Caía el cielo sobre Madrid

Foto Ángel Díaz, Efe

Caía el cielo sobre Madrid mientras la cuchara mecía una macedonia de frutas, florecían las tostadas en el centro de la mesa y pronto olería a café reparador. La odisea de llegar hasta allí se iba olvidando, ya en las nobles alturas se recobraba el aliento y el ambiente se antojaba al fin acogedor, las voces cálidas y las paredes protectoras, a prueba de sobresaltos. Pero seguía dando miedo mirar por la ventana.

Fluía la conversación empezando a recorrer cabos para no dejar ninguno suelto, se calentaban los músculos y las voces llegaban cada vez más claras, nítidas, todo se iba entendiendo mejor. La imperial mesa no nos hubiera aliviado el entumecimiento que traíamos, pero la apacible salita sí invitaba a quedarse una mañana entera que más bien parecería una tarde. Primeras migas sobre el mantel amarillo, pero allá afuera el panorama se vislumbraba cada vez más negro.

La insonorización eficaz puede llegar a producir insensibilidad. Estábamos hablando unos y escuchando otros sobre cuestiones que entendíamos trascendentales, que a todos nos mantenían atentos, pero a lo mejor estábamos dejando de prestar atención a algo quizás más importante. A lo mejor se estaba acabando el mundo y nosotros seguíamos aislados, ensimismados y entretenidos en nuestros temas candentes.

La agenda informativa seguía desarrollándose sobre una mesa camilla, según las previsiones. El edificio resistía aparentemente sin inmutarse, y si ya no existía ni perspectiva del espacio exterior sería bien porque se había volatilizado todo a nuestro alrededor, o bien porque estábamos ya directamente en órbita, bien acondicionada y presurizada nuestra coqueta cabina. No habíamos escuchado la cuenta atrás, a saber si porque ni tiempo había dado a echarla.

Los comunicados de agencia no se reciben de puertas adentro, por eso tendríamos la sensación de que nada estaba sucediendo más allá de nuestro intenso debate. Qué solos debían estar quedándose los que no estábamos allí. El fotógrafo que nos acababa de retratar giró entonces la vista, miró a través de los cristales y aún tuvo tiempo de inmortalizar quién sabe si el último Madrid que se iba a poder ver.

Este pasado jueves, el cielo se estaba cayendo sobre Madrid mientras seguíamos urdiendo pactos e hilvanando nuestras manías a la vera de una taza, en una estancia contigua a un despacho señorial.

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