiera entra en más conversación que el “lo siento, no está permitido”. La señora es un bucle del que no hay manera de salir.

¿Solución? “Facture la bolsa de mano”. Con la primera derrota en el semblante vuelvo al mostrador de facturación. Pero ya facturé una maleta, fueron 15€, si facturo esta son 30€ más por exceso de equipaje, y ya es demasiada broma. ¿Solución? Claudicar. En esto pareceré la Señora con Alcachofa picassiana, porque con el lío me doy cuenta de que llevo el cinturón en la mano y la cara posiblemente igual de desencajada. Con ese rictus de la segunda derrota vuelvo al control, saco el set, le quito el lazo, lo abro y le extirpo el insidioso gel. Se lo entrego al vampiro de turno, que directamente lo tira a una papelera. El segundo pase por el arco ya es un completo desastre, hasta se me ha olvidado vaciarme los bolsillos. Y el zarandeo moral al que me somete la horda de vampiros es memorable, apabullante. Es la tercera derrota, la que más duele y me siento, me hacen sentir, un verdadero villano. Termina el tormentoso trance, meto el regalo mutilado en la bolsa, recojo los papeles perdidos –nunca mejor dicho-, recompongo como puedo la compostura y voy en busca de mi puerta de embarque, a tratar de olvidar cuanto antes. Ha sido otro partido del que hemos salido vapuleados en Alemania, y esta vez no habrá partido de vuelta. Bendita sala de fumadores, sí.

Formulada a mi regreso la pertinente reclamación en la web de 4711 -¿cómo pueden vender algo supuestamente legal que luego te puede ocasionar un problema así?-, me responderán muy amablemente que lamentan realmente la molestia, pero que ellos no pueden hacerse cargo de las equivocaciones del personal de control de equipajes de los aeropuertos. Que el producto que adquirí es conforme a las regulaciones europeas en materia de vuelo –“our set matches perfectly”- y que la experiencia que relato es ciertamente “incómoda”, pero está más allá de su competencia. En fin, que la palabra de unos contra la de otros, pero a uno le toca envainársela. Pues ya saben, tenga quien tenga la culpa, si van un día a Colonia y pasan por la magnífica tienda, tengan mucho cuidadito con lo que compran. Y si con todo ven venir a los vampiros del aeropuerto, lleven ajos en la bolsa de mano y los líquidos bien facturaditos en la maleta.

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Tras una hora de retraso y una maniobra de aterrizaje abortada –la segunda que me ha tocado vivir en mis horas de vuelo-, estaremos en casa para contarlo. Que es lo que hemos hecho a lo largo de estos siete posts. Siempre he dicho que los mejores viajes tienen dos partes: la que vives intensamente, que es limitada en el tiempo; y la que cuentas apasionadamente, que esa no tiene límites y queda para siempre. Este viaje a Colonia, incluidas sus excursiones a otras ciudades, queda ya entre los imborrables. Con sus grandes experiencias, que no se dejarán de recordar y apreciar. Y con las pocas menos gratas, que te sirven para aprender y, por qué no, para reírte de ellas –y de uno mismo dentro de ellas- una vez han pasado. Todo cuenta, vale y va en el paquete.

Me queda agradecer a todos los que hicieron mi estancia y mis trayectos más agradables –personal del Hotel Königshof, de las estaciones de tren, restaurantes y bares, tiendas, gente con la que hablé, que me encontré… – algunos de ellos han salido reflejados aquí, ya sabéis, con nombres ficticios. No me olvidaré de ellos, aunque ciertamente ellos no lo sepan. Yo si sé que merecerá la pena volver a encontrármelos, quién sabe un día…

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